Siete Grietas
El primer cristal se había agrietado como un río en un mapa. El séptimo se había partido por la mitad, una línea limpia y terrible que Elin Voss veía desde el suelo sin levantar su lente de inspección.
Estaba bajo el techo del invernadero, con la llave de latón del pueblo fría contra el pecho. Dentro de cuatro días florecerían los lirios de invierno. Si su luz no atravesaba siete cristales intactos de la corona numerada, el jardín de agua dejaría de extraer agua del manantial profundo. Linden tenía pozos, pero no suficientes para un invierno de beber, lavar y dar de beber a los animales.
Alguien había colocado un cubo bajo la primera grieta. Como solución, carecía de ambición.
Elin sacó el cubo. Un hombre de abrigo oscuro esperaba junto al cobertizo de jardinería, donde las enredaderas desnudas arañaban los ladrillos. Sostenía la regla de medir que a ella se le había caído, sin entrar en el invernadero ni llamarla para interrumpir la inspección.
—¿Soren Thale? —preguntó.
—Sí. Su anuncio decía que necesitaba manos.
—Manos expertas.
A sus treinta y cuatro años, llevaba viejas marcas sin exhibirlas. Giró la regla y mostró la antigua quemadura de su palma.
—Fui guardián de un jardín de cristal durante once años.
—Entonces sabe lo que significan esas grietas.
—Cuatro días de trabajo, si los nervios están firmes.
Su voz tenía el calor contenido de una estufa con las brasas cubiertas. Elin desconfió de sus ganas de acercarse. A sus veintinueve años, con su primer nombramiento como encargada municipal de apenas seis semanas, no podía permitirse distracciones ni otro hombre que diera por hecho que sus herramientas encajaban mejor en las manos de él.
—Enséñeme cómo apuntalaría el nervio occidental —dijo.
Soren se agachó junto a su dibujo de tiza. No lo cambió. En su lugar, apoyó la regla entre dos marcas y preguntó si había comprobado la unión inferior.
—Sí. Aguanta.
—Entonces su puntal es correcto. Yo añadiría fieltro aquí para proteger el cristal que queda.
Ella se arrodilló frente a él. La humedad del pavimento le empapó una rodilla. Había visto lo que ella esperaba que otro par de ojos viera: el pequeño punto de presión bajo el arco, donde una elevación descuidada podía arruinar toda la estructura.
—Los siete cristales de la corona forman un solo circuito —dijo—. Cristal transparente de las mismas características, sustituido en orden, del uno al siete. El último debe quedar asentado antes del anochecer del cuarto día. Nada de sustitutos de colores.
—Y nada de quitar dos a la vez —añadió él—. La estructura necesita que el peso esté repartido.
—El resto del techo es corriente. Puede esperar.
Él miró hacia la entrada y detuvo la mirada exactamente en el umbral de piedra.
—No puede entrar —comprendió ella.
—No sin la invitación de la encargada legítima. La estructura sigue en pie y aún queda parte del cristal original del circuito. Una grieta no me libra de la regla del umbral. —Tocó un anillo de latón mate en su mano izquierda—. Puede revocar el permiso cuando quiera. Yo puedo marcharme cuando lo elija.
—Mi nombramiento figura en el registro del consejo. Esta es la llave de la encargada.
—Lo sé. Lo comprobé antes de responder al anuncio.
—Minucioso.
—He aprendido a valorar los términos claros.
Ella también los valoraba. Su último patrón había llamado lealtad a las noches sin cobrar y cuestionado su dedicación cada vez que presentaba una factura. Se había marchado con sus herramientas, sus ahorros y una aversión permanente a la vaguedad encantadora.
—Veintiocho coronas por nuestro trabajo, repartidas por igual. Catorce más para transporte y masilla. La subvención es de ochenta y cuatro, y el cristal debía costar cuarenta y dos. Trabajamos juntos. No recibirá órdenes sobre nada ajeno al trabajo.
Los ojos de él encontraron los suyos, grises con un estrecho aro castaño alrededor de cada pupila.
—De acuerdo. Y cuando mi pasado le resulte incómodo, pregúnteme antes de despedirme.
—De acuerdo —dijo, aunque la palabra exilio ya recorría su memoria, unida al nombre de él por los rumores del mercado.
Él le ofreció la mano. Ella se la estrechó, sintiendo una fuerza cuidadosamente contenida dentro de los límites de la cortesía. Después fue a buscar el contrato escrito. Quererlo cerca era una cosa. Construir algo capaz de soportar peso requería mejores cimientos.
Una Puerta Abierta
Elin redactó los términos en el cobertizo, que pertenecía al pueblo, pero estaba fuera de la estructura encantada. Soren leyó cada línea. Le pidió que añadiera que ninguno subiría solo, y a ella le gustó un poco más por hacer de la prudencia una obligación compartida.
Firmó sin florituras. Su letra se inclinaba un poco a la izquierda, como si incluso las letras se resistieran a las prisas.
Ante la puerta del invernadero, Elin metió la llave en la cerradura y la giró. La puerta ya estaba abierta; el gesto era una afirmación formal de la encargada, no un truco para obligar al hombre que tenía al lado.
—Soren Thale, como encargada del jardín de agua de Linden, te invito a entrar para trabajar conmigo. Puedes marcharte libremente. Si retiro la invitación, nos detenemos y preparamos una salida segura.
El arco emitió una nota breve y clara. Nada atrapó sus muñecas ni tiró de él. Cruzó el umbral por sus propios medios.
Elin soltó un aire que no había pretendido contener.
—¿Esperabas un relámpago? —preguntó él.
—Burocracia, quizá. El relámpago sería más rápido.
Su sonrisa apareció despacio y transformó un rostro que parecía hecho para resistir en otro peligrosamente capaz de placer.
Pasaron la tarde midiendo. Elin leyó los números arañados en cada marco de la corona; Soren sujetó la escalera y repitió las medidas. No había cámaras ocultas ni hechizos olvidados en los cimientos. El trabajo exigía cortes precisos, apoyos firmes y suficiente luz diurna almacenada por el nuevo circuito para que los lirios lo despertaran al florecer.
Junto a la cisterna, lo encontró mirando un hilo de agua que corría sobre el borde de piedra.
—Debería ser el doble —dijo.
—Lo sé.
—¿Puedes darle más fuerza?
—No con desearlo. Un guardián cuida del sistema. No se convierte en el manantial.
La respuesta le gustó más de lo que le habría gustado una demostración de poder.
Cuando pararon a comer pan, él le dio la mitad más grande antes de que pudiera protestar. Ella le quitó un trozo y lo devolvió a su mano.
—Salarios iguales. Almuerzos iguales.
—Una patrona exigente.
—Una compañera observadora.
Él inclinó la cabeza, aceptó la corrección y comió.
El cristal de recambio debía haber llegado dos semanas antes. El administrador Ivo había dicho a Elin que el fabricante llevaba retraso y luego prometido reclamar él mismo el pedido. Ella había recibido la custodia del edificio, no de sus cuentas, y lo había creído. Ahora quedaban cuatro días y un estante vacío en el cobertizo.
Abrió el expediente de reparaciones para buscar el número del pedido. Los recibos olían a polvo de ratones y a la lavanda que su predecesora usaba contra las polillas. Bajo un presupuesto doblado había una factura sellada PAGADO: cuarenta y dos coronas por siete cristales, recogidas en efectivo por el administrador Ivo para entregarlas al proveedor.
Las palabras recogidas en efectivo eran más pequeñas que el sello. Elin las leyó dos veces.
—¿Has visto la entrega? —preguntó Soren.
—No.
—Entonces preguntamos al fabricante antes de decidir qué significa el papel.
Ella volvió la factura hacia la ventana. La fecha era de diecinueve días antes. Al dorso, con la pulcra letra de su predecesora, figuraban el nombre y la dirección del fabricante, al otro lado de la plaza.
Elin pensó en la fácil seguridad de Ivo, en el cubo seco que había sacado aquella mañana y en toda el agua que el pueblo daba por hecho que seguiría corriendo porque alguien se había ocupado de ella.
—El cristal figuraba como pagado —dijo—. ¿Por qué no ha llegado nada?























