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La puerta que él custodió — dark romance gratisGratis · Exclusiva

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La puerta que él custodió

Una editora de audio oye su propia voz ordenándole abrir la puerta — y encuentra en el abrigo del vecino el número de su grabadora.

Suspense romántico oscuro M/F adulto entre vecinos, con una obsesión confrontada y confianza ganada.

Tensión sensual, besos e intimidad a puerta cerrada, sin sexo gráfico. Acoso, chantaje, invasión de la privacidad y violencia.

  • Vecinos
  • proximidad forzada
  • Protector moralmente ambiguo
  • Obsesión confrontada
  • heroína profesional
  • Confianza ganada

🌶️ Unos 93 min de lectura · 21.437 palabras

Nina quería una noche tranquila en el Saint-Cloud. Recibe una voz imposible en el interfono y la ayuda demasiado precisa de Tomás, el hombre que alquiló el apartamento de enfrente. Cuando la protección revela un precio oculto, el deseo y la rabia deben sobrevivir a la misma pregunta: ¿quién decide cuándo se abre la puerta?

Libros de Alisson Bento

O Vizinho do 4B

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La voz tras la puerta

Nina

La voz de Celina pidió entrar cinco minutos después de que Nina descubriera que la mujer se había marchado de Chicago.

—Soy yo, querida. Abre deprisa.

Nina permaneció con la mano en la manija del apartamento, el abrigo todavía cerrado hasta el cuello. En la pantalla del teléfono seguía iluminado el mensaje de la hija de Celina: Mamá está conmigo desde el domingo. Necesita un poco de tranquilidad. Después hablará contigo.

Era jueves. La lluvia que se congelaba en los bordes de la calle había tardado casi una hora en derrotarla entre la estación y el Saint-Cloud. Nina había deseado una sopa, calcetines secos y el derecho a no oír otra voz humana aquella noche. Había recibido una voz que no debía estar allí.

Pulsó el botón del interfono.

—¿Celina? ¿Estás en el vestíbulo?

Un pequeño chasquido. Después, una inspiración ruidosa.

—Soy yo, querida. Abre deprisa.

La repetición sacó el frío de sus botas y se lo llevó dentro del pecho.

Nina soltó el botón. La cerradura de la entrada, en la planta baja, dependía de otro mando, un círculo desgastado a la derecha. Lo cubrió con la palma como si alguien pudiera alcanzarlo a través de la pared. El aparato era viejo, de plástico amarillento; la semana anterior, una repartidora había tenido que gritar para hacerse oír por encima de la estática. Ahora la voz llegaba demasiado limpia, cercana a la textura que Nina conocía por los audífonos del estudio.

Bajó el volumen del teléfono y llamó a Joana.

Su amiga contestó al tercer tono, jadeante.

—Si me dices que perdiste el tren, voy personalmente a buscar esa aplicación y a tirarla al lago.

—Necesito que te quedes en la línea. Hay alguien usando la voz de Celina en mi interfono.

El ruido al otro lado cesó. Una herramienta golpeó metal, y Joana le pidió un momento a alguien.

—¿La telefonista? ¿La de la entrevista?

—Está fuera de la ciudad. Acabo de recibir un mensaje de su hija.

—No abras.

—No he abierto.

Decirlo en voz alta ayudó. Había una decisión tomada, pequeña pero entera. Nina puso el teléfono sobre el zapatero, activó el altavoz y por fin se quitó la mochila. El peso de la grabadora gris arrastró una de las correas hacia el suelo.

Celina le había prestado el aparato el sábado, junto con una tarjeta de memoria y una bolsa de cintas antiguas. Una franja de esmalte azul cruzaba la tapa de las pilas. Era la clase de identificación que una mujer de sesenta y un años inventaba después de décadas viendo cómo sus compañeros se llevaban por error bolígrafos, grapadoras y hasta su almuerzo. A Nina le había gustado aquel detalle. Había prometido devolverlo todo la semana siguiente.

Ahora no quería tocar la grabadora.

El interfono volvió a crepitar.

—Abre, Nina.

Esta vez no era la misma frase. El nombre llegó bajo, casi impaciente. Nina sintió la espalda apoyarse en la puerta de roble. La madera no cedió. El peso real de la hoja, sus dos pestillos, la cadena nueva que había mandado instalar en septiembre: pensó en cada pieza como quien se cuenta los dedos después de atraparse la mano en un cajón.

—¿Lo oíste? —le preguntó a su amiga.

—Lo oí. ¿Hay alguien contigo en ese mismo piso?

Nina miró por la mirilla. Primero vio solo la luz amarilla del pasillo y el dibujo borroso de la alfombra burdeos. Después una sombra cruzó el borde curvo de la imagen.

Se apartó sin hacer ruido.

—Hay un hombre.

—¿Delante de tu puerta?

Nina volvió a mirar. El hombre estaba en la puerta de enfrente, la del 2C, con una llave entre los dedos. Llevaba un abrigo gris que ella no conocía. Pelo oscuro, barba corta, un pequeño hueco claro en la ceja derecha. No parecía sorprendido por el ruido que llegaba del apartamento de ella. Miraba el interfono del propio pasillo, instalado cerca de la escalera, con la concentración de quien esperaba la última palabra de una conversación.

—Creo que es el vecino nuevo.

—¿Crees?

—Se mudó hace unos días. Vi cajas.

El alquiler de corta duración del 2C se había anunciado durante meses en un papel torcido junto a la portería. Nina había notado la desaparición del aviso porque el plástico del marco había dejado una mancha más clara en la pared. Del hombre solo había visto un hombro entrando en el ascensor y, la víspera, un guante negro olvidado sobre los buzones. Se lo había dejado a Rute.

El hombre volvió la cara hacia la puerta de Nina.

No podía verla por la mirilla. Aun así, ella retrocedió.

—¿Nina? —llamó Joana.

—Estoy aquí.

Sonaron dos golpes suaves al otro lado de la madera.

Nina no respondió.

—No abras la entrada —dijo una voz masculina—. Hay un hombre en la acera. Acaba de esconder algo en el abrigo.

Las palabras eran claras, sin prisa. No pedían confianza; describían un peligro como quien informa de un cambio de temperatura. Aquello la irritó antes de asustarla más.

—¿Cómo sabes que habló conmigo?

Una pausa.

—Oí tu interfono.

—¿Desde el apartamento de enfrente?

—Estaba en el pasillo.

Joana alzó la voz por el teléfono:

—¿Quién eres?

El hombre pareció oírla. Nina imaginó sus ojos bajando a la altura del aparato sobre el zapatero, el cálculo de la distancia hasta el altavoz. No le gustó la facilidad con que construyó la imagen.

—Tomás Vidal. Estoy en el 2C. Puedo llamar a la encargada.

—La llamo yo —respondió Nina.

—De acuerdo.

No intentó convencerla. Los pasos se alejaron dos metros, quizá menos. Ella comprobó por la mirilla y lo vio junto a su propio marco, dejando libre el pasillo. El rostro de perfil era más joven de lo que había sugerido la voz. Casi cuarenta, pensó, y aquel detalle le molestó. Que una desconocida supiera la edad aparente de otro desconocido no resolvía nada.

Llamó a Rute sin colgar a Joana, alternando las llamadas con el dedo que había empezado a temblar. La encargada respondió después de una demora que pareció calculada para provocar lo peor.

—Estoy cambiando una bombilla, hija. ¿Qué pasa?

Nina lo explicó con frases cortas. No usó la palabra acoso; no sabía si alguien la estaba acosando. Dijo voz, entrada, hombre, mensaje. Rute no la interrumpió para sugerir un fallo eléctrico.

—No toques el botón. Voy a mirar desde mi ventana antes de bajar.

—Hay un vecino aquí fuera. Tomás.

—El del 2C. Conozco su ficha, no su vida. No tienes que abrirle a nadie.

Aquella distinción tan sencilla aflojó un poco la tensión en la mandíbula de Nina.

Volvió con Joana.

—Rute está comprobando.

—¿Quieres que vaya?

—¿Sigues en el teatro?

—Estoy desmontando una cosa que debería haber hecho alguien con brazos de pulpo. Puedo irme.

Nina miró la bota mojada que había dejado una media luna oscura en la alfombra. Quería a Joana allí, en el sofá estrecho, quejándose del calefactor. Quería una testigo de la verdadera magnitud del miedo. Al mismo tiempo, detestó la idea de hacerla cruzar la ciudad por culpa de un aparato viejo.

—Espera a que mire Rute. Solo quédate conmigo.

—Me quedo.

El apartamento pareció más pequeño cuando Nina apagó la lámpara junto a la ventana. No quería ofrecerle una silueta a la acera. Dejó encendida la lámpara de la mesa de trabajo, junto a la computadora y el pequeño panel de espuma que usaba para grabar correcciones de locución. Los paneles no aislaban la vivienda. Solo servían para reducir la reverberación en el rincón de trabajo. Una voz en el pasillo seguiría llegándole.

Conocía la diferencia. Pagaba las cuentas conociendo diferencias que otras personas llamaban ruido.

Abrió en el teléfono la conversación con la hija de Celina. Escribió: ¿Tu madre me llamó ahora? Lo borró antes de enviarlo. Si algún problema familiar la había hecho marcharse, la pregunta podía llevar a alguien al teléfono equivocado. Escribió otra cosa: Necesito confirmar una información sobre el proyecto. ¿Puedes avisarme cuando ella pueda hablar?

Lo envió. El mensaje se quedó con una sola marca de entrega.

Tres golpes en la puerta.

Nina perdió el hilo de sus propios pensamientos.

—¿Quién es?

—Rute. Tomás sigue aquí fuera, lejos de tu puerta. Ya no hay nadie en la entrada.

Por la mirilla apareció la encargada, con un abrigo sobre el delantal de casa y los lentes sujetos a una cadena roja. Sostenía el manojo de llaves con la misma autoridad con que cargaba bolsas de basura: eran cosas que había que apartar del camino.

Nina abrió solo después de comprobar el rostro, con la cadena todavía puesta.

—¿Puedo mirar por tu ventana? —preguntó Rute—. Desde la mía, la marquesina oculta una parte de la acera.

Nina quitó la cadena y dejó entrar a la mujer. Tomás no se acercó. Se quedó junto a la pared de enfrente, con las manos vacías a la vista. A una distancia segura, casi parecía una demostración de seguridad. Ella no supo si aquello debía tranquilizarla.

Rute fue a la ventana sin encender otra luz. Nina la siguió. El viento empujaba lluvia fina contra la piedra clara de la fachada. Las gárgolas, vistas desde aquel ángulo bajo, eran solo salientes negros que vertían agua. Un auto blanco esperaba el semáforo en la esquina. Había una pareja bajo el mismo paraguas y un hombre comprando cigarrillos al otro lado de la calle.

—Abrigo azul —dijo Tomás desde el pasillo.

No necesitaba alzar la voz. La puerta abierta llevaba sus palabras hasta el fondo de la habitación.

Nina lo miró.

—Antes no dijiste el color.

—No me lo preguntaste.

—Te lo pregunto ahora.

Él aceptó la reprimenda con un breve movimiento de la barbilla.

—Azul, acolchado. Un poco más bajo que yo. Pasó dos veces por la entrada. Cuando miró hacia arriba, escondió el aparato.

—¿Un teléfono?

—No lo vi bien.

Al menos lo admitía. Nina volvió a observar la calle. Un hombre apareció bajo la marquesina de la lavandería. El abrigo tenía el color de la pintura escolar, demasiado vivo en aquel tramo oscuro. No miró hacia la ventana. Encendió un cigarrillo y giró el cuerpo para proteger la llama.

Tuvo la impresión de que esperaba algo. Pero casi cualquier persona parada bajo la lluvia parecía esperar algo.

Rute anotó la hora en el teléfono.

—Voy a pedir a la administración que conserve las imágenes de la entrada. Si la cámara lo captó. No cuenten con la del ascensor, está fallando.

—¿Y el código? —preguntó Nina.

—El de la calle se cambiará por la mañana. Hoy tengo que avisar a quienes todavía vuelven del trabajo. Puedo quedarme en el vestíbulo hasta medianoche.

Nina imaginó a aquella mujer de cincuenta y ocho años montando guardia sola, con los lentes rojos y un destornillador.

—No quiero que se exponga por mí.

—No voy a quedarme en la puerta. La sala tiene ventana. Y llamaré a mi sobrino, que vive a dos calles. No conviertan esto en una patrulla de película.

Joana soltó una risa breve por el teléfono. Rute notó la voz y levantó una mano hacia el aparato.

—Estoy oyéndolo todo —avisó la amiga.

—Mejor así.

Nina volvió a la entrada. Tomás se había quitado uno de los guantes. Una línea roja le cruzaba la piel cerca del pulgar, lo bastante reciente para brillar. Cerró los dedos al notar la mirada de ella, sin esconder la mano detrás del cuerpo.

—¿Te lastimaste?

—Con una caja.

—¿La caja tiene dientes?

Por un instante, la comisura de sus labios pareció querer moverse. No llegó a ser una sonrisa.

—A veces sobresale la grapa.

Nina conocía el impulso de bromear cuando faltaba una pregunta mejor. No le gustó descubrir que él respondía a ese impulso como si ya la entendiera.

—Gracias por avisar. Voy a cerrar.

—Hazlo.

El tono la detuvo.

Él lo notó antes de que ella dijera nada.

—No fue una orden.

—Perfecto. Ya pago alquiler. No necesito que incluya supervisión.

Esta vez él sonrió, poco y sin mostrar los dientes. El efecto en el rostro fue desproporcionado. Nina sintió que su cuerpo registraba el cambio, aquel pequeño calor inoportuno bajo el esternón, y cerró la puerta antes de darle importancia.

Rute se quedó unos minutos más. Revisó los dos pestillos y pidió que Nina dejara constancia de lo ocurrido, aunque la llamada fuera una broma de pésimo gusto. No garantizó que apareciera una patrulla para vigilar un interfono. Le dio el número del edificio, confirmó su propio celular y se marchó con el destornillador.

Cuando solo quedaron las dos voces, Nina se sentó a la mesa de trabajo.

—Voy a pedirte un auto —dijo Joana.

—Dame diez minutos.

—¿Para qué?

—Quiero oír una cosa.

Nina se puso los audífonos. El cuero sintético se ajustó a las orejas, aislando el siseo del calefactor. Conectó a la computadora el disco de trabajo donde había copiado la entrevista autorizada, sin tocar la tarjeta original de Celina. Había noventa minutos de conversación sobre turnos, apellidos difíciles y la época en que las telefonistas sabían por la forma de respirar si había que transferir una llamada.

En el punto que buscaba, Celina se reía de un recuerdo doméstico.

Nina escuchó una vez. Retrocedió cuatro segundos. Escuchó de nuevo, ahora atenta al pequeño silbido al final de la inspiración. Durante la entrevista había empezado a hervir el agua de un hervidor apartado del micrófono. Celina había llamado a alguien de la cocina. La frase era corriente; la respiración que venía después, no.

En el interfono, la misma inspiración había llegado pegada a otras palabras. Habían cortado el sonido del hervidor, pero dejado el aire.

Nina se quitó un lado de los audífonos.

—No es ella ahí abajo.

—Lo sé, amor.

—No. Quiero decir que alguien está usando la grabación. Mi grabación.

El silencio de Joana cambió de naturaleza.

Nina buscó la carpeta de las correcciones que había hecho aquella tarde. Una apertura de documental, tres pruebas descartadas, una instrucción técnica dicha demasiado cerca del micrófono. No necesitaba escucharlos todos. El segundo archivo le trajo un chasquido de lengua que había olvidado limpiar antes de enviárselo al cliente.

En el pasillo, algo rozó suavemente la madera. Nina levantó los ojos, pero no se quitó los audífonos.

Esta vez encontró el sonido antes de que terminara.

La última frase del interfono había sido montada con su propia voz.

El hombre del otro lado

Nina

Nina se quitó los audífonos antes de escuchar otra vez el archivo. Necesitaba la sala a su alrededor: el calefactor golpeando la pared, Joana respirando por el teléfono, la lluvia tocando la ventana. Su voz estaba en la computadora, guardada en una prueba de locución. En el recuerdo del interfono, esa misma voz ordenaba abrir la puerta. Ambas cosas no podían ocupar el mismo lugar sin que alguien hubiera trabajado para ello.

—¿Puedes grabar lo que llega del interfono? —preguntó Joana.

—Si vuelve a sonar. Lo que oí antes solo quedó en mi cabeza.

—Entonces no concluyas más de lo que sabes.

Era la clase de consejo que Nina daba a productores apresurados. Su amiga se lo devolvía sin delicadeza, y por eso funcionó. Nina abrió un documento, anotó la hora y describió las tres frases que recordaba. Marcó la última como reconocimiento probable de su propia voz. No escribiría que poseía una prueba que no había registrado.

A continuación abrió una copia de la entrevista. La tarjeta original seguía dentro de la grabadora gris. Retiró el cable del aparato para evitar cualquier confusión entre la fuente y el archivo de trabajo. Un cliente ya había perdido una tarde entera porque tres versiones recibieron el mismo nombre. Aquella noche, la diferencia entre original y copia tenía un peso que ningún presupuesto le había enseñado.

Encontró el pasaje del hervidor. Celina llamaba a alguien, se reía, retomaba una frase sobre su antiguo trabajo. Nina separó el fragmento sin borrar el resto. Al final de la inspiración había dos pequeños clics producidos por la boca seca. La coincidencia con la llamada parecía fuerte. Aun así, no reconstruiría una amenaza entera a partir de un ruido.

El teléfono vibró con un mensaje de la hija de Celina. Su madre no había llamado. No quería hablar aquella noche y avisaría cuando pudiera.

Nina le leyó la respuesta a Joana.

—Voy a mandarte la dirección de la cafetería de la esquina —dijo su amiga—. Salgo del teatro en cuarenta minutos. Hay gente allí toda la noche.

—No quiero irme sin mi disco.

—El disco está ahí.

—Ese es el de la entrevista. El de trabajo quedó en el depósito de Rute, con dos cajas. El calefactor tuvo una fuga en mi armario ayer.

Oyó su propia voz explicando una banalidad y casi lloró. Había cables secándose en un escurridor, un presupuesto atrasado y pan en el congelador. Alguien había entrado en aquella vida corriente y convertido cada asunto pendiente en una ruta de escape.

—No vas a cargar cajas ahora —respondió Joana—. Toma lo que necesites para dormir y ven.

Nina estuvo de acuerdo. Guardó la grabadora, el teléfono y la cartera en la mochila. El disco de la entrevista fue al bolsillo interior del abrigo, separado del aparato. Se cambió los calcetines mojados sin alejar las botas. Se dejó una nota en la mesa de trabajo: desenchufar el calefactor al volver. Lo absurdo de aquella nota la ayudó a respirar.

Dos golpes rápidos llegaron de la puerta.

—¿Nina? Soy yo —dijo Rute—. Hay una entrega sin nombre aquí abajo. ¿Pediste algo?

Nina llevó el teléfono hasta la mirilla. La encargada estaba en el pasillo, con Tomás a varios pasos de distancia. Una punta de lana gris colgaba del guante de él, enganchada en el corte del cuero. Nina reparó en ella con una irritación inesperada. Su cerebro insistía en recoger detalles pequeños mientras las grandes decisiones se le escapaban.

—No pedí nada. ¿Cómo entró?

—Todavía no ha entrado. Habló por el panel de la calle. Dijo que era para una vecina del segundo piso.

Tomás observaba la puerta de la escalera, no a Nina. Tenía la mano sin guante apoyada en la baranda de madera. Aquel corte cerca del pulgar parecía superficial, pero había sangre seca en el pliegue de la piel.

—¿Es el hombre del abrigo azul? —preguntó Nina.

—La cámara solo muestra una caja —respondió Rute—. No voy a abrirle.

Nina abrió la puerta con la mochila en ambos hombros.

—Voy a encontrarme con una amiga. ¿Puede bajar conmigo?

Hablaba con Rute. Se aseguró de mantener los ojos en la encargada.

—Puedo. Voy a buscar mi teléfono a la sala. Mi sobrino viene de camino, pero no ha llegado.

—Espero aquí.

Tomás inclinó la cara hacia la mochila.

—¿Cerraste el bolsillo lateral?

Nina bajó la vista. La cremallera estaba abierta dos dedos. Dentro había un estuche de pilas, nada que justificara el sobresalto. La cerró y volvió a mirarlo de frente.

—¿También me cuentas los bolsillos?

—Vi la abertura.

—Y yo vi que estabas en la ventana antes de que empezara a hablar con Rute. ¿Cuánto tiempo llevabas mirando la calle?

Él se frotó el pulgar contra la costura del guante.

—Unos veinte minutos.

—¿Esperando a alguien?

—Observando al hombre que pasó dos veces.

La respuesta cabía en la pregunta sin llenarla. Nina conocía aquel recurso de las entrevistas difíciles: ofrecer una parte verdadera, dejar que el interlocutor armara el resto. No significaba una mentira. Tampoco significaba buena voluntad.

Rute recibió una llamada y se apartó hasta el descansillo para oír. Joana seguía en la línea, ahora callada, siguiendo la conversación por el aparato que Nina sostenía.

—Mi apartamento está enfrente —dijo Tomás—. Si quieres esperar sentada…

—Quiero luz y más de una salida.

Él miró la escalera y después el ascensor.

—El vestíbulo, entonces.

Nina esperaba resistencia. El acuerdo inmediato la dejó sin su siguiente réplica cortante. El hombre conservaba la postura de quien sabía usar su propio tamaño, pero había dejado espacio para pasar antes de que ella lo pidiera. Cuando Nina se movió, vio que también se había apartado de la baranda.

Bajaron con Rute. Ahora Nina llevaba la mochila delante, apretada contra el estómago. El mármol del vestíbulo devolvía la luz en manchas amarillentas. A través del cristal, la calle parecía más lejana que dos metros, comprimida entre gotas. Había una caja pequeña en el suelo bajo la marquesina. No había repartidor.

—No voy a tocar eso —dijo Rute.

—Yo tampoco —respondió Nina.

La encargada tomó una fotografía desde dentro del edificio y llamó a la administración. Tomás fue hasta la puerta de servicio, en el lado izquierdo del vestíbulo, y se detuvo antes de tocarla.

—Rute, ¿esa puerta está sin llave?

—No debería.

El pestillo se movió desde el otro lado.

Nina sintió que la correa de la mochila le atrapaba el aliento. La hoja de madera se abrió una rendija y mostró un trozo de manga azul. Tomás empujó la puerta con el antebrazo, impidiendo que el hombre pasara. El golpe recorrió el vestíbulo y pareció volver del techo.

—Hay gente aquí —dijo Tomás en un tono que no admitía conversación—. Apártese.

El hombre hizo fuerza. Nina vio sus dedos en el borde, las uñas oscuras, un anillo de metal en el índice. La puerta avanzó unos centímetros. Tomás cambió el apoyo de los pies sin apartar el brazo de la madera.

Rute ya hablaba con emergencias. Nina dijo la dirección en inglés, lo bastante alto para que la operadora la oyera por el teléfono de la encargada, y retrocedió detrás de la columna. Joana la llamó por su nombre en el otro aparato. Nina respondió que estaba allí y que un hombre intentaba entrar por el paso de servicio.

Una voz ronca llegó por la rendija:

—Vine a recoger un paquete. Calma.

—Entonces espere en la calle —respondió Tomás.

El esfuerzo cesó. Un zapato deportivo se arrastró por el suelo de fuera. Tomás mantuvo la puerta presionada hasta que Rute corrió el cerrojo superior, una pieza en la que Nina nunca se había fijado. El metal entró en su alojamiento con dificultad. Solo entonces él retiró el brazo.

Su guante estaba rasgado en el nudillo del dedo medio.

Nina se dio cuenta de que había apretado el teléfono contra el pecho y volvió a llevárselo al oído.

—Estoy bien, Joana.

No lo estaba. El cuerpo le temblaba a un ritmo que parecía prestado por otra persona. La lengua le pesaba. Una parte de ella deseaba que Tomás le dijera exactamente qué hacer, hasta dónde caminar, cuándo respirar. Detestó la facilidad de aquella entrega imaginada y se enderezó ante la columna.

—Voy a la cafetería. Ahora.

—Espera las indicaciones de la operadora —dijo Rute.

Nina asintió. La operadora preguntó si el hombre seguía a la vista. Tomás miró por la ventana estrecha de la puerta de servicio, apartado del cristal, e informó que no lo veía. No afirmó que se hubiera marchado. Rute repitió la frase, describió la ropa y recibió instrucciones de permanecer dentro hasta que llegara ayuda.

Se quedaron en la pequeña sala de administración, con la puerta abierta al vestíbulo. Había un hervidor eléctrico y un calendario atrasado en la pared. El vapor del agua tocó la cara de Nina cuando Rute le ofreció una taza sin preguntarle si quería té. La sostuvo por el cuerpo de porcelana, buscando calor.

Tomás permaneció fuera de la sala. Se quitó el guante dañado con los dientes y examinó los dedos. Nina siguió el movimiento antes de poder apartar la mirada. La boca de él era más suave que el resto del rostro. Quiso saber cómo sería oírlo hablar cerca de su piel, y la pregunta llegó al mismo tiempo que recordaba el antebrazo bloqueando la entrada. El deseo y la gratitud se mezclaban de una forma que no confiaba en poder separar en aquel momento.

No haría nada con aquello.

—Hay un paño limpio en el cajón —le dijo Rute—. No quiero sangre en el mármol. Ya tengo demasiados problemas.

Él soltó un aliento que casi fue una risa y obedeció. Al pasar junto a la silla de Nina, no la tocó. El espacio entre la rodilla de ella y la pierna de él se llenó de una conciencia desagradablemente precisa.

El sobrino de Rute llegó antes que la patrulla. Era un hombre bajo con casco de bicicleta y una bolsa de supermercado. La encargada lo identificó por el cristal, abrió y de inmediato lo mandó lejos de la caja bajo la marquesina. Él ocupó su puesto junto a la ventana sin hacer preguntas heroicas. Se llamaba Paulo y quería saber dónde guardaban el cargador del celular.

Lo normal de aquella petición redujo el temblor de Nina.

Cuando llegaron los policías, ella contó lo que había visto. La voz del interfono era una sospecha apoyada en su trabajo, no una grabación disponible para un peritaje. El intento de entrar por la puerta de servicio lo habían presenciado tres personas. Uno de los agentes anotó ambas cosas por separado. Revisaron el callejón, recogieron información sobre la caja e indicaron a la administración qué hacer con las imágenes. Nina no oyó ninguna promesa de protección permanente. Oyó que debía volver a llamar si aparecía el hombre, evitar quedarse sola y guardar los mensajes.

La caja contenía un catálogo viejo, dijeron después de revisarla. El nombre de Nina estaba escrito en la cinta que la cerraba. Sin remitente.

Sintió una rabia limpia, mejor que el vértigo. Alguien quería dividir su atención entre la entrada principal y la puerta lateral. La caja había bastado para eso.

Joana ya iba de camino a la cafetería cuando terminaron los agentes. Nina le pidió a Rute que la acompañara hasta la esquina. Tomás se ofreció a ir también.

—Puedes venir hasta allí —dijo Nina—. No te he pedido que vuelvas conmigo.

Él aceptó con un gesto. Su serenidad casi la hizo provocarlo otra vez. Quizá lo que más le incomodaba fuera que no le ofrecía una reacción fácil de condenar.

Antes de salir, Rute recordó el abrigo de repuesto que guardaban junto a las cajas de Nina.

—Está seco en el depósito. Ese que llevas te va a enfermar. Toma el otro, al menos.

El depósito estaba detrás de la pequeña sala, en un pasillo corto que terminaba en la antigua zona telefónica. La puerta no era de roble como las de los apartamentos: tenía pintura beige descascarada y una placa metálica cerca del suelo. Rute buscó la llave correcta. Nina mantuvo encendido el teléfono, iluminando el manojo.

Tomás levantó la mano hacia un botón cuadrado junto al marco.

—La luz de aquí se enciende con este.

La claridad llegó amarillenta, revelando estantes y un olor húmedo a cartón. Nina miró primero el botón y después a él.

—¿Ya has entrado aquí?

—Rute me mostró la salida cuando alquilé.

La encargada confirmó que explicaba el recorrido a quienes alquilaban por poco tiempo. Nina no supo por qué aquella explicación, razonable y atestiguada, le pareció una pieza colocada demasiado tarde en su lugar. Tomás conocía la altura exacta del interruptor en un pasillo al que ella misma entraba rara vez.

Encontró el abrigo de repuesto en una bolsa transparente. No abrigaba más, pero estaba seco. El disco de trabajo seguía en una caja pesada, debajo de cables y libros. Rute se agachó para alcanzarla, y Nina le pidió que lo dejara para la mañana. No arrastraría aquel peso por el callejón ni retrasaría la salida de todos. Sacó solo la bufanda seca que había sobre la bolsa. La de color óxido, húmeda, quedó enrollada por fuera de la mochila.

Tomás abrió el abrigo para buscar un pañuelo. Había una mancha oscura en el puño, donde la lluvia se había mezclado con la sangre del corte. Dejó la prenda gris en una silla y se limpió la mano, girándose para darle espacio a Nina junto a las bolsas. Ella dobló la bufanda mojada sin pedir ayuda. Aquel cuidado con el espacio reducido la alcanzó de una forma inoportuna: el hombre podía ser atento y seguir siendo un desconocido.

El teléfono de él vibró dentro del abrigo. Un papel se deslizó del bolsillo interior y cayó cerca de la bota de Nina.

Ella lo recogió antes de pensar.

La primera línea llevaba una secuencia de números. Debajo había dos palabras impresas: equipo portátil. Nina conocía el número porque lo había tecleado en el recibo de préstamo de Celina, junto a la franja de esmalte azul.

Sacó la grabadora de la mochila, la giró en la mano y comprobó los últimos cuatro dígitos bajo la luz débil.

Iguales.

Tomás se volvió. Vio el papel entre sus dedos y su expresión cambió: en vez de sorpresa, mostró una inmovilidad que Nina interpretó aún peor.

—Nina —empezó él.

Ella retrocedió hasta Rute, llevándose el documento.

—No hables aquí.

El hombre se detuvo. Por primera vez aquella noche pareció buscar una salida que no estuviera en una pared.

Nina cerró la mochila y activó la cámara del teléfono. Fotografió el papel entero, incluido el pliegue que ocultaba parte del encabezado. Después le envió la imagen a Joana.

—El número de mi grabadora estaba en tu abrigo —dijo—. Vas a explicar eso donde otras personas puedan oírte.

Espera… Tomás impidió una intrusión. El papel en su abrigo muestra que la llegada del vecino no fue casualidad.

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Preguntas

Antes de que caigas rendida.

¿Qué relación sigue esta historia?

Suspense romántico oscuro M/F adulto entre vecinos, con una obsesión confrontada y confianza ganada.

¿Cómo se presenta la intimidad?

Tensión sensual, besos e intimidad a puerta cerrada, sin sexo gráfico. Acoso, chantaje, invasión de la privacidad y violencia.

¿Esta historia concluye su propio arco?

La pareja tiene un compromiso y un desenlace propios; la investigación externa continúa.

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