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Antes del deshielo — Romance de lobos gratisGratis · Exclusiva

Romance de lobos gratis

Antes del deshielo

Tres lobos cambiaformas recuerdan a Tessa. Un río que crece les deja una sola oportunidad de construir otra clase de hogar.

Reencuentro adulto «sin tener que elegir» entre cambiaformas lobo, con una protagonista, tres compañeros sentimentales y una relación elegida libremente.

Intimidad a puerta cerrada.

  • Harén inverso
  • Reencuentro
  • Proximidad forzada
  • Un hogar encontrado

🌶️🌶️ Unos 92 min de lectura · 21.235 palabras

Tessa Calder regresa a Ironvein para liquidar el taller de su difunto padre, no para decidir su futuro. Pero tres hombres recuerdan a la mujer que había detrás del trabajo: el firme Dorian, el ingenioso Emmett y el callado y exigente Silas. Cuando un deshielo repentino amenaza el valle, el cuidado práctico se convierte en una invitación mucho más peligrosa: desear a los tres y hacer un hogar sin renunciar a sí misma. Una precuela why choose independiente, de puerta cerrada, con un reparto adulto original y un final completo de felicidad por ahora.

Libros de Alisson Bento

Tamed by Three Wolves

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El último par

Tessa

La bota todavía tenía clavada la aguja de su padre.

Tessa había guardado las tazas, las buenas tijeras y el cuenco azul desportillado que él usaba para el cambio. Había hecho tres listas y había llamado por teléfono a un hombre que tasaba propiedades comerciales. Nada de eso la había detenido. Una aguja atascada a medio camino en una vira, sí.

Dejó el cuchillo de embalar.

La ventana del taller deformaba la nieve de fuera en largas jorobas pálidas. Más allá, el arroyo pasaba junto al molino abandonado con un sonido rápido y desagradable. Recordaba inviernos más tranquilos en aquel lugar. Recordaba ser lo bastante pequeña para dormir bajo el banco mientras su padre trabajaba, con la mejilla apoyada en un abrigo doblado que olía a crema para cuero.

A los treinta y cuatro años sabía que no debía confundir un recuerdo con una razón para comprar combustible de calefacción.

Tomó la bota. Pie izquierdo. Tacón ancho. El cuero había sido cortado para un hombre cuyo segundo dedo del pie era más largo que el primero. Su padre había anotado a lápiz la modificación en el patrón de papel que iba metido dentro. Hacía seis meses que la enfermedad se lo había llevado, y aun así seguía diciéndole algo útil.

La aguja se resistió cuando intentó sacarla.

—No —dijo en voz alta, al darse cuenta de que su otra mano buscaba el cuchillo. Habría cortado el hilo de él con tal de liberarla—. No seas idiota.

Aflojó la costura con la lezna, y el hilo encerado la siguió, oscuro contra sus dedos.

Una llave giró sobre su cabeza.

Tessa miró hacia la escalera. Su padre había alquilado la habitación de arriba cuando ella dejó de venir veranos enteros, pero la correspondencia de la sucesión llamaba al actual ocupante el señor Hale. Se lo había imaginado viejo, con zapatillas y una opinión rencorosa sobre las visitas.

Dorian Hale bajó con una pila de mantas dobladas.

Se detuvo en el tercer peldaño contando desde abajo. Llevaba el abrigo verde abierto sobre un suéter negro y la barba húmeda, como si ya hubiera estado fuera. La cicatriz que le atravesaba la ceja derecha no había cambiado. El resto de él había ganado en anchura, lo cual le pareció innecesario.

—Creía que llegabas esta tarde —dijo.

—Llegué anoche.

—¿Dónde dormiste?

—En el albergue. Antes de que lo preguntes: desayuné.

A él se le movió la boca. —Iba a preguntarte si querías que encendiera la estufa.

—Ah. Sí. Eso sería menos molesto.

Dejó las mantas sobre una caja limpia y bajó. Tessa lo había conocido siendo un joven trabajador maderero, con serrín metido en el pelo y una capacidad para quedarse callado que a los veinticuatro años la sacaba de quicio. Diez años después, al parecer, todavía podía irritarla con su boca sin que esta hubiera dicho gran cosa.

Mantenía una distancia prudente de la bota que ella tenía en las manos.

—Tu padre me dio la llave de arriba cuando estaban arreglando el techo del albergue. Me quedé. Debí escribirte directamente.

—Hubo bastantes cartas.

—Lo sé.

Sacó un sobre color crema del abrigo y lo dejó junto al cuchillo de embalar. Su nombre estaba escrito encima, en mayúsculas.

—El alquiler hasta finales del mes que viene. Puedo irme antes.

—No te estoy desalojando. Llevo aquí doce minutos.

—Te estoy diciendo lo que puedes hacer.

Ella dejó la bota con la aguja en equilibrio sobre el cuero. —Siempre te presentas como si vinieras con instrucciones.

—La mayoría de la gente las necesita.

—¿Yo las necesito?

La mirada de él se posó en su cara. No se desvió mientras consideraba la respuesta.

—Necesitas una estufa.

Ella rio, y el sonido la sorprendió en aquel cuarto cerrado y familiar.

Dorian se agachó junto a la puerta de hierro y empezó a acomodar astillas. La manga se le subió por encima del guante y dejó a la vista un poco de la banda oscura del antebrazo. Ella apartó la mirada antes de que él confundiera su vistazo con una pregunta. Su padre le había contado la verdad sobre el valle cuando tuvo edad para decidir si volvía. Los hombres de allí eran lobos. Su fuerza no hacía que el mundo fuera amable con ellos.

Una vez, hacía años, le había preguntado a Dorian si dolía cambiar. Él le había respondido con la misma gravedad paciente que daba a todo. Nunca le había preguntado por la marca.

Las astillas prendieron con un chasquido seco. Él cerró la estufa y puso las manos encima.

—Puedes dejar las mantas —dijo ella—. No voy a empacar tus cosas.

—Son tuyas. Tu padre las tenía sobre el mostrador de reparaciones. La gente que esperaba a que alguien la llevara solía pasar frío.

Claro que sí. Claro que había otras seis cosas que no sabía que iba a necesitar echar de menos.

Tessa levantó la manta más cercana. Algo pequeño y duro cayó. Un caramelo de menta rodó por el mostrador en su papel retorcido.

—Los ponía por todas partes.

—Sus clientes se los robaban.

—Esa era la idea. Le gustaba fingir que los atrapaba.

Dorian recogió el caramelo y lo dejó sobre la lata abollada junto al codo de ella. —Lo recuerdo.

Ella alisó la manta y luego la dobló de otra manera. Si seguía doblando cosas, quizá el dolor repentino se convirtiera en una tarea que pudiera terminar.

—El tasador viene mañana —dijo—. Me mandó una autorización para el inventario. Cubre el contenido además del edificio.

—¿La firmaste?

—No. No sé si se refiere a las sillas o a cada clavo de cada cajón.

—Entonces pregúntale.

—Debería ser mejor en esto.

—¿Por qué?

Ella lo miró fijamente.

Él se había puesto de pie, con las manos sueltas a los costados. —Haces botas. ¿Eso significa que deberías saber qué quiere decir cada contrato?

—Significa que debería poder vaciar una habitación.

Los ojos de él fueron a la bota. Luego sacó de debajo del banco una caja vacía, levantó la tapa y se apartó.

—Elige una cosa que vaya aquí dentro.

Ella quiso decirle que no necesitaba que la manejaran. En cambio, examinó los estantes. Un frasco agrietado de pegamento endurecido. Tres hebillas rotas. Un calendario de un año que su padre había detestado tanto que se negó a comprar el siguiente.

Puso el pegamento en la caja.

—Ahí lo tienes —dijo él.

—No me felicites.

—No pensaba hacerlo. Esa cosa va a ser un fastidio a la hora de tirarla.

Esta vez la risa le salió con más facilidad.

Alargaron la mano hacia la tapa al mismo tiempo. Los dedos de ella aterrizaron contra la muñeca desnuda de él, donde se había quitado un guante. Piel tibia, un surco de tendón y luego la quietud repentina de las dos manos. Recordó aquella antigua conciencia de él con una claridad tan física que tuvo que tragar saliva.

Dorian alzó la mirada. —¿Quieres que te suelte?

—¿La caja?

—Cualquier cosa.

Ella no supo cómo responder sin admitir que había pensado en las manos de él durante el viaje hasta allí. También había pensado en la sonrisa de Emmett, y en Silas inclinado a su lado sobre una lámpara rota, tan cerca que el pelo le rozaba la sien. Los pensamientos habían sido más fáciles en un coche en marcha, donde podía llamarlos nostalgia y seguir adelante.

—La tapa —dijo—. Suelta la tapa. Tengo que meter el calendario.

Él obedeció de inmediato. A ella le dieron ganas de volver a atraparlo.

Emmett llegó con una caja en equilibrio sobre el hombro y nieve derritiéndose sobre su gorra roja.

—Entrega para Calder —anunció. Entonces le cambió la cara. Bajó la caja despacio—. Tessa. No sabía que ya estabas aquí.

—La letra de la etiqueta es de él, ¿verdad?

Emmett miró la etiqueta. —El pedido se quedó retenido en Dunmore. El proveedor lo metió en el siguiente envío. Debí comprobarlo antes de entrar gritando.

—No gritabas.

—Mi voz de interiores llega lejos.

Ella cruzó hasta él y puso una mano sobre el cartón. Los dedos de él se apartaron de los suyos, con un cuidado que hizo que el contacto entre sus meñiques se notara más que una caricia deliberada.

—¿Podemos abrirla? —preguntó.

Ella asintió. Dorian le pasó el cuchillo de embalar con el mango por delante.

Dentro había cajas de clavos para botas. Pequeños, grandes, brillantes, de los que habían dejado una mancha amarilla en el papel de seda. Debajo había otro formulario de pedido.

Tessa leyó la cantidad dos veces.

—Pensaba calzar la montaña.

—Hombre ambicioso —dijo Emmett—. Empezar por las faldas y subir.

Se inclinó sobre la caja, riendo y llorando con tanta rapidez que no había manera de separar una cosa de la otra. Emmett no se apresuró a convertir una en la otra. Se quitó la gorra mojada y esperó a su lado hasta que ella pudo enderezarse.

—Detrás de ti hay un paño —dijo—. Limpio. Antes de que me pongas esa cara.

Ella le puso esa cara de todos modos y tomó el paño.

—No has cambiado.

—Tengo treinta y cinco años. He cambiado en sitios caros. Sobre todo las rodillas.

—Tus rodillas nunca fueron buenas.

—Han sostenido varios bailes respetables.

—Contabas los pasos en voz alta.

—Tú los cambiabas.

Dorian, que había estado ordenando los formularios de pedido, hizo un ruido discreto. Tessa se volvió hacia él.

—¿Te acuerdas de eso?

—Hubo mucho contar.

—Ninguno de ustedes mencionó el baile cuando me invitaron a ayudar a reparar el suelo de ese albergue.

—Esa fue invitación de Emmett —dijo Dorian.

Emmett puso cara de inocente. —Sabía que traerías zapatos sensatos.

Ella los miró a uno y a otro y sintió el placer peligroso de ser recordada con exactitud. Conocían a la mujer que se había quedado hasta tarde para terminar un trabajo y luego había movido ella misma las mesas porque quería bailar. La habían visto antes de los meses de habitaciones de hospital, antes de que las llamadas telefónicas la acostumbraran a esperar malas noticias.

La campanilla sobre la puerta volvió a sacudirse.

Silas estaba bajo la campanilla, con una lámpara de trabajo apretada contra el pecho. El chubasquero le brillaba de agua. Le caían gotas del pelo oscuro y liso sobre la parte superior de las gafas.

—Puedo volver más tarde —dijo, mirando su cara húmeda.

—Puedes dejar eso antes de que electrocutes a alguien.

—Está desenchufada.

—Entonces has empezado bien.

Su sonrisa en respuesta fue pequeña e inmediata, como si ella hubiera abierto justo la puerta que él quería.

Dejó la lámpara junto a la bota y enrolló el cable reparado lejos de la aguja. La vieja luz del techo de su padre zumbó cuando él estiró el brazo más allá. Tessa llevaba un rato contando los agujeros de la costura de la bota sin darse cuenta de que lo hacía. El zumbido cesó cuando Silas accionó el interruptor de la pared.

—Ese portalámparas está flojo —dijo—. La lámpara de trabajo es segura. ¿Puedo?

Ella asintió. Él la enchufó, y una luz cálida se extendió sobre el cuero.

—Esta noche lloverá —dijo—. Hace más calor del que debería. La nieve sobre el molino ya está pesada.

La sonrisa de Emmett se desvaneció. —¿Cuánto de pesada?

—No he subido a mirar. Voy a revisar el medidor después de esto.

—Yo recorreré la toma de agua —dijo Dorian.

Hablaban sin sacarla de su círculo. Tessa percibió la diferencia con las conversaciones que la gente había mantenido alrededor de la cama de su padre, siempre un poco demasiado bajas, como si se la pudiera proteger dejándola fuera.

—¿Aquí se inunda? —preguntó.

—El terreno bajo, sí —dijo Dorian—. El taller se ha mantenido seco desde que estoy aquí. Es todo lo que puedo decirte.

Ella valoró ese límite más de lo que habría valorado un consuelo.

Emmett fue a mirar el camino desde la puerta. —Puedo posponer el viaje hasta que sepamos si la orilla aguanta. De todos modos tengo espacio para traer comida a la vuelta.

—¿Tienes un reparto? —preguntó ella.

—Nada que no pueda esperar una tarde.

Silas lo miró. Emmett negó con la cabeza, casi imperceptiblemente. Tessa archivó el intercambio.

Entre todos subieron el paquete a un estante y empezaron a abrir las bolsas de reparación que había bajo el mostrador. Había más de las que esperaba. Un zapato de niño con la correa suelta. Una bota de leñador a la que se le había desprendido limpiamente la suela. Un par de zapatos de domingo lustrados con tanto esmero que el tacón roto casi parecía indecente.

Los nombres estaban atados con cordel. Junto a ellos, su padre había escrito notas de pago.

—Tres frascos de ciruelas —leyó Tessa—. Media carga de pino partido. Arreglar pestillo de cocina.

—El pestillo lo arreglé yo —dijo Silas.

—¿Era tu zapato?

—No. La señora Armitage no podía hacer la reparación ella misma, así que la hice yo por ella.

Tessa miró la nota. Su padre había tachado la deuda con una línea pulcra.

—Tenía un sistema.

—Nell lleva la cuenta —dijo Emmett—. A él nunca le faltó nada. Salvo con la gente a la que quería perdonarle la deuda.

Tessa acercó el viejo libro de cuentas. Las páginas olían a polvo y al leve aceite dulce que él usaba en las manos. En la primera hoja en blanco hizo una lista nueva: trabajo sin terminar, dueño, materiales que aún hacían falta. No copió las deudas de trueque como dinero adeudado.

—No voy a mandar facturas por esto —dijo—. Pero si abro este lugar, un par de ciruelas no va a pagar la electricidad.

—Probablemente hagan falta cuatro —dijo Emmett.

Ella lo señaló con el lápiz. —Eres una mala influencia para mis precios.

Él se llevó una mano al corazón, y Silas apartó la mirada con una sonrisa que se convirtió en otra cosa al encontrarse con los ojos de Dorian.

Ahí estaba otra vez. Un intercambio que pasaba por encima de ella.

Tessa dejó el lápiz.

—¿Van a seguir haciendo eso?

Los hombres se detuvieron.

—Mirarse como si estuvieran decidiendo quién tiene que decirme que traje la llave equivocada.

—No estábamos decidiendo nada por ti —dijo Dorian.

—Entonces díganme qué es.

Emmett se quitó la gorra otra vez, aunque apenas se había secado lo bastante para volver a ponérsela. —Intentaba no invitarte a cenar antes de que hubieras tenido tiempo de deshacer el equipaje.

—¿Y eso requiere consulta?

—La requiere cuando los otros dos también quieren invitarte.

El taller pareció calentarse de golpe. Tessa apoyó la yema de un dedo en el lápiz para que no rodara.

—¿Juntos?

—Si te gustaría —dijo Silas—. Los cuatro.

Debería haber tenido una respuesta fácil. Una respuesta corriente, con una broma dentro y distancia suficiente para que todos fingieran que aquello no significaba más que viejos amigos compartiendo una comida. En cambio, miró a cada hombre por turno.

Ninguno la rescató de comprender.

—Tengo un formulario de tasación que leer —dijo.

—Léelo —respondió Dorian.

—Y una habitación que vaciar.

—Mañana sigue ahí.

Sintió el borde del banco contra las caderas. Podía irse. Le habían dado la habitación, el alquiler, las herramientas, la decisión. La invitación seguía siendo algo que podía aceptar porque lo deseaba.

—Cena, entonces. Aquí. Sé dónde están los platos.

Emmett exhaló, de forma visible. —Bien. Porque traje papas.

—Estabas muy seguro de ti mismo.

—Estaba seguro de las papas.

Afuera, tras la ventana, un trozo de corteza de sauce pelada se había enganchado en la reja del molino. El agua lo plegó, lo hundió y lo dejó volver a saltar hasta la mitad. Dorian lo notó un momento después que ella. Se puso los guantes y fue a revisar el arroyo.

Tessa guardó el formulario de tasación sin firmar bajo un cuenco limpio. Leería sus condiciones después del inventario. Nadie iba a venir a llevarse el banco de su padre antes de que ella supiera qué partes de su vida quería conservar.

Una habitación podía contener lo que había perdido sin convertirse en el lugar donde tenía que quedarse.

Descolgó su bufanda color óxido de la percha para colgarla más lejos de la estufa y luego acercó cuatro sillas desparejadas a la mesita. La última se enganchó en una tabla del suelo. Por un momento se quedó con ella inclinada hacia el espacio donde solía sentarse su padre.

Silas esperaba con un plato en las manos. Emmett había encontrado la sartén de las papas. El calor salía de la estufa y se oían las botas de Dorian en los escalones de fuera.

Dejó la cuarta silla en la mesa.

Suelo blando

Dorian

La estaca salió de la tierra cuando Dorian se apoyó en ella.

La había usado para marcar el borde de la pila de madera antes de la primera nevada. Ahora el extremo enterrado estaba negro y empapado, y la tierra se desmoronaba dentro del agujero con un leve sonido de succión. La puso más arriba, cuesta arriba, y empujó hasta que topó con algo más firme.

Al otro lado del arroyo, las ramas de sauce se habían apelmazado en la vieja toma de agua del molino. El agua golpeaba el nudo de ramas, trepaba y volvía sobre sí misma. En medio, una tira irregular de corteza blanca se alzaba y caía. Era la que Tessa había visto desde la ventana.

Apoyó la bota en una roca y la probó antes de acercarse más.

La toma de agua había llevado agua al molino cuando aquí había trabajo para más hombres de los que el valle podía alojar. Ahora la gran rueda estaba inmóvil tras unas tablas, y el canal lateral criaba alisos en su lecho. El cauce principal tenía sitio de sobra para un deshielo normal. Dorian no veía sitio para la lluvia que empezaba a oscurecerle el abrigo.

Partió una rama seca hasta darle un largo que pudiera manejar y la bajó desde la orilla. Estaba midiendo la profundidad, no la fuerza. Ningún palo en sus manos habría convencido a esa agua de detenerse.

Cuando la sacó, la madera pálida estaba mojada casi hasta su muñeca.

Emmett lo llamó desde el camino. —Dime que eso es una caña de pescar.

—La orilla está blanda. No bajes la camioneta hasta aquí.

El otro hombre solo llegó hasta la grava. Las botas ya se le veían negras en los bordes. —No pensaba hacerlo.

—Has planeado cosas peores.

—En mi juventud.

—La primavera pasada.

—Una temporada decepcionante, sí.

Dorian señaló la curva río abajo. —Está empujando hacia el patio de la madera. Si la toma se llena, se extenderá hacia el taller. ¿Puedes decirle al albergue que no deje nada en su sendero de abajo?

Emmett sacó la radio del abrigo. —¿Y la carga?

—Tu decisión.

—Es buen dinero.

—Lo sé.

Emmett miró el arroyo un rato. Luego llamó al despachador de Dunmore y dijo que no podía prometer que el camino de regreso siguiera transitable. Dorian escuchó una mitad de conversación que contenía menos bromas de lo habitual.

Cuando terminó, Emmett guardó la radio de un empujón.

—Otro se quedará con el viaje.

—Lo siento.

—No lo sientas. Voy a traer harina y mantas del almacén de arriba antes de que el camino empeore. Si todos vamos a comer papas, quiero tener pan del que quejarme.

Dorian asintió. Emmett se quedó junto a él un momento más, siguiendo el agua con los ojos.

—¿Crees que se quedará?

Ahí estaba. La pregunta que Dorian había conseguido no hacerse desde que Tessa entró con el agotamiento de su padre puesto en la postura de los hombros.

—Creo que está decidiendo.

—Puedes querer una respuesta.

—Quererla no la hace estar lista.

Emmett apartó con el pie una piedra del barro. —Eso ya lo sé. También sé que eres capaz de convertir la espera en una profesión.

Habría sido más fácil si Emmett hubiera sido un hombre al que Dorian pudiera detestar. En cambio, era un amigo que había conducido sobre hielo para traerle una cadena de repuesto para la sierra, que detenía la camioneta ante los ancianos antes de que llegaran a levantar la mano. Tenía todo el derecho de querer a Tessa. Silas también. El problema nunca había sido descubrir que querían a la misma mujer. Había sido decidir cómo podía ser una oferta honesta para ella.

—Aceptó cenar —dijo Dorian.

—Sí. —Emmett sonrió por fin—. Intenta alegrarte. La asustará menos que esa cara.

Subió por el camino, y Dorian se agachó hacia la primera eslinga de troncos.

Acababa de rodar los troncos más cercanos a un espacio despejado cuando apareció Tessa con sus botas de repuesto.

Llevaba el abrigo azul marino mal abotonado por abajo. Se había metido la bufanda color óxido bajo el cuello, y un mechón de pelo castaño rojizo se le había escapado de la trenza y se le pegaba a la mejilla.

—Estas tienen tu nombre —dijo.

—Iba a recogerlas mañana.

—Tienes el talón derecho casi agujereado.

Él miró las botas que llevaba puestas.

—Por cómo caminas —añadió ella—. No te estaba examinando los pies a través del suelo.

—No pensé que lo hicieras.

—Parecía que lo estabas considerando.

Tomó el par reparado. En el corte de la bota izquierda, la costura era de su padre, pequeña y plana y un poco más apretada sobre la curva. Dorian pasó el pulgar por ella sin querer.

Tessa lo observó.

—¿Quieres ponértelas ahora?

—Con esto, no.

—Fueron hechas para trabajar.

—Las otras también. Todavía les queda otra tarde mojada.

Ella se agachó junto a la caja vacía que él había traído para el equipo y metió las botas dentro, suela contra suela. Luego miró la pila que él apenas había empezado a mover.

—¿Dónde quieres esas?

—Por encima de la línea de piedras.

—¿Y dónde me quieres a mí?

Él se enderezó demasiado rápido. La pregunta había caído en un lugar inconveniente.

A Tessa se le curvó la boca. —Trabajando, Dorian. ¿Qué puedo levantar sin que me mires como si hubiera roto un tratado?

Él consideró los tablones cortos, el ángulo de la orilla, sus guantes de cuero. —Toma los extremos pequeños conmigo. Avísame antes de perder el agarre.

—Lo mismo digo.

—Sí.

Ella comprobó el suelo antes de moverse. A él le gustó eso. No porque la volviera obediente ni lo bastante cuidadosa como para satisfacerlo, sino porque respetaba esa parte de un trabajo a la que no le importa si una persona se siente valiente.

Levantaron un tablón juntos. La lluvia repiqueteaba sobre su cara superior. El extremo de Tessa se hundió al notar el peso y luego se niveló cuando ella se ajustó.

—¿Todo bien? —preguntó él.

—Sí. Camina.

Él caminó.

Hacia la cuarta carga, la respiración de ella sonaba más fuerte. Él dejó su extremo y se quitó los guantes para escurrirles el agua. Ella hizo lo mismo sin fingir que la pausa no había llegado en buen momento.

—¿Siempre tienes que mover tanta madera?

—Normalmente solo una vez.

Ella miró la pila cuesta arriba. —Empiezo a entender el atractivo de las oficinas.

—Tu oficina tiene una estufa de hierro.

—Mi oficina tenía un casero que arreglaba el techo cuando goteaba. Este parece haberme convertido a mí en la casera.

Él quiso preguntarle por la ciudad, por el trabajo que había dejado para venir, por si tenía una habitación con suficiente luz. Había recibido fragmentos en cartas a lo largo de los años: un taller compartido, clientes que discutían los precios, el hijo de una vecina que creía que ella reparaba herraduras de caballo. Él había respondido menos de lo que debía. Un hombre podía llamar cortesía a la reserva hasta que ya no se distinguía del descuido.

—¿Cuánto tiempo libre tienes? —preguntó.

—Una semana. Puedo trabajar a distancia con los pedidos más tiempo si hace falta. Mi socia está atendiendo las recogidas de pedidos.

—Qué amable de su parte.

—Dijo que prefería tenerme lejos a verme en el banco equivocado fingiendo que estaba bien.

Tessa se frotó con el pulgar una mancha de pegamento en el guante. —Pensé que ordenar este lugar lo haría más sencillo. Un edificio, un precio, una lista de cosas que conservar. Y entonces encuentro un frasco de sus botones inútiles y no puedo tirar ni uno porque quizá él lo necesitaba.

—Él no.

Ella levantó la vista de golpe. Dorian se arrepintió de las palabras antes de que ella pudiera responder.

—Lo sé —dijo—. Eso es lo que lo hace tan estúpido.

—No es estúpido. Quería decir que no tienes que terminar todo lo que él dejó.

—¿Incluida su vida?

El arroyo hizo un sonido duro y hueco contra las tablas de la toma. Esperó hasta que una rama giró y el ruido se asentó.

—Incluida su vida —dijo.

Ella se quitó del todo los guantes mojados. Tenía los dedos rojos, y la piel de un pulgar, agrietada por el trabajo del invierno. Él había visto esa grieta en el taller y se había contenido de tocarla. Ahora le dio el par seco que llevaba dentro del abrigo.

—Me quedan grandes —dijo ella.

—Dobla los puños.

—Eso suena a instrucciones.

—Útiles.

Ella los dobló, y él sintió el placer de que le aceptaran algo sin disculpas. Peligroso, cuánto podía ofrecer una cosa pequeña a un hombre que se había enseñado a pedir poco.

La eslinga resbaló en la carga siguiente. Él bajó el tronco enseguida y Tessa se apartó, como habían acordado. El barro había manchado la cuerda donde se había deslizado hacia el extremo estrecho.

—¿Fue mi nudo? —preguntó ella.

—El equilibrio estaba mal. Lo coloqué mal yo.

Cambió la posición de la eslinga y le mostró la diferencia. Ella escuchó y luego señaló el segundo apoyo.

—Ese se está hundiendo.

Era cierto. Lo reemplazó con una piedra plana antes de volver a levantar.

Terminaron los largos cortos cuando la lluvia se volvió un velo constante entre el molino y el camino. Dorian hizo una muesca en el poste del medidor, en el borde del patio, por encima de la línea actual del agua. Así tendría algo sólido con lo que compararla después. Tessa se agachó a su lado, viendo aparecer la madera limpia bajo su cuchillo.

—¿Cuánto debería preocuparme?

—Lo suficiente para mantener las cajas fuera del suelo. No lo suficiente para dejar de comer.

—¿Hay una escala para eso?

—Me la estoy inventando.

Ella sonrió, pero siguió mirando el poste. Él le dijo exactamente lo que había visto: la orilla blanda, la toma bloqueada, el agua rodeando el nudo de ramas en lugar de pasar a través. No podía decirle si cedería en una hora o crecería toda la noche.

—Silas sabrá más sobre el canal lateral —dijo—. Lo revisaremos.

—Entonces moveré primero los papeles.

Él asintió. Ella había tomado la información y había tomado una decisión. Le gustaba la limpia sensación de trabajar a su lado. Hacía más difícil mantener doblado y guardado lo que quería.

En el camino de vuelta, la bota le resbaló donde el serrín se había acumulado sobre el barro. Le agarró la manga antes de que él pudiera ofrecérsela. Su peso se apoyó contra el brazo de él durante un solo paso, cálido a través de las capas de lana mojada.

—Van dos cosas útiles que has hecho —dijo ella.

—Estoy llevando la cuenta.

—No lo hagas. Me volveré competitiva.

Él dejó que mantuviera la mano ahí hasta que el suelo se volvió firme.

En el taller colgaron los guantes mojados junto a la estufa. Dorian dejó las botas reparadas junto a su silla, arriba, y volvió a bajar para encontrar a Tessa sosteniendo el cuarto mantel individual sobre la mesa.

—Era suyo —dijo antes de que él preguntara.

—Lo sé.

—En realidad, todas las sillas eran suyas. Pero allí se sentaba él.

Dorian miró la mesita. Ella había puesto cuchillos y tenedores con los mangos derechos. Los platos no hacían juego: los favoritos de su padre y los dos feos que había conservado porque eran demasiado resistentes para romperse. No había manera de sentarse aquí sin sentarse en algo que le había pertenecido a él.

—Puedes mover la mesa —dijo.

Ella parpadeó.

—Si prefieres. Las sillas también. No tiene por qué seguir como estaba.

—Todos me dicen que me tome mi tiempo.

—Eso no significa que nada pueda moverse.

Él se había quedado en sitios porque irse parecía admitir que les había fallado. Trabajos, habitaciones, conversaciones en las que ya no quedaba nada que decir. Sabía qué virtud podía parecer la paciencia desde fuera. Sabía cuánta cobardía podía vivir cómodamente dentro de ella.

Quería ser deseado sin hacerla responsable de su espera.

Tessa dobló el mantel individual en cuartos. —¿Te quedaste arriba porque esperabas que yo volviera?

Podría haberle dado la respuesta fácil. Las reparaciones del techo habían sido reales. El alquiler era justo. Su cuadrilla trabajaba cerca. Todo cierto, y nada suficiente para la forma en que ella lo miraba.

—Me quedé porque me gustaba vivir aquí. Quería que el lugar estuviera cuidado. Esperaba que volvieras porque quería verte. Esas cosas no son lo mismo, aunque se hayan enredado.

Ella apretó el mantel doblado contra la cintura. —¿Qué pasa si vendo?

—Busco otra habitación.

—¿Y nosotros?

Él se quedó quieto.

A Tessa se le calentaron las mejillas, pero no apartó la mirada. —Lo que sea que pueda haber. No quise decir que ya lo hubiera.

—Quiero que lo haya.

La estufa crujió al calentarse el metal. Él esperó a que pasara el sonido, resistiendo la vieja costumbre de ofrecerle una salida antes de que hubiera llegado a una puerta.

—¿Emmett y Silas lo saben? —preguntó ella.

—Sí.

—¿Y a ti te parece bien lo que ellos quieren?

—Me parece bien que te deseen. Lo que hagamos al respecto depende de ti y de lo que podamos darnos unos a otros con honestidad.

Ella respiró hondo, lento e inseguro. —No sé cómo hacer eso. Sé ser la novia de alguien. De una sola persona. Normalmente bastante mal, hacia el final.

—Yo tampoco he hecho esto.

—Pareces tan seguro.

—Estoy seguro de que quiero intentarlo. Esa es la parte de la que puedo responder.

Ella dejó el mantel. —¿Y si quiero besarte antes de haberlo resuelto todo?

Se le habían puesto calientes las manos. Las mantuvo a los costados.

—Entonces preguntaría si puedo besarte yo también.

Ella vino hacia él a través del estrecho espacio entre el mostrador y la mesa. Su palma se posó contra el pecho de él, ligera al principio, luego lo bastante plana para que él sintiera su forma a través del suéter.

—Puedes —dijo.

Él inclinó la cabeza. Ella se alzó de puntillas, impaciente con el último centímetro, y su boca encontró la de él antes de que hubiera terminado de ser cuidadoso.

Por un momento no hubo nada tranquilo en él. Le puso una mano en la cintura y sintió su respuesta en la manera en que ella se acercaba. Su otra mano se deslizó en el pelo húmedo de él. Ella hizo un sonidito cuando él volvió a besarla, y tuvo que recordarse que querer más no significaba tomar el espacio que ella no había ofrecido.

Se apartó lo justo para verla.

Tessa sonreía. No con cortesía. Con el pulgar le rozó la barba, probando su textura como si pensara recordarla.

—¿Eso fue una cosa útil? —preguntó.

—Puede que haya perdido la cuenta.

Su risa le calentó la mejilla.

Se quedaron cerca hasta que ella apoyó la frente contra su pecho. Él dejó que el momento se asentara sin pedirle que se convirtiera en una promesa. Afuera, la ventana se estremeció bajo una ráfaga de lluvia más fuerte.

Emmett gritó desde el porche que traía comida y que no estaba dispuesto a ahogarse con ella. Tessa dio un paso atrás, todavía sonriendo, y abrió la puerta.

Silas venía detrás de él con una libreta mojada. —El agua ha subido otra marca —dijo—. El sendero de abajo se está ablandando.

Dorian miró más allá de ellos, hacia el patio. La muesca que había cortado era una mota pálida sobre el agua gris. Más baja que antes. Sentía a Tessa a su lado, el calor de su hombro, la vida que aún no había decidido traer aquí.

Había cosas que podía hacer antes de pedirle algo más.

Dorian volvió a salir con los guantes mojados y empezó a mover la madera más arriba.

Espera… El arroyo está creciendo, el sendero de abajo se ablanda y Dorian sube la leña más arriba. Quedarse significa confiar en los tres hombres.

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Preguntas

Antes de que caigas rendida.

¿Qué relación sigue esta historia?

Reencuentro adulto «sin tener que elegir» entre cambiaformas lobo, con una protagonista, tres compañeros sentimentales y una relación elegida libremente.

¿Cómo se presenta la intimidad?

Intimidad a puerta cerrada.

¿Esta historia concluye su propio arco?

Un final completo y feliz por ahora para este grupo original de adultos.

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