Saltar al contenido
Antes de que llegue la nieve — romance contemporáneo gratisGratis · Exclusiva

romance contemporáneo gratis

Antes de que llegue la nieve

Ella quiere llevar libros a quienes los necesitan. Él está a punto de vender la camioneta y marcharse de Aspen.

Romance adulto M/F de pueblo pequeño, con libros, trabajo comunitario y dos futuros que conciliar.

Tensión sensual, besos e intimidad sugerida; sin descripciones sexuales gráficas.

  • Romance de pueblo pequeño
  • Nuevos comienzos en la adultez
  • Él se fija en los detalles
  • Comunidad
  • Romance entre voluntarios
  • Elegir quedarse

Unos 94 min de lectura · 21.543 palabras

Cuando la sala de lectura de los Bell cierra por decisión de sus dueños, Clara Duarte imagina un sábado de libros por el valle. Tomás Reed acepta ayudarla con límites claros: tiene cuentas, un taller y una propuesta en Denver. Entre mapas, café y un beso en la montaña, los dos deben descubrir si quedarse puede ser una elección libre.

Libros de Alisson Bento

Apenas uma Cama em Aspen

Comprar en Amazon

Edición Kindle · gratis con Kindle Unlimited donde esté disponible.

Empezar a leer gratis O desbloquea la novela entera ahora
Compartir historia

Compartir historia

La llave que no servía

Clara

La llave que Ruth le había entregado a Clara abría todo, según la nota atada al llavero. Todo menos la puerta.

Clara probó la cerradura por tercera vez, con la bolsa de panecillos resbalándole por el brazo. El escaparate apagado le devolvía su imagen entre dos montañas reflejadas: abrigo color vino, pelo recogido a toda prisa, una mujer adulta intentando allanar una sala de lectura con seis panecillos de canela. Cuando levantó la bolsa para que no tocara el suelo, el aviso apareció detrás de ella, pegado al cristal por dentro.

CIERRE DE ACTIVIDADES. RETIRADA DE LOS LIBROS HASTA EL SÁBADO.

Volvió a leer el papel. Conocía aquella sala desde hacía cuatro años. Era donde pasaba entre el turno de reservas del hotel y el apartamento, donde a veces hablaba portugués por teléfono sin disputarle el silencio a la lavadora del edificio. Ruth le había presentado a la mitad de las personas a las que ahora Clara saludaba por la calle. No podía terminar así, con una hoja torcida y una llave equivocada.

—Hay que levantarla un poquito —dijo una voz a su espalda.

Un hombre sostenía una caja de herramientas contra la cadera. La chaqueta de lona estaba abierta y dejaba ver una camiseta gris, y llevaba un lápiz detrás de la oreja. Clara levantó la llave.

—¿Esto?

—La puerta. La llave no suele necesitar aliento moral.

Ella le dejó espacio. Él puso la caja en el escalón, metió la mano bajo el picaporte y alzó la hoja de madera antes de girar el metal. La cerradura cedió con un ruido corto. Clara miró el aviso otra vez y no entró.

—¿Vienes a desmontar?

El hombre siguió la dirección de sus ojos.

—Vengo a quitar una estantería que hice para los Bell. Puedo empezar por la de las novelas malas, si eso ayuda.

—¿Quién va a decidir cuáles son?

—Ahí está la parte difícil del presupuesto.

Clara casi sonrió. Casi era lo único que lograba aquella mañana. Dentro de la sala, el polvo bailaba en una franja de sol sobre la alfombra. El reloj de pared se había parado a las ocho y diez, como ocurría siempre que Elias olvidaba la pila. Nada parecía listo para terminar. La manta verde seguía en el sofá; el carrito de devolver libros tenía un volumen de tapa roja con el marcador a medias.

Dejó los panecillos sobre la mesa larga y buscó a Ruth en el pequeño despacho. Solo encontró dos tazas lavadas y una caja con la palabra COCINA escrita en letras grandes. Oyó pasos en la acera, después la risa de Elias.

—Ha descubierto nuestra jubilación —dijo él, entrando con su mujer.

Ruth no parecía culpable. Llevaba un pañuelo amarillo en la cabeza y un catálogo de viajes doblado dentro del bolso. Abrazó a Clara con cuidado, por los panecillos aplastados que amenazaban con salirse de la bolsa.

—Iba a contártelo hoy.

—¿Después de poner el aviso?

—Antes de que intentaras organizar una campaña contra el paso del tiempo.

El hombre de la caja de herramientas soltó una tosecita. Clara lo miró de reojo. Examinaba el encaje de una estantería con un interés exagerado.

—Tomás —lo presentó Ruth—. Arregla nuestros libros desde que Elias decidió que la cinta de embalar era una técnica de conservación.

—Era transparente —se defendió Elias—. Me pareció cortés.

Tomás tendió la mano. Clara se la estrechó, todavía vestida de una indignación que no era contra él. La palma era cálida y áspera en la punta de los dedos. Había una mancha de tinta azul junto al pulgar. Él notó que ella la miraba, pero no la explicó.

Ruth acercó una silla y golpeó otra, llamando a Clara. Elias abrió la bolsa, decidió que la conversación exigía comida y repartió panecillos en servilletas. Tomás permaneció junto a la estantería, tratando claramente de no participar en una despedida ajena.

El alquiler terminaba a fin de mes. Los Bell no lo renovarían. Ruth quería visitar a su hermana, cruzar el país en tren, quedarse en un lugar sin preocuparse por el grifo del baño comunitario. Elias quería aprender a fotografiar pájaros sin que nadie le pidiera instalar una impresora. Habían ahorrado dinero y elegido el viaje. Los libros, comprados o recibidos a lo largo de diecisiete años, serían donados. Una parte ya tenía destino; otros aún necesitaban casa.

Clara alisó la servilleta, que se volvió transparente donde la tocaba la mantequilla.

—Podrían haber pedido ayuda.

—Podríamos —concedió Ruth—. No queremos mantener la sala, querida.

La respuesta la hizo bajar la vista. Clara había llegado lista para combatir una injusticia. Era más difícil encontrar dónde poner las manos ante un deseo legítimo.

—Lo sé. Es que pensé…

—¿Que íbamos a quedarnos aquí para siempre? —preguntó Elias sin malicia—. Yo también lo pensé, cuando vi la factura de la pintura. Pero la vida sorprende.

Tomás dejó la cinta métrica sobre la estantería y pidió permiso para salir un momento. La puerta se cerró tras él. Ruth esperó a que el ruido se perdiera antes de tocar la mano de Clara.

—Nadie te está dejando atrás.

Eso sí era injusto: que la vieran con tanta facilidad a las nueve de la mañana, cuando ni siquiera se había tomado bien el café. Clara partió el pan y encontró en la miga el olor fuerte de la canela. Su madre, en Brasil, llamaba a aquella sala su sala prestada. Clara nunca la corrigió. Podía hablar de las habitaciones que reservaba, de las tarifas que explicaba, de los clientes que no escuchaban lo que acababa de decirles. Allí alguien le preguntaba qué estaba leyendo y esperaba la respuesta entera.

—¿Y quién se va a quedar con los libros que no tienen destino?

Ruth le empujó una lista. Había seis cajas separadas para circulación comunitaria, si aparecía un proyecto responsable. Si no, irían a una organización de donaciones del valle. Nadie tiraría nada. Clara recorrió los títulos, reconociendo portadas que cabían en la memoria de sus manos.

—Quizá no necesiten una sola casa —dijo.

Elias alzó la cabeza, masticando.

—¿Los libros?

—Quizá puedan ir hasta las personas. Una mesa en el mercado, una caja en una sala de espera, una mañana en el centro. Veo gente en la parada del autobús que necesita cruzar la ciudad para todo. Si hiciéramos una prueba, solo un sábado…

Ruth cruzó una mirada con su marido. No era la mirada de quien ha recibido un milagro, y Clara sintió el primer freno en su propia alegría.

—Es una idea preciosa —dijo Ruth—. ¿Quiénes somos «nosotros»?

Clara abrió la boca y la cerró. Tenía un turno por la tarde, dos cuentas esperando pago y una clase en línea interrumpida desde hacía meses. No tenía un equipo. Le gustaba usar la palabra cuando un deseo todavía no sabía andar solo.

—Puedo preguntar —respondió, más bajo—. Hacer un sondeo. Sin prometer nada.

—Eso sí puedes.

Cuando Tomás regresó, traía dos cafés en un portavasos de cartón. Dejó uno junto a Clara y el otro en la mesa de herramientas. Ella iba a decir que no hacía falta, pero él señaló a Ruth.

—Fue ella quien me mandó. Antes de que me asocies con un plan de retención de clientes.

Clara quitó la tapa. El vapor le humedeció la cara. La pequeña amabilidad estuvo a punto de desarmarla más que la conversación.

—¿Tienes una camioneta? —preguntó, recordando el vehículo blanco estacionado al otro lado de la calle.

—Sí.

—¿Caben seis cajas?

Él miró a Elias, que levantó las dos manos, inocente.

—Según las cajas, cabe un piano. Eso no significa que deba.

Clara le contó la idea. Tomás la escuchó hasta el final sin reírse y sin decir esa frase fácil, cuenta conmigo, que costaba poco a quien la decía y mucho a quien la creía. Hizo preguntas sobre el peso, los lugares, quién recibiría los libros, quién los recogería después. Ella se dio cuenta de que había pensado en la alegría de abrir cajas y no en la tarea de cerrarlas.

—Yo podría pagar la gasolina —dijo.

—¿Y quién paga el día de trabajo?

La pregunta dio en un lugar sensible. Clara apoyó el vaso, manteniendo la voz neutra.

—No estaba intentando aprovecharme.

—Lo sé. Pregunto porque nadie se aprovecha de mí mejor que yo mismo cuando digo que sí demasiado deprisa.

Tomó la cinta métrica y comprobó el ancho de la repisa. No parecía esperar una disculpa. Clara observó el lápiz, ahora entre los dientes de él, mientras anotaba una medida. Había algo agradable en su manera de concentrarse, una calma que no necesitaba la inmovilidad de los demás.

—¿Trabajas con repartos?

—También. La encuadernación paga los meses buenos. Los repartos ayudan en los otros.

—Entonces empecemos por el precio.

Tomás se sacó el lápiz de la boca y la miró de verdad por primera vez desde que ella había hablado de la camioneta.

—Podemos empezar por lo que necesitas. Después calculamos si existe un precio que quepa.

Se agacharon junto a las cajas mientras los Bell discutían qué tetera se llevarían de viaje. Clara encontró un cuaderno de historias escritas por antiguos visitantes, pero Ruth lo apartó: aquello era un recuerdo personal, no fondo para circular. Un libro de recetas tenía las páginas sueltas; Tomás explicó que podía repararse. Un atlas antiguo serviría como objeto de conversación, jamás como fuente de rutas actuales. Clara hizo tres pilas y empezó una lista en su propio cuaderno azul.

El trabajo le dio al susto un borde manejable. Ya no tenía que decidir si soportaba perder la sala. Tenía que saber cuántas cajas había y qué contenían. Cuando levantó la cabeza, Tomás sostenía un volumen abierto sin forzar el lomo. El cuidado era tan exacto que ella se quedó mirándolo un segundo de más.

—No va a morder —dijo él.

—Estaba mirando la costura.

—Yo también usaría esa excusa.

El calor le subió a la cara a Clara. Esta vez sonrió. Él no se abalanzó sobre el instante: solo bajó los ojos al libro y le mostró el hilo expuesto. La explicación siguiente fue perfectamente seria. A ella le gustó todavía más por eso.

A las once tuvo que irse a almorzar antes del turno. Ruth le dio la llave correcta y le pidió que pusiera la otra en el llavero viejo. Clara preguntó por qué, si la cerradura no servía. Elias respondió que abría el armario de los materiales y que, por favor, nadie tirara su organización antes de que él terminara de viajar. La nota lo decía todo porque él había escrito esa palabra cuando todavía solo había una puerta.

En la calle, la montaña parecía demasiado tranquila. Las hojas amarillas se acumulaban al borde de la acera y un camión pasaba despacio, levantando un polvo fino. Tomás salió detrás de ella con la caja de herramientas.

—Mañana por la mañana tengo tiempo para mirar las cajas contigo. En el taller. Sin compromiso de transporte.

Clara anotó la dirección.

—Mañana entro en el hotel al mediodía. Puedo llegar a las ocho.

—Ocho y cuarto. Tengo que ir a buscar pan.

Ella miró la bolsa vacía que aún llevaba doblada en la mano.

—Empiezo a percibir un sistema de cobro.

—Todavía no te he hablado del café.

Él cruzó la calle después de esperar a un ciclista, levantó la puerta lateral de la camioneta y guardó las herramientas. En el cristal trasero había una hoja con un teléfono y dos palabras grandes. SE VENDE. Clara no las había visto antes. Se quedó quieta, con la dirección recién escrita en el cuaderno. La idea de depender de un vehículo a punto de desaparecer merecía una pregunta, pero Tomás ya estaba al volante, y ella tenía hora de llegada.

En el trabajo, las llamadas vinieron en oleadas. Pedían fechas, confirmaban nombres, preguntaban si el invierno sería riguroso, como si Clara tuviera acceso a una negociación privada con el cielo. Ella respondía solo lo que sabía y ofrecía la información disponible. Los planes de los huéspedes les pertenecían a ellos. No usaría el hotel como red de voluntarios ni confundiría la disponibilidad de habitaciones con la de un salón para libros. Aun así, mientras tecleaba una confirmación, vio las seis cajas alineadas en el pensamiento.

En el descanso, le escribió a Nora, del centro comunitario, desde su teléfono personal. Preguntó por las normas para una prueba de circulación de libros. Nora respondió con un horario para hablar, sin prometer espacio. Clara guardó el mensaje y no hizo ningún anuncio. Era un progreso menudo: no convertir una respuesta posible en una certeza para contársela a los demás.

Cuando salió, el aire se había enfriado. Compró sopa por el camino y llevó el envase hasta el apartamento, cuya ventana de cocina daba a un muro con una enredadera casi sin hojas. Dejó la llave nueva junto al frutero y llamó a su madre. Helena contestó ya en camisón, se quejó de la hora y después habló durante veinte minutos.

Clara le contó lo de los Bell sin mencionar que casi había llorado por una sala alquilada. Su madre le preguntó si había comido. Cuando le enseñó la sopa por la cámara, recibió un dictamen favorable y la advertencia de no vivir solo de comida que viene en tarros. Por fin, Helena inclinó la cara cerca de la pantalla.

—¿Quieres salvar el lugar o seguir encontrándote con las personas?

Clara removió la cuchara en el caldo.

—No sé si es una elección.

—A veces lo es. Y puedes echarlo de menos antes de resolver nada.

Después de la llamada, Clara abrió la lista otra vez. Escribió cosas menos encantadoras que biblioteca móvil: autorización, lluvia, devolución, dinero, trabajo. Añadió una pregunta sobre la venta de la camioneta. No le gustó ver el nombre de Tomás solo, arriba de la página, y se explicó a sí misma que era porque necesitaba un apellido para organizar los contactos.

Recibió un mensaje de él pasadas las nueve. Ruth había dado su número con permiso, aclaraba el texto. El taller tenía un escalón alto en la entrada; si las cajas pesaban, ella no debía levantarlas sola. Las traería con Elias antes de que llegara. Debajo venía una fotografía de un libro con un lazo improvisado, seguida de otro mensaje: Este pidió cirugía. No prometí belleza.

Clara amplió la imagen. No conocía aquel libro. Era una tapa azul oscuro con un árbol grabado. El hilo asomaba cerca del lomo como una costilla delicada. Respondió que la belleza podía esperar, siempre que el paciente recibiera el alta. Borró un segundo comentario que le pareció demasiado íntimo y dejó el teléfono sobre la mesa.

El apartamento quedó en silencio. Tenía un camino sencillo por delante: dormir, ir al taller, entender si la idea podía existir. Ninguna sala necesitaba ser salvada aquella noche. Lavó el cuenco, separó la ropa para la mañana y volvió una vez al teléfono, solo para comprobar que la dirección estuviera completa.

Tomás había mandado el apellido en la última línea. Reed. Clara lo copió con letra cuidada, cerró el cuaderno y dejó la llave donde la encontraría al salir. Por primera vez desde el aviso, pensó en el sábado sin imaginar una puerta que se cerraba.

El peso del papel

Tomas

Tomás puso la última caja en la báscula y descubrió que Elias había escondido en ella un diccionario capaz de sostener una mesa. La aguja avanzó, dudó y se acomodó. Él anotó el peso en la cinta pegada a la tapa. Al otro lado del taller, Clara apartaba una silla que obstruía la puerta.

Era el tercer objeto que quitaba del camino desde que había llegado.

Él se había fijado primero en las botas castañas, todavía manchadas de polvo, después en el pelo suelto que ella se había recogido al encontrar el banco ocupado. Ahora se fijaba en su costumbre de construir una salida antes de sentarse. No necesitaba convertir el descubrimiento en una pregunta. Empujó el carro de herramientas contra la pared y dejó el paso libre.

—¿Siempre pesas las palabras? —preguntó ella, mirando la báscula.

—Solo las que alguien mete en una caja con el fondo mojado.

Clara inspeccionó el embalaje con tanta rapidez que él tuvo que aclarar la broma. Ella entrecerró los ojos, reconociendo el golpe, y se arrodilló para anotar las cifras. El cuaderno azul descansaba sobre su rodilla. Tomás le ofreció un portapapeles. Ella la aceptó sin protestar, algo que él consideró una mejoría respecto a la víspera, cuando cada favor parecía llegar acompañado de un cobro invisible.

El taller ocupaba la parte trasera de un pequeño inmueble alquilado. Delante, una tienda de marcos recibía encargos; al fondo, Tomás arreglaba lo que podía y rechazaba lo que exigía otra especialidad. No trabajaba con piezas históricas de valor, y lo dejaba claro antes de tocar el cuero de una familia muy rica. Prefería los libros cuyos dueños sabían qué página querían poder abrir otra vez.

Había un bote de engrudo de almidón, hojas de guarda colgadas para secarse y una prensa pesada heredada de otro encuadernador. Clara pasó la mano por el aire sin tocar el papel marmolado.

—Parece agua vista desde arriba.

—Ese salió bien por accidente. Los planeados parecen una papilla triste.

—Deberías vender el accidente.

—Lo intento. Mis clientes prefieren accidentes que combinen con el sofá.

Ella rio con la boca cerrada, ocupada con un trozo de pan. La alegría le cambiaba el rostro sin pedir permiso. Tomás desvió la atención hacia las tapas de las cajas. Era pronto para interesarse por alguien que acababa de entrar en su vida cargando un proyecto y un cuaderno de preguntas. Además, tenía una propuesta de Denver en su bandeja de entrada. No exactamente una huida, aunque ciertas mañanas hacían que la palabra pareciera cómoda.

Le mostró a Clara el suelo antideslizante de la camioneta, los puntos de anclaje y la diferencia entre transportar cajas y transportar personas. La prueba tendría conductor, ayudantes en los lugares y ningún niño viajando en el compartimento de carga. Ella lo anotó todo. Él explicó que el seguro y los permisos tendrían que cubrir el uso combinado; no bastaba suponer que la buena intención servía de documento.

—Nora dice que quiere ver una descripción —contó Clara—. Voy a hablar con ella a las diez.

—Mejor alguien que pide descripción que alguien que lo aprueba todo y desaparece el sábado.

—¿Ya habías hecho esto antes?

—Cargué sillas para una boda en una finca sin portón ancho. La pareja discutió menos que los proveedores.

Clara probó el asa de una caja. Tomás sostuvo el otro extremo antes de que ella la levantara.

—Esta va entre dos.

—Yo puedo.

—La tapa no.

Ella se inclinó, examinó el doblez debilitado y soltó el asa. No pidió disculpas por haber entendido mal. A él le gustó eso. Los dos rodearon la caja con una cinta y la llevaron hasta el carro. Clara acompañó el desplazamiento buscando esquinas, puertas, espacio para girar. No trataba la organización como una forma de controlar a las personas. La trataba como algo capaz de evitar un accidente. La distinción le importaba a Tomás más de lo que había imaginado.

En la pequeña mesa de cuentas hicieron un primer presupuesto. Seis cajas, tres paradas, una prueba el sábado. Cuatrocientos ochenta dólares ya recibidos por los Bell de donantes que habían autorizado su uso en el proyecto. Era dinero real, en una cuenta separada de los gastos personales del matrimonio. Ruth registraría la transferencia cuando definieran quién administraría la prueba. Hasta entonces, no habría compras a cuenta de una esperanza.

Tomás pidió ver también el acuerdo de donación de los libros. Ruth lo había enviado en una fotografía legible: autorizaba la circulación, el intercambio y el traslado de los ejemplares, respetando las condiciones acordadas. Clara puso la copia en una carpeta distinta de la del cuaderno de ideas. Él notó que ella empezaba a separar el entusiasmo de la evidencia sin perder el primero. La tarea no la volvía menos interesada; le daba mejores preguntas al interés. Cuando Clara encontró un título anotado dos veces, abrieron las cajas para comprobarlo. Eran ejemplares distintos. Ella numeró ambos y mantuvo la descripción completa, rechazando la facilidad de convertir dos objetos en una línea ambigua.

El precio de Tomás incluía tiempo, combustible y la revisión de los puntos de carga. Él dividió las cifras con el lápiz, sin redondear a la baja solo porque la mujer que tenía delante tuviera ojos interesados en cada detalle del taller. Clara apretó los labios al llegar al total.

—Eso deja poco para las mesas y el material.

—Podemos llevar menos peso. O hacer menos horas. Quizá usar mesas que ya tengan en los lugares.

—¿No se puede restar tu tiempo y llamarlo colaboración?

Tomás apoyó el lápiz.

Ella lo percibió antes de que él respondiera.

—Oí lo que dije. Perdona. Es mi vieja voz de trabajo asomando, intentando conseguir una cosa más por el mismo valor.

—Puedes pedir un descuento. Yo puedo decir que no. No tiene por qué volverse una cuestión de carácter.

Clara golpeó el papel con la punta del bolígrafo. Después lo miró y pidió, simple, un descuento definido para un solo día, con la posibilidad de que él lo rechazara. Esa franqueza fue mejor que cualquier elogio a la generosidad. Tomás calculó un valor de prueba y tachó el anterior, dejándolo legible, para no confundir el precio normal con la excepción.

—Puedo donar el diagnóstico de las reparaciones —añadió—. No las horas de transporte. Así yo sé lo que ofrecí y tú también.

Ella pasó en limpio la propuesta. La letra era más pequeña cuando se ocupaba de números, como si quisiera que las cuentas ocuparan menos espacio que los sueños. Tomás tomó una hoja suelta y dibujó la distribución de las cajas. En la esquina inferior, Clara escribió PILOTO. Lo subrayó una vez.

El teléfono de ella vibró. Nora podía adelantar la conversación, pero solo por llamada. Clara pidió un lugar tranquilo. Él le ofreció la silla junto a la ventana y salió a retirar un paquete en la tienda de marcos. No necesitaba oír la llamada para seguir interesado en el resultado.

Delante, la dueña de la tienda, Mabel, cerraba un marco negro. Preguntó si la visita había elegido el papel azul. Tomás dijo que no era clienta. Mabel levantó los ojos por encima de los lentes.

—Peor todavía. Con un cliente sabes cuánto cuesta.

Él recogió el paquete, no respondió y oyó cómo la risa de ella lo acompañaba por el pasillo. Hacía años que conocía el placer y la irritación de vivir en un lugar donde la gente se daba cuenta de que alguien había retirado una silla antes incluso de que nadie se sentara.

Clara terminó la llamada cuando él volvió. No parecía derrotada, pero había redibujado tres veces una flecha en el cuaderno.

—El centro tiene actividades ya programadas. Podemos intentar el patio lateral por la mañana. Necesita autorización de la administración, plan de lluvia, seguro, acceso libre. Nora no puede decidir sola.

—Parece razonable.

—Lo parece. También parece que empecé por la parte que cabía en una frase bonita.

Él le tendió una taza lavada para el café que aún quedaba en el termo. Clara la aceptó y miró el rectángulo vacío en la pared, donde antes había una fotografía de su madre. Tomás se la había llevado a casa la semana anterior, por miedo a que el cristal se rompiera en el trasiego de las cajas.

—¿Estás vaciando el lugar? —preguntó ella.

Él podría haber fingido no entender. La hoja en la camioneta estaba a la vista y la propuesta ya tenía plazo. No había motivo para hacer del futuro una sorpresa malvada.

—Estudiando una mudanza. Tengo una oferta de trabajo en Denver. Una parte sería reparar el fondo de una red privada, otra parte subcontratar encargos. Tendría que vender algunas cosas para empezar.

—La camioneta.

—Quizá. Todavía no he aceptado.

Clara sostuvo la taza con las dos manos.

—Entonces no debería contar con ella después del sábado.

Él sintió el alivio incómodo de que no le pidieran justificar su propia vida.

—Es mejor planear la prueba como una prueba.

—Bien.

La palabra no trajo entusiasmo, pero tampoco castigo. Clara anotó una línea más y pasó la página. Tomás se quedó deseando que ella le hubiera preguntado por qué se iría. No le gustó darse cuenta de cuánto quería responder.

El libro azul oscuro permanecía sobre el banco, protegido entre dos placas. Ella reconoció al paciente de la fotografía y pidió verlo. Tomás le enseñó el árbol de la tapa y el cuadernillo de hojas que se había soltado. Era de una vecina que le había encargado la reparación del libro de poemas de su marido. Había anotaciones en los márgenes, fechas, tachaduras y una receta de pan encajada entre las páginas. El papel nuevo tenía que sostener a los viejos sin fingir que siempre había estado allí.

—¿Vas a cubrir la parte rota? —preguntó Clara.

—Voy a protegerla. Si intento dejarlo todo igual, puedo dañar lo que aún está bien.

Ella inclinó la cabeza, observando la unión. Él le dio una hoja sin valor para que probara el pincel. El gesto de ella era demasiado contenido; sobraba cola en un borde y faltaba en el otro. Tomás se lo explicó una vez, se lo mostró en su propio papel y se apartó para que lo intentara de nuevo. En el segundo intento, Clara relajó la muñeca. La línea salió mejor.

—Yo hacía cuadernos de adolescente —dijo ella—. Nada de esto. Papel doblado, grapa torcida. Inventaba una revista y le cobraba a mi madre por leerla.

—Emprendedora desde temprano.

—Ella pagaba en fruta cortada. Fue mi primer problema de flujo de caja.

Tomás rio. Clara alzó el pincel en una pequeña victoria, y una gota cayó sobre la mesa. Ella la limpió de inmediato con el paño que él había señalado. Tenía la costumbre de ocuparse del desorden antes de preguntar si podía existir dentro de él.

Él quiso tocar la muñeca que descansaba junto al papel. En cambio, le entregó otra hoja. Era más seguro en aquel momento, y también más íntimo, de un modo que no sabría explicar sin estropearlo.

Hacia las once, Ruth apareció con el registro de las donaciones. Traía cada valor anotado y el consentimiento de los donantes para el destino comunitario. Dos preferían que el dinero se quedara con la organización de donaciones ya conocida si la prueba no se hacía. Clara marcó esos nombres por separado. Nada de eso convertía el proyecto en una institución terminada. Sería un evento pequeño de circulación e intercambio, con responsables identificados. Ruth seguiría guardando los recursos hasta que se acordara la forma de usarlos.

—Quiero saber si les ha gustado algo además de las cuentas —dijo la mujer.

Clara mostró la hoja pintada. Ruth la examinó con solemnidad y preguntó si aquello se llamaba arte abstracto o economía de cola. Tomás informó de que el taller todavía lo estaba investigando. La risa de los tres ocupó la habitación de un modo nuevo.

A la hora de irse, Clara se puso el abrigo y buscó la llave en el bolsillo equivocado. Encontró una goma elástica, un recibo y un sobre de té. Tomás esperó sin ofrecer una solución a lo que no era un problema. Cuando la llave apareció en el otro bolsillo, ella le dirigió una mirada rápida, casi agradecida de que él no hubiera convertido la búsqueda en un espectáculo.

—Mañana es la feria de productores —dijo Clara—. Puedo hablar con quien la organiza, saber si aceptan una mesa para divulgar la prueba. Sin recaudar nada antes de explicar el destino.

—Llevo la muestra de encuadernación. Algunos libros donados todavía necesitan tapa.

—¿No estás ocupado?

Él tenía encargos, pero podía hacerlos por la tarde. No quería fingir una concesión heroica.

—Por la mañana, no. Voy por mi cuenta. Eso no entra en tu hoja de cálculo.

Ella lo pensó un instante antes de asentir. Era extraño ver a alguien aprendiendo a recibir bien delante de uno. Exigía que él también ofreciera con cuidado.

Cuando Clara se fue, el taller pareció demasiado silencioso. Tomás reorganizó las seis cajas, sacó el diccionario pesado de la que tenía el fondo más débil y cambió la etiqueta con el peso corregido. Le mandó la fotografía a ella, para mantener el inventario igual en los dos cuadernos. La respuesta llegó con un agradecimiento y la imagen de la hoja pintada, ahora prensada entre páginas para secarse.

El teléfono sonó enseguida. Era el posible comprador de la camioneta, un hombre de una ciudad vecina que quería verla el fin de semana. Tomás abrió la agenda. Estaba la propuesta de Denver, la feria, la prueba. Ninguna decisión estaba cerrada. Sugirió que fijaran la visita para la semana siguiente, aclarando que no reservaría el vehículo sin un compromiso concreto de venta.

—¿Has cambiado de idea? —preguntó el hombre.

—Estoy terminando un trabajo.

No era mentira. Tampoco era la respuesta entera.

A la hora del almuerzo, llevó el sándwich hasta el escalón de la entrada. El sol llegaba a la acera en un ángulo oblicuo. Pasó un autobús con pocos pasajeros; una señora cruzó despacio, y un adolescente detuvo la bicicleta para ayudarla con un paquete. Aspen tenía todos los precios capaces de expulsar a un hombre y, aun así, pequeños acontecimientos que parecían llamarlo por su nombre.

La propuesta de Denver ofrecía previsibilidad, no riqueza. Tomás tenía que dejar de tratarla como si fuera la única puerta existente solo porque venía en un documento con logotipo. Podía hacer preguntas, pedir condiciones, negociar. Había confundido el cansancio de administrarlo todo solo con la certeza de que ya no quería nada más allí. Clara, con sus cuentas incompletas, había tenido el valor de preguntar cuánto costaba un sueño. Quizá él debería hacer lo mismo con su propia mudanza.

Volvió al taller y le escribió al contacto de Denver. Preguntó por el calendario, la posibilidad de servicio por lotes y la entrega mensual, sin aceptar ni rechazar. No se lo contó a nadie antes de recibir respuesta. Después preparó los materiales de la feria y escogió una hoja de guarda que recordaba un río corriendo entre piedras oscuras.

Al guardarla, encontró un pequeño trazo azul en el banco, dejado por el pincel de Clara. Pasó el paño una vez y la mancha permaneció. Mañana usaría el producto adecuado. Ese día no le molestó verla mientras trabajaba.

Espera… Después de aceptar una única prueba con la camioneta que piensa vender, Tomás le ofrece a Clara un lugar en la feria. Ella sabe cuánto cuestan las cajas. Aún no sabe el precio de querer a alguien que puede marcharse.

Sigue leyendo Antes de que llegue la nieve gratis

Deja tu correo para desbloquear los capítulos que faltan y la Bóveda de Lectoras privada: 138 novelas cortas exclusivas y todas las historias extra.

Tu próximo maratón

Apenas uma Cama em Aspen

Edición original: portugués

Ele era meu chefe… até uma nevasca mudar todas as regras

De la serie Corações do Interior

Una novela romántica de contemporáneo sobre aislados por la nieve, atrapados juntos y sin excusas.

Edición Kindle · gratis con Kindle Unlimited donde esté disponible.

Más de la serie Corações do Interior

Ver todos Más de la serie Corações do Interior

Si te encantó, también devorarás

Ver todos Si te encantó, también devorarás

Los enlaces abren la tienda de Amazon de tu país.

Preguntas

Antes de que caigas rendida.

¿Qué relación sigue esta historia?

Romance adulto M/F de pueblo pequeño, con libros, trabajo comunitario y dos futuros que conciliar.

¿Cómo se presenta la intimidad?

Tensión sensual, besos e intimidad sugerida; sin descripciones sexuales gráficas.

¿Esta historia concluye su propio arco?

Un romance independiente con un desenlace amoroso esperanzador para Clara y Tomás.

Compártelo.

Antes de que llegue la nievealissonbento.com

WhatsAppFacebookXTelegramRedditThreadsCorreoSMS