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La luz antes de la marea — romance histórico gratisGratis · Exclusiva

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La luz antes de la marea

La luz del puerto se ha apagado. Alda sabe reparar barcos, pero salvar su ensenada exigirá confiar en un piloto que aún no ha contado toda la verdad.

Romance histórico costero M/F entre adultos, con oficios, rescate y confianza ganada.

Tensión sensual y besos; sin descripciones sexuales gráficas.

  • De desconocidos a aliados
  • Competencia compartida
  • Confianza ganada
  • Comunidad
  • Romance costero

Unos 90 min de lectura · 20.779 palabras

Dos veranos antes de A Prometida Do Guerreiro Viking, en otra ensenada del mar del Norte, Alda rescata a una mujer de un naufragio y encuentra señales de una luz falsa. Junto a un piloto de pasado incierto, tiene tres días para impedir que vendan el acceso al mar y descubrir si el amor puede ofrecer refugio sin cerrar la puerta.

Libros de Alisson Bento

A Prometida Do Guerreiro Viking

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La luz apagada

Alda

Alda oyó partirse el casco antes de ver el barco. Estaba bajo el cobertizo, ajustando el borde de una tabla de roble, cuando el crujido atravesó el rumor de la lluvia. Conocía aquel sonido. La madera buena podía gemir toda la vida sin romperse; lo que había llegado de la ensenada había sido corto, seco, seguido de un grito que el viento alejó de la playa.

Soltó la azuela. La hoja se clavó en el tocón y quedó temblando. Más allá de la puerta, lo alto de la torre estaba oscuro.

Runa encendía el cesto de fuego antes del último resplandor de la tarde. Lo hacía incluso en verano, incluso cuando los pescadores decían conocer cada piedra por su nombre. Aquella noche, la niebla cubría el canal de entrada y la ausencia de luz dejaba al mar sin distancia. Alda tomó la cuerda colgada en la pared y corrió hacia la arena.

Una embarcación de carga se inclinaba sobre el arrecife exterior. La vela, aún a medio izar, arrastraba el mástil hacia el agua. Dos figuras se aferraban a la borda. Una tercera apareció en una cresta de espuma y desapareció antes de que Alda pudiera decidir si era una persona o un barril.

—¡Aparten la vela! —gritó, aunque nadie podía oírla desde el barco.

La pequeña canoa de los remiendos estaba volcada junto al astillero. Alda metió el hombro bajo el borde. La canoa tenía más remiendos que madera original y se había hecho para cruzar el puerto, jamás el arrecife en una noche así. Aun así, era un barco. Empujó hasta que una ola la levantó.

—Sola, volcará antes de la piedra larga.

La voz llegó del lado del almacén. Un hombre bajó la pendiente con un remo y una pértiga. No era de los pescadores que trabajaban esa semana. Llevaba el cabello recogido en la nuca, un abrigo corto de lana y la tranquilidad impropia de quien ya había elegido el peligro al que iba a enfrentarse.

—Entonces empuja —respondió Alda.

Él la miró un instante, quizá midiendo la orden, quizá la embarcación. Después se quitó el abrigo, lo tiró en la arena seca y entró en el agua. Ninguna ola lo perdonó. Cuando la canoa flotó, agarró la popa y esperó a que Alda subiera.

—Conozco el paso —dijo.

—Y yo conozco las tablas. Si dices que hay que ir por la derecha, ve despacio. La unión de ese lado aún es nueva.

El hombre asintió sin discutir. Eso ya lo distinguía de los últimos tres marineros que habían pedido reparaciones y después le habían explicado a Alda cómo hacer su propio trabajo. Ella se acomodó delante, con la cuerda entre los pies. Él tomó el remo mayor. Cerca de la playa, la canoa respondió bien. En el primer avance fuera del abrigo, el agua le entró por encima de las piernas.

El desconocido no intentó vencer a la ola. Dejó subir la proa, mantuvo el rumbo y cruzó detrás de la espuma. Alda sintió la madera flexionarse bajo su cuerpo. Confiaba en lo que había hecho con sus manos; el resto debía demostrar su valor.

—¿Tu nombre? —preguntó sin volverse.

—Torben.

—Alda.

—Lo sé.

Tuvo ganas de mirar. No miró. Una punta oscura de piedra surgió a la izquierda, tan cerca que podría alcanzarla con el remo. Si Torben conocía su nombre, podía esperar para explicarlo. El barco grande crujió otra vez. La vela se rasgó y una franja de tela azotó el agua.

El primer hombre estaba agarrado a una caja vacía. Torben llevó la canoa por el lado hacia el que lo empujaba la corriente y Alda lanzó el extremo de la cuerda. El marinero intentó tomarlo, falló, tosió. Ella tendió el pecho sobre la borda, soportó el chorro helado en el cuello y logró pasarle la cuerda por debajo del brazo.

—No subas todavía. Mírame. ¿Cómo te llamas?

—Odel.

—Odel, apoya los pies en la madera. Eso. Ahora espera.

Torben trasladó el peso al otro lado. Los dos tiraron juntos, en un movimiento que pareció arrancar la canoa del propio mar. Odel cayó entre los bancos, vomitando agua. La embarcación se hundió un poco. Alda tomó el pequeño achicador de madera y empezó a vaciar el fondo.

Una mujer seguía en el navío. Tenía un brazo prendido en la rejilla de carga; con el otro sujetaba un pequeño cofre contra el pecho. La franja de la vela pasó cerca de su rostro.

—¡Suelta la caja! —gritó Torben.

La mujer movió la cabeza. El viento podía haberse llevado la orden, pero Alda reconoció la negativa.

—Está atrapada —dijo—. La manga.

Torben metió la pértiga entre dos tablas partidas y mantuvo la canoa junto al casco. Alda se levantó. El fondo resbaladizo pareció huir bajo sus pies. Agarrada a un borde cubierto de alquitrán, alcanzó la manga de la mujer y sintió la tela enredada en un clavo torcido. Tirar solo le desgarraría el brazo.

—Necesito tu cuchillo.

Torben soltó el mango sin preguntar para qué. Alda tomó el arma y cortó la tela junto al hombro. La mujer se vino hacia delante de repente, pesada de agua y pánico. El cofre golpeó la rodilla de Alda. Por un instante, las tres personas se inclinaron hacia el mismo lado y la borda de la canoa desapareció bajo una lengua negra.

—¡Abajo! —ordenó Torben.

Alda cayó de rodillas, abrazada a la mujer. Odel, pese a los temblores, se arrastró a la popa. La canoa se enderezó. Torben abandonó la pértiga atrapada en el navío y retomó el remo. Un golpe sordo los alcanzó cuando el mástil se desplomó detrás.

La mujer no gritaba. Apretaba el cofre con ambas manos y tenía los ojos fijos en el espacio que acababa de abandonar. Alda le acomodó la capucha mojada sobre el cabello. No servía de mucho, pero era algo que podía hacer.

—¿Hay alguien más?

—El patrón pasó al bote —respondió Odel—. Antes de que chocáramos. Dos hombres con él. El bote fue al sur.

—¿Viste salir a los tres? —insistió Alda.

Él asintió, castañeteando los dientes. No garantizaba que llegarían a la costa, solo que no estaban bajo el casco. Torben apuntó la proa hacia una franja de agua más lisa. Los músculos del cuello se le contraían con cada palada. Alda volvió a achicar. El sonido del achicador contra el fondo dio ritmo al trayecto entero.

En la playa los esperaba una fila de antorchas. Bersi, el herrero, entró hasta la cintura y tiró de la canoa, lanzando maldiciones contra el tiempo, los barcos y la terquedad general de los vivos. Yrsa estaba detrás con dos mantas. Al ver a su hija no preguntó si había perdido el juicio. Llevaba veintiocho años aprendiendo a posponer las preguntas más inútiles.

—La mujer primero —dijo Alda.

Yrsa cubrió a la pasajera y la llevó al astillero. Odel intentó levantarse solo, pero cayó de rodillas. Bersi lo alzó como si cargara un saco de cebada. Torben se quedó en el agua hasta que Alda saltó a la arena. Cuando ella le devolvió el cuchillo, él vio sangre en su mano.

—¿Te cortaste?

—Una astilla.

Él extendió la palma, pidiendo sin tocar. Alda le mostró el dedo. Era una esquirla profunda, cerca de la uña, rodeada de alquitrán. Torben le sujetó la muñeca con una delicadeza que no encajaba con la fuerza usada en los remos y examinó la herida a la luz de la antorcha de Bersi.

—Madera salada. Sácala antes de dormir.

—Pensaba arrancarme el dedo entero. Pero tu consejo parece más barato.

Él sonrió. Solo entonces su rostro dejó de parecer parte de aquella noche. Tenía una pequeña interrupción en la ceja derecha y arrugas estrechas en las comisuras de los ojos, quizá del sol, quizá de mirar lejos. Alda retiró la mano antes de que el calor del contacto la distrajera.

La pasajera se llamaba Nessa y tenía treinta y seis años. Lo dijo junto al brasero, cubierta ya con la manta seca de Yrsa, como quien ofrece información que nadie podrá arrebatarle. Era viuda y había viajado a buscar tela de lana a una población al otro lado de la bahía. Odel, de veinticinco años y con una vergüenza que no conseguía esconder, confesó que aquel era su tercer viaje como marinero remunerado.

Alda no preguntó si sabía nadar. El temblor de sus manos bastaba para acusarlo de todo lo que temía haber hecho mal.

—La luz estaba en el lugar de siempre —dijo Odel—. Una llama pequeña, baja. El patrón juró que era la torre.

Bersi levantó la cabeza.

—La torre estaba apagada desde que oscureció.

Odel miró de uno a otro, buscando a quien le creyera.

—La vi. Un fuego amarillo. Pasamos por la alineación y fuimos directos a las piedras.

Alda pensó en la torre oscura, en la posición del casco. El arrecife exterior quedaba lejos de la línea de entrada. Un hombre podía equivocarse en la niebla. Un fuego en el lugar equivocado también podía enseñarle a equivocarse.

Nessa arrastró el cofre bajo el banco. La tapa tenía una grieta y el agua oscura formaba un charco junto a sus pies.

—¿Tienes algo ahí que necesite secarse? —preguntó Alda.

—Cosas mías.

No había sido una respuesta. Alda reconoció su derecho a no dar otra. Tomó una cuña fina y se la tendió.

—Ábrelo aunque sea una rendija. Lo que esté mojado se pudrirá si queda encerrado.

Nessa recibió la herramienta. Sus dedos eran fuertes, con marcas de aguja en los nudillos. No parecía acostumbrada a transportar un tesoro. Parecía alguien que conocía el precio de las cosas pequeñas.

Torben entró el último. Se había puesto el abrigo sin secarse la camisa y la lana goteaba. Yrsa señaló un gancho donde había una túnica de Leif, el padre de Alda. La prenda llevaba allí cinco años, reservada para trabajadores sorprendidos por la lluvia. Aun así, Alda sintió el impulso de impedir que aquel hombre la usara.

El impulso pasó antes de hacerse palabra. La ropa era ropa. Ella misma había remendado los codos después de que Leif muriera.

—No me cabe de hombros —dijo Torben, sujetando la túnica por el cuello.

—Te queda mejor que la fiebre —respondió Yrsa.

Él se fue detrás de la mampara de las velas. Alda se concentró en la astilla, trabajando con la punta de una aguja. Le temblaba la mano ahora que ya no tenía que salvar a nadie. La sangre mezclada con agua formó un hilo rosado en el cuenco.

—Yo sostengo la luz —dijo Torben al volver.

No añadió que a ella le temblaba la mano. La túnica le quedaba apretada, como había previsto, y llevaba en el puño el remiendo azul que Alda había hecho durante un invierno largo. Ella afirmó el dedo contra la mesa. La astilla salió entera. El dolor disminuyó tan deprisa que dejó paso a un cansancio profundo.

Afuera, unos pasos subieron el camino. Hakon entró acompañado de dos hombres que administraban el almacén. Llevaba un manto casi seco. A los cuarenta y nueve años cultivaba una barba recortada y la costumbre de fruncir el ceño antes de que otra persona terminara de hablar. Era el administrador del puerto desde la muerte del último jefe de la ensenada. El cargo debía haber sido temporal. Duraba siete años.

—¿Cuántos? —preguntó.

—Dos rescatados aquí —respondió Alda—. Otros tres salieron en el bote y fueron al sur. Hay que mandar hombres por la playa.

Hakon dio la orden a un acompañante. No era incapaz de hacer algo útil y Alda procuraba recordarlo cuando aquel hombre la irritaba. Él examinó entonces a Nessa, a Odel y al cofre.

—Toda carga recogida del arrecife debe inventariarse en el almacén.

Nessa apoyó el pie en la tapa de la caja.

—Mi equipaje no es carga abandonada.

—Es la costumbre de la ensenada.

—La costumbre vale para mercancía sin dueño —dijo Alda—. Acabas de oír el nombre de la dueña.

Hakon la miró con una paciencia ensayada.

—Pasado mañana por la tarde habrá audiencia de las contribuciones. Podrás discutir costumbres con todos. Hasta entonces tenemos órdenes de mantener el puerto en funcionamiento.

—Empieza por la torre.

El silencio que siguió incluyó el crepitar del brasero. Hakon se frotó la hebilla del manto con un dedo.

—Runa debe explicar por qué dejó apagarse la luz.

—Entonces iré a preguntarle —dijo Alda.

—Hoy no. El camino es peligroso.

Alda alzó la mano vendada.

—Me había dado cuenta de que la noche es mala.

Torben bajó la cabeza. Una sonrisa rápida le movió la boca, pero no intervino. Hakon se marchó después de ordenar que los supervivientes se presentaran por la mañana. Nessa permaneció inmóvil hasta que desaparecieron los pasos.

—¿Él fue quien buscó tu caja? —preguntó Alda.

La mujer cerró los ojos.

—Mañana responderé.

Yrsa puso otro trozo de turba en el fuego y anunció que Nessa dormiría en su casa. Odel se quedaría con Bersi. Detrás del tono práctico, Alda oyó la advertencia materna: quienes casi habían muerto necesitaban sopa y sueño antes de un interrogatorio. Estuvo de acuerdo. Cuando todos se marcharon, el astillero pareció demasiado grande.

Torben seguía junto a la puerta. Sujetaba su propia camisa mojada, retorcida en un bulto.

—Dijiste que me conocías —recordó Alda.

—Conocía tu nombre. Vine a preguntar por una reparación. Bersi me señaló el cobertizo antes de que oyéramos el navío.

—¿Dónde está tu barco?

—En el muelle interior. Un remo roto y un banco agrietado. Nada que merezca una noche tuya.

Le gustó que hubiera considerado la noche algo que le pertenecía.

—Vuelve por la mañana. Si no se ha caído el techo para entonces, lo miraré.

Torben vaciló.

—Conocí esta ensenada de joven. El paso cambió, pero el arrecife no camina. La luz que vio Odel estaba en el bajío del este.

—¿Tú también la viste?

—Cuando nos acercamos al casco. Casi apagada. Pensé que alguien había bajado con una antorcha para ayudar.

Alda volvió los ojos hacia la puerta. La torre no estaba en el bajío. Estaba por encima de las casas, sobre un camino de piedra, lo bastante alta para que la luz apareciera incluso detrás de la lluvia. Su padre le había enseñado a distinguir ambos lugares antes de dejarla jugar en la arena.

Tomó el farol del gancho.

—¿Todavía vas a la torre? —preguntó Torben.

—Sí.

Él colgó la camisa en una estaca y tomó el segundo farol. No le pidió que se quedara ni anunció que la protegería. Esperó a que Alda abriera la puerta.

En el camino, el viento se llevó el olor a turba y trajo otro, amargo: sebo quemado muy cerca de la playa. Alda se detuvo junto a un refugio de piedra usado para guardar redes. En el suelo, protegido de la lluvia por una losa, había un fragmento de barro cocido con grasa recién apagada.

Bajó el farol. Un trozo de cuerda fina salía de la mecha. La fibra era roja, teñida para marcar las amarras del almacén de Hakon.

Aún no sabía quién había encendido aquel fuego. Pero alguien había elegido el lugar. Y, antes de que terminaran tres días, tendría que impedir que eligieran otro.

El barco sin dueño

Alda

Runa recibió la pregunta sobre la luz con una llave en la mano. Estaba sentada en el escalón inferior de la torre, con un pie hinchado dentro de una palangana. A su lado, una cesta todavía llena de leña menuda esperaba subir. Tenía sesenta y un años y rara vez aceptaba que alguien cargara nada por ella.

—La cerradura no es la mía —dijo, tendiendo la llave—. Hakon mandó cambiarla al mediodía. Habló de prevenir el robo de combustible.

Alda examinó el hierro. La llave tenía un diente roto. En la puerta, marcas recientes rodeaban la argolla. Torben se agachó a mirar, pero no tocó nada.

—¿Intentaste forzarla? —preguntó él.

—¿Con este pie? Apenas puedo maldecir sin apoyo. Mandé a una niña al almacén. Dijeron que vendría un hombre a encender. Esperé hasta oír el desastre.

Runa señaló la palangana con la boca dura. Se había torcido el tobillo por la mañana, llevando sebo por la escalera. Llevaba meses pidiendo una ayudante; Hakon afirmaba que un puerto pequeño no podía alimentar a dos personas para cuidar un solo fuego.

Alda puso en el escalón el fragmento encontrado en el bajío. Runa acercó la mano y la retiró antes de tocarlo.

—No es de mi cesta.

—Lo sé. Tú usas recipientes hondos.

—Y no desperdicio una buena amarra en una mecha. Quien quemó esto tenía prisa.

Torben se quitó el broche del abrigo y lo metió entre la argolla y la madera de la puerta. Alda vio el movimiento de sus dedos, preciso sin ser demasiado rápido. Probó una vez, dejó el broche y tomó una esquirla de hierro que guardaban en la base de la torre para limpiar la ceniza.

—¿Puedo? —le preguntó a Runa.

—Si se rompe, dejo la cuenta a nombre de Hakon.

La puerta cedió con un gemido leve. Torben no sonreía cuando la sostuvo abierta. Alda recogió la llave rota y subió. En la plataforma, el cesto de hierro estaba frío, seco bajo la cubierta, con combustible suficiente para iluminar la entrada hasta el amanecer. Encendió un puñado de estopa y esperó a que la llama prendiera en las ramas. Solo entonces comprendió cuánto necesitaba aquella luz.

El mar seguía revuelto abajo. Ninguna sombra de barco se movía junto al arrecife. En el camino sur, dos antorchas avanzaban despacio: los hombres enviados en busca del bote. Alda apretó el parapeto. Lo que podían hacer aquella noche ya estaba hecho; lo que no podían pesaba más.

Torben se quedó en la salida de la escalera, dejando espacio entre los dos.

—¿Abres muchas puertas? —preguntó ella.

—Más amarras. Algunas puertas.

—¿Es un oficio?

—Fue una necesidad.

No ofreció una historia que volviera más agradable la respuesta. Alda consideró prudente guardar la pregunta. Runa los llamaba desde abajo, pidiendo el cuenco de comida olvidado en un peldaño. La vida necesitaba cuidados menores incluso cuando una duda grande lo ocupaba todo.

Al amanecer, el bote llegó a la playa sur con los tres hombres vivos. El patrón tenía un brazo lastimado; los otros habían pasado la madrugada arrastrando la embarcación por una franja de lodo. Bersi trajo la noticia antes que el pan y Yrsa abrió la puerta para darle las gracias a quienquiera que estuviera escuchando. Alda, que había dormido poco, apoyó la frente en el borde de la mesa. Solo después pudo comer.

Torben la esperaba en el astillero con el remo roto. El banco del barco permanecía en el muelle. Era una embarcación corta, adecuada para llevar a un piloto entre los barcos mayores y la costa. Tenía marcas de uso honrado y una pequeña placa de madera oscura en la proa, sin símbolo de señor ni mercader.

Alda se arrodilló sobre el banco y apretó la grieta con los pulgares.

—¿Saltas dentro cuando llegas a la playa?

—A veces.

—Deja de hacerlo.

—¿Esa es la reparación?

—Es la parte gratuita. La otra cuesta plata.

Torben soltó una risa baja. Alda marcó dónde cortaría un travesaño nuevo. Le gustaba trabajar cuando la respuesta estaba dentro de la madera. Un hombre podía esconder una intención en cada palabra; una tabla agrietada mostraba la dirección exacta del daño.

Odel apareció con la caja de herramientas de ella. Había dejado la manta con Bersi y llevaba una túnica prestada, ancha de hombros.

—Quiero ayudar —dijo.

—¿Has cargado madera?

—Barriles.

—La madera no se queja si la haces rodar. Pero yo sí. Empieza llevando estas virutas al fuego de Runa.

Pareció aliviado con la tarea pequeña. Alda conocía aquel alivio. Después de la muerte de Leif, la gente le había ofrecido consejos, lástima y silencio. El primer hombre que le pidió un trabajo fue Bersi, con un mango de martillo partido. Aún recordaba el peso de aquel martillo.

Dos hombres llegaron por el camino del almacén antes de que Alda terminara de sacar el banco. Uno, de barba color paja, llevaba una tira de tela con la señal del puerto. La ató a la proa del barco de Torben.

—¿Qué haces? —preguntó Alda.

—La embarcación queda retenida para garantizar las tasas de socorro y refugio del navío naufragado.

Torben se incorporó despacio.

—Este barco no pertenece a ese navío.

—Participaste en la recogida de la carga.

—Recogimos a dos personas —dijo Alda—. ¿Puedo cobrarle al puerto por mi canoa también?

El hombre evitó su mirada. El segundo mantenía la mano junto al cuchillo, más para recordar que lo tenía que por deseos aparentes de usarlo. Torben permaneció inmóvil, con los dedos abiertos. Alda notó que seguía los pies del hombre armado en vez de mirar el arma.

—¿De quién recibió la orden Hakon? —preguntó.

—Él es el administrador.

—Eso lo veo todos los días. Pregunté de quién vino la orden.

No hubo respuesta. Los hombres se marcharon después de advertir que quitar la tira sería desacato. Alda sujetó el borde del barco para no arrancarla en ese instante.

—Voy a hablar con él —dijo Torben.

—¿Y vas a llevar el remo roto?

Él miró el objeto que aún tenía en la mano.

—Parece una amenaza mala.

—Parece una persona que aceptará cualquier precio para irse. Termina el banco conmigo primero.

Torben miró la tira del puerto. Se le cerró el rostro y Alda tuvo la impresión de ver una puerta que él sabía abrir, pero prefería mantener cerrada. Después dejó el remo y tomó el travesaño de roble. Se quedó con el trabajo pesado mientras ella marcaba las uniones.

En el segundo intento de encaje, sus manos se encontraron sobre la misma cuña. Él retiró la suya sin una prisa teatral y Alda odió su propio interés por el pequeño espacio que quedó entre los dedos. No buscaba un hombre. Buscaba atravesar tres días sin perder el astillero ni acusar a alguien basándose en una mecha.

—Puedes sujetarlo —dijo ella.

Torben afirmó el travesaño. Alda golpeó con el mazo. El sonido cruzó el muelle y devolvió un orden que Hakon acababa de intentar quitar de allí.

Nessa volvió cerca del mediodía. Llevaba el cofre envuelto en un paño, ya seco por fuera. Pidió hablar lejos de los trabajadores. Alda señaló la casa de las velas, una habitación baja donde Yrsa guardaba lino, agujas gruesas y rollos de cuerda. Torben hizo ademán de apartarse.

—Él puede quedarse —dijo Nessa—. También fue a buscarme a mí.

Alda entró al final y cerró la puerta. La ventana estrecha dejaba una franja de luz en el suelo. Nessa puso el cofre en un arca y retiró la tapa con cuidado. Dentro había dos mudas de ropa, una bolsita de monedas y una tablilla cubierta de marcas de carga.

—Mi hermano llevaba las cuentas del almacén —explicó—. Murió de fiebre la primavera pasada. Fui a buscar cosas que habían quedado en una casa alquilada al otro lado de la bahía. Encontré esto en su bolsa.

La tablilla tenía rayas agrupadas, algunos nombres abreviados y pequeñas señales junto a las cantidades. Alda no podía leerlo todo. Reconoció, sin embargo, la señal usada para el sebo de la torre: una cesta entre dos trazos. Leif había grabado el mismo dibujo en recipientes que preparó para Runa.

—Mi hermano se llamaba Erec. Me escribió que las cuentas no cuadraban. Pensé que eran quejas de un hombre mal pagado. Cuando vi la tablilla, busqué a Hakon.

—¿Cuándo? —preguntó Alda.

—Hace seis días. Antes del viaje. Dijo que Erec se había equivocado. Me pidió que trajera cualquier otro registro que encontrara.

Torben se inclinó sin tocar la madera.

—¿Por qué crees que quería esa caja ayer?

Nessa respiró por la nariz, controlando algo que la voz no podía cargar entero.

—Porque el hombre del almacén que me acompañó al barco preguntó si el cofre estaba cerrado con llave. Y porque Hakon no preguntó si estaba herida cuando entró en el astillero.

Era un indicio de interés y de posible crueldad; aún no era prueba de un naufragio provocado. Alda acercó un banco y se sentó. El gesto ayudó a Nessa a aflojar las manos.

—Separemos lo que sabemos de lo que tememos —dijo—. Encontré un fuego en el lugar equivocado. Runa recibió una llave rota después de que cambiaran la cerradura de la torre. Tú tienes cuentas que Hakon quería ver. Son tres cosas. Pueden estar relacionadas. Necesitamos mostrar cómo.

Nessa abrió un trozo de lino que envolvía la tablilla. Dentro, doblado dos veces, había un pergamino fino, manchado en un extremo. Alda sintió el olor a agua vieja antes de distinguir las letras.

—Erec escribía mejor de lo que hablaba —dijo la mujer—. Yo leo poco. ¿Puedes intentarlo?

Alda había aprendido con un viajero que cambió lecciones por la reparación de un barco. Leía despacio, sobre todo cuando la escritura era corrida. Acercó la hoja a la ventana. Había una lista de sacos y barriles entregados para el mantenimiento de la torre, seguida de un nombre repetido: Hakon. Abajo, Erec había anotado que la mitad de los suministros se había llevado a un navío privado. No decía por orden de quién.

Torben apoyó un dedo junto a una señal, sin dañar el pergamino.

—Eso es una marca de comprobación. Debe de existir una segunda hoja con quien lo recibió.

—En la casa de cuentas —dijo Alda.

El edificio estaba más allá del puente oriental, separado del almacén por un brazo de mar que la pleamar ensanchaba. El hermano de Nessa trabajaba allí cuando los navíos llegaban en grupo. Hakon había mantenido cerrado el edificio desde su muerte, alegando goteras en el techo.

—¿Cómo sabes leer marcas de comprobación? —le preguntó Alda a Torben.

—Los pilotos también necesitan cobrar lo que les deben.

Era plausible. Él lo sabía. La respuesta quedó entre los dos, demasiado lisa.

Nessa cerró el cofre, guardando la tablilla y la hoja. Alda pidió permiso para copiar las cantidades en un trozo de madera clara. La mujer aceptó, pero siguió cada movimiento. No quería que su vida se convirtiera en un asunto tratado por personas que conocían más palabras.

Cuando Alda terminó, devolvió el trozo de carbón al recipiente.

—El original se queda contigo. Si necesitamos mostrarlo, será en tu presencia.

—¿Y si vienen a buscarlo?

—Mi madre tiene un armario para harina que nadie, salvo ella, consigue abrir sin estropear la puerta.

Nessa soltó una risa que acabó casi en llanto. Aceptó guardar allí el cofre. Yrsa escuchó la petición sin exigir saber qué había en la caja; solo preguntó si la harina podía quedarse en un saco dos días. La dignidad del gesto le cerró la garganta a Alda de una manera inesperada.

La marea subía cuando Torben y Alda regresaron al muelle. Odel luchaba con una cuerda gruesa, intentando impedir que la canoa de los remiendos golpeara un poste. El banco nuevo del barco de Torben estaba seco y listo. La tira de incautación seguía en la proa.

—¿Por qué no te fuiste antes de que llegara? —preguntó Alda—. Podrías haberte llevado el barco con la primera luz.

Torben apoyó un pie en el bolardo del muelle.

—Runa necesitaba que alguien subiera el combustible. Después tu herrero pidió ayuda con el patrón del navío. Cuando terminé, tú ya estabas aquí.

—Entonces te quedaste por tareas.

Él la miró de frente.

—Al principio.

Una gaviota bajó entre los dos y robó un trozo de corteza que había dejado Odel. Alda se agachó a espantarla y tuvo tiempo de esconder una sonrisa que no tenía intención de conceder. Cuando se levantó, Torben examinaba el puente oriental.

Unía el muelle con la pequeña isla donde estaba la casa de cuentas. Tenía cinco apoyos de madera clavados en el lodo y tablas transversales cubiertas de sal. Leif lo había reparado el último verano de su vida. Alda había continuado el trabajo después de su muerte, hasta que Hakon entregó el mantenimiento a sus hombres.

—Ese apoyo está flojo —dijo Torben.

Ella siguió la dirección de su mirada. Un poste junto a la isla se movía más que los demás con cada ola. No debía moverse tanto, ni siquiera con la corriente fuerte.

—Quédense aquí.

Alda avanzó por el puente. La madera estaba resbaladiza, pero firme bajo los primeros pasos. En medio vio una franja clara de corte junto a un travesaño. Se agachó. La cuña que mantenía el soporte a presión había desaparecido. No la había arrancado el agua; había astillas recientes alrededor del encaje.

Odel pisó detrás de ella, demasiado curioso para obedecer. El puente cedió un poco. Alda se volvió a tiempo de verlo agarrar la cuerda lateral.

—Retrocede despacio. Un pie a la vez.

Torben estaba en la entrada, quitándose ya las botas. Alda extendió el brazo hacia Odel y lo hizo pasar delante. El muchacho llegó al muelle sin color en la cara. Un crujido subió de los apoyos.

Alda no intentó correr. Distribuyó el peso, dando pasos cortos hasta alcanzar la mano de Torben. Él tiró solo después de que ella apoyara bien el pie en la piedra. Detrás, un extremo del puente cayó al agua, llevándose el acceso a la isla.

Por un momento nadie habló. Odel se frotaba el rostro con las palmas. Torben mantenía los dedos en el brazo de Alda y ella sentía su pulgar a través de la lana mojada.

Desde el almacén llegó el golpe de una puerta. Hakon observaba el muelle al abrigo del techo. No pareció sorprendido por el puente roto.

Alda soltó el brazo despacio.

—Quería saber si llegaríamos a las cuentas —dijo.

Torben miró el agua entre el muelle y la isla.

—Ahora sabe que lo intentaremos.

Espera… El puente cayó antes de que Alda alcanzara las cuentas. Al otro lado, la prueba aún espera.

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Preguntas

Antes de que caigas rendida.

¿Qué relación sigue esta historia?

Romance histórico costero M/F entre adultos, con oficios, rescate y confianza ganada.

¿Cómo se presenta la intimidad?

Tensión sensual y besos; sin descripciones sexuales gráficas.

¿Esta historia concluye su propio arco?

Alda y Torben tienen una historia completa y un futuro amoroso propio.

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