El camarote siete
Clara
El hombre que estaba en mi camarote tenía una cicatriz, un vaso de whisky y mi boleto.
No una copia de mi boleto. Tampoco un boleto para el camarote de al lado, una confusión fácil en un tren donde todas las puertas estaban lacadas del mismo azul medianoche y llevaban atornillado el mismo numerito de latón. Sostenía una tarjeta gruesa de color crema, con una lira dorada en relieve y las palabras The Aurelian — París a Estambul — Coche 3, camarote 7. Yo también.
—Creo —dije en francés, porque el andén a mi espalda era francés y mi humor también— que estás sentado en mi cama.
Miró la litera que tenía debajo como si hubiera aparecido allí sin su permiso. Era la de abajo, preparada con sábanas blancas y una manta azul oscuro bordada con más liras doradas; estaba sentado en el borde, en mangas de camisa, con la chaqueta doblada a su lado como un segundo pasajero, más ordenado.
—Creo —respondió en inglés— que es mi cama. Pero estoy dispuesto a examinar las pruebas.
Su inglés era británico con algo más debajo, una vocal que había crecido en otro lugar. Incluso sentado, era alto. El pelo oscuro, lo bastante corto para resultar práctico y lo bastante largo para que se notara que se había olvidado de él. Un rostro construido con líneas rectas: la frente, la nariz, la boca que no parecía tener la costumbre de sonreír. Y la cicatriz, una costura pálida que subía desde la articulación de la mandíbula izquierda, cruzaba el pómulo y se detenía justo antes de la comisura externa del ojo. Antigua. Curada. A la vista.
Me obligué a mirarlo a los ojos. Eran grises y ya me observaban con el mismo interés paciente que había dedicado a la cama.
Levanté mi tarjeta. Él levantó la suya. Podríamos haber sido dos duelistas que habían olvidado llevar pistola.
—Bueno —dije—. Qué fastidio.
—Esa —convino él— es una forma de decirlo.
No había pensado empezar mi nueva vida con una discusión. Había pensado empezarla en silencio, preferiblemente con una copa de algo frío, viendo cómo París se alejaba a mi espalda hasta convertirse en una mancha, luego en un rumor y, por último, en nada.
Tenía treinta y cuatro años y llevaba exactamente catorce días divorciada. En una sala beige del distrito once, un juez con los lentes de lectura colgados de una cadena había declarado que ya no estaba casada con Olivier Marchand. Olivier había llevado su traje gris bueno y la expresión que usaba en televisión cuando un ministro decía algo lamentable: grave, comprensiva, levemente superior. Yo había ido de negro porque era lo único que tenía limpio. Después había intentado besarme la mejilla en las escaleras y yo había retrocedido tan deprisa que casi me caí; lo último que me dijo el que había sido mi marido durante seis años fue: «Cuidado, Clara».
Cuidado. Como si no lo hubiera tenido. Como si no me hubiera pasado tres años teniendo cuidado de no mirar demasiado su teléfono, las cenas tardías, la forma en que empezó a decir ciao al colgar. Se había creído a salvo porque los mensajes estaban en italiano. Había olvidado, o nunca había entendido de verdad, a qué me dedicaba.
Soy traductora. Lo leo todo.
Así que: un nuevo trabajo, en una nueva ciudad, en un idioma que había aprendido de mi madre en una cocina de Bath y perfeccionado en un departamento de Izmir cada verano de mi infancia. Traductora principal de un pequeño y riguroso estudio de arquitectura que restauraba un han del siglo XIX cerca del Cuerno de Oro, donde cualquier mañana alguien tendría que explicar un informe estructural a los canteros en turco, una cláusula de financiación a los inversionistas franceses en francés y todo aquel lío al ministerio en ambos idiomas, con educación. Selin Aydın, la socia que me había contratado después de tres videollamadas y un almuerzo larguísimo para el que había volado a París, me había enviado el boleto de tren como regalo de bienvenida.
Nuestro socio fundador insiste, había escrito. Dice que la gente nueva debe llegar despacio. Dice que debes ver la distancia que estás recorriendo. Es un romántico con los trenes y con nada más, te lo prometo.
No conocía al socio fundador. Su inicial aparecía en lo alto del membrete, M. Lorne, y su cara no aparecía en ningún rincón de internet. La página del estudio era toda bóvedas, patios y azulejos agrietados devueltos a la vida con cariño. Ni un solo retrato.
Eso me había gustado. Me había parecido honesto. Primero los edificios.
Y ahora un desconocido estaba sentado en mi cama con mi boleto en la mano, y el tren iba a salir dentro de once minutos, nos gustara o no.
El encargado del coche llegó a paso rápido: un hombre compacto de unos sesenta años, con el cabello plateado peinado hacia atrás con fijador y un uniforme del color del vagón, ribeteado de dorado en los puños. Su placa decía BASTIEN. Miró mi tarjeta, luego la del hombre y después el techo, como si apelara a una autoridad superior que también le había fallado.
—Ah —dijo—. Non.
—¿Non? —repetí.
—Las dos reservas se hicieron a través de la misma agencia —dijo Bastien, frunciendo el ceño ante una tableta que parecía absurdamente moderna en su mano—. Una duplicación. Ocurre una vez por temporada, quizá, y siempre cuando vamos llenos. Madame, monsieur, estoy desolado.
—¿Hay otro camarote? —preguntó el hombre.
—Monsieur, no queda ni una almohada. El tren va lleno hasta Estambul. Tenemos una luna de miel en el cinco, una violonchelista muy famosa en el nueve y una familia estadounidense en la Gran Suite que, según me informan, ha traído once maletas para tres días. —Abrió las manos—. El camarote es doble. Hay dos literas. Esa es la única buena noticia que tengo.
Miré las literas. La de abajo, con un desconocido encima. La de arriba, plegada contra la pared como un secreto, con una escalerita de nogal pulido enganchada al lado. Entre ambas quizá quedaba espacio para que dos personas estuvieran de pie, siempre que ninguna exhalara.
—Yo me bajo —dijo el hombre.
Lo dijo con sencillez, alargando ya la mano hacia su chaqueta. No era una oferta de mártir. Era práctica, como si hubiera medido la habitación y descubierto que contenía a una persona de más y hubiera decidido que el sobrante era él.
Aquello me fastidió más que lo del boleto.
—No seas ridículo —dije.
Se detuvo con la chaqueta a medio levantar. —No es ridículo. Está claro que te hacía ilusión este viaje.
—A ti también. Ya hasta sacaste el whisky.
—El whisky venía con el camarote.
—Entonces la mitad es mía, y no voy a bebérmelo sola mientras tú te quedas en el andén haciéndote el noble. —Me volví hacia Bastien—. ¿Hay normas? ¿Sobre compartir?
Bastien puso la cara de un hombre que había visto mucho en los trenes nocturnos y se había sorprendido de muy poco. —El Aurelian —dijo, con una ligera reverencia— tiene normas sobre llevar chaqueta en el coche comedor después de las siete y sobre la campanilla, que no se debe tocar por diversión. En cuanto a quién comparte camarote con quién, el Aurelian es francés.
El desconocido hizo un ruido que, en un hombre más acostumbrado a hacerlo, podría haber sido una risa.
—Me quedo con la de arriba —me dijo.
—No vas a caber.
—Me doblo.
—Te caerás y me aplastarás durante la noche.
—Entonces quédate tú con la de arriba —dijo— y seré yo quien se preocupe de que te caigas encima de mí.
Nos miramos. En algún punto del andén sonó un silbato largo y agudo, y todo el vagón se estremeció bajo mis pies como un caballo que hubiera oído su nombre.
—Echémoslo a suertes —dije.
Metió la mano en el bolsillo del pantalón, sacó una moneda vieja y desgastada y la sostuvo entre dos dedos largos. Eran las manos de alguien que las usaba: un pequeño corte pálido sobre un nudillo, un callo en el costado del índice, donde se apoyaría un bolígrafo.
—Elige —dijo.
—Cara.
La lanzó. La atrapó. La volvió sobre el dorso de la muñeca y levantó la mano.
Cruz.
—La de arriba es tuya —dije, un poco demasiado complacida.
—Gané yo —señaló—. Eso significa que elijo.
—Pues elige.
Miró la litera de abajo, luego a mí, luego la escalera; algo le cruzó la cara que no supe interpretar, y me fastidió no poder interpretarlo. Me ganaba la vida leyendo. Leía rostros al otro lado de las mesas de reuniones, leía la vacilación antes de que el asistente de un ministro dijera en principio, había leído lo que Olivier callaba durante tres años antes de leer lo que decía.
—Arriba —dijo, y el tren se puso en marcha.
Bastien se llevó nuestros pasaportes antes de irse. Era lo habitual, nos aseguró; el Aurelian se encargaba de todos los trámites fronterizos durante la noche para que los funcionarios no despertaran a los pasajeros con linternas. El mío fue a parar a una cartera de cuero con un brochecito de latón. El del desconocido también, boca abajo. Ninguno miró el del otro.
Me fijé en eso. Me fijé en que él se fijaba en que yo me había fijado.
Después la puerta se cerró y nos quedamos los dos solos con el largo suspiro dorado de París, que retrocedía al otro lado de la ventana.
El camarote era hermoso como solo pueden serlo las cosas construidas sin ninguna razón práctica. Las paredes tenían incrustaciones de madera clara formando abanicos entrelazados. Un pequeño lavabo se desplegaba de un armario con un espejo grabado con lirios en los bordes. La ventana era ancha, casi tanto como la litera, y tenía una cortina enrollable de seda azul oscuro que podía bajarse con un cordón terminado en una borla. Debajo había una mesita, y sobre ella la botella de whisky, dos vasos de cristal tallado y una tarjeta que decía Bienvenidos a bordo en cuatro idiomas, dos de los cuales tenían pequeños errores.
Tomé la tarjeta. No pude evitarlo.
—¿Algo anda mal? —preguntó.
—El alemán dice bienvenido a bordo como si fueras un paquete. Y al turco le falta una letra. —La dejé—. No es importante.
—Para ti sí.
—Todo lo que está escrito es importante para mí. Es una enfermedad.
Me observó. Él estaba de espaldas a la puerta porque no había otro sitio donde pararse; yo estaba de espaldas a la ventana, y la distancia que nos separaba era aproximadamente la longitud de mi antebrazo.
—Debería presentarme —dijo.
—¿Deberías?
—Es lo habitual. Cuando estás a punto de dormir a un metro veinte por encima de alguien.
Me tendió la mano. La miré, miré la cicatriz y los ojos grises, tan firmes y no del todo tranquilos, y un impulso que llevaba mucho tiempo dormido dentro de mí se incorporó y dijo: No.
—Espera —dije.
Su mano siguió donde estaba. —¿Espera?
—Si me dices tu nombre, voy a buscarte. No podré evitarlo. En algún punto entre aquí y Estrasburgo me sentaré en el baño con el teléfono y averiguaré dónde estudiaste, con quién salías y si tienes un blog de ciclismo. —Estaba hablando demasiado rápido—. Y entonces serás una persona con un pasado, y yo seré una persona con un pasado, y estoy tan harta del pasado que podría acostarme en estas vías.
Bajó la mano despacio.
—Entonces no lo hacemos —dijo.
—No lo hacemos.
—Durante tres noches.
—Durante tres noches. —Tragué saliva—. Sé que es extraño.
—No es extraño. —Apoyó los hombros contra la puerta—. Es lo más sensato que me han dicho en un año.
Fijamos las reglas durante la cena.
El coche comedor era una sala alargada como un joyero, todo lámparas de latón con pantallas plisadas, manteles blancos y ventanas llenas de oscuridad, de modo que cada mesa flotaba dos veces: una dentro del vagón y otra allá afuera, en la noche a nuestro lado, reflejada sobre campos, campanarios y alguna que otra vaca sobresaltada. Él llevaba una chaqueta oscura, sin corbata. Yo llevaba el único vestido bueno que había empacado, de seda verde; me lo había puesto en el camarote mientras él esperaba en el pasillo, de espaldas a la puerta como un centinela.
—Nada de nombres —dije mientras comíamos el primer plato, algo con vieiras y una espuma que sabía a mar y a dinero.
—Nada de nombres —aceptó.
—Nada de pasado. Nada que haya ocurrido antes de la Gare de l’Est. Ni trabajos que hayamos dejado, ni lugares donde crecimos, ni personas de las que nos hayamos… —Me detuve.
—Divorciado —sugirió.
Dejé el tenedor. —¿Cómo lo supiste?
—No lo sabía. —Tomó un sorbo del vino, que me había dejado elegir sin hacer comentarios, algo que me gustó—. Dijiste personas de las que nos hayamos y luego palideciste y te miraste la mano izquierda. Todavía tienes una marca en el dedo.
Bajé la mirada. Era cierto. Una tenue franja de piel más clara, como el fantasma de una palabra borrada de una página.
—Eso —dije— va contra las reglas.
—Las reglas todavía no han entrado en vigor. Seguimos redactándolas.
—Bien. Aquí tienes una cláusula. Nada de deducciones. Nada de leernos el uno al otro.
—Eso te va a costar —dijo—. Me estás leyendo desde que abriste la puerta.
No tuve respuesta, así que bebí vino.
—El futuro —dijo al cabo de un momento—. ¿Está permitido?
—El futuro no ha ocurrido. Está dentro del juego.
—¿Y el presente?
—El presente es lo único que tenemos. —Oí cómo sonaba aquello y quise retirarlo, pero él se limitó a asentir, como si yo hubiera dicho algo sobre muros de carga.
—Entonces necesitamos una forma de conocernos un poco —dijo—. O pasaremos tres noches hablando del clima de Baviera.
—¿Qué sugieres?
Guardó silencio mientras el mesero se llevaba los platos. Afuera pasaron las luces de un pueblo, una estación sin parada, un hombre sentado en una banca que levantaba la cabeza para vernos partir.
—Una verdad o un reto —dijo—. En cada estación donde pare el tren. Nos turnamos para preguntar. Quien recibe la pregunta elige. La verdad tiene que ser cierta. El reto tiene que cumplirse.
Me reí. Me sorprendió. La risa salió de algún lugar en lo hondo de mi pecho que llevaba meses clausurado con tablas. —Estás bromeando. ¿Verdad o reto? ¿Qué tenemos, diecinueve años?
—Yo no era tan interesante a los diecinueve —dijo—. ¿Tú sí?
—Dios, no.
—Entonces esta vez lo haremos mejor.
No sonreía. Eso era lo suyo, iba aprendiendo: decía las cosas más escandalosas con la cara de un hombre que leyera una tabla de mareas, y había que mirar las comisuras de sus ojos para captar la broma.
—¿Y si uno de los dos se niega? —pregunté—. ¿Si la verdad es demasiado, o el reto lo es?
—Entonces lo dice, pierde el turno y la otra persona puede preguntar dos veces en la siguiente parada. —Giró su copa un cuarto de vuelta sobre el mantel—. No pasa nada que tú no elijas. Esa es la única regla que me importa.
La forma en que lo dijo me hizo sentir la piel demasiado caliente bajo la seda verde.
—¿Cómo te llamo? —pregunté—. No puedo pasarme tres noches diciéndote tú.
Lo pensó. Miró mis manos, que, al parecer, habían estado trazando formas en el mantel mientras hablaba: cuadraditos y arcos dibujados con la uña.
—Llevas dibujando en ese mantel desde la sopa —dijo—. Arcos. Una torre.
—Es la lámpara —dije—. La forma de la pantalla. No es nada.
—No dejas de traducir el menú en voz baja. Tres idiomas, creo. Puede que cuatro. —Inclinó la cabeza—. Construyes torres con palabras. Te llamaré Babel.
El nombre aterrizó en algún lugar detrás de mi esternón y se quedó allí, cálido, un poco peligroso.
—Eso es presuntuoso —dije.
—¿Lo odias?
No lo odiaba. Odiaba lo mucho que no lo odiaba.
—Entonces yo te pongo nombre a ti —dije, y señalé su mano derecha, el callo en el costado del índice, y luego la servilleta junto a su plato, donde, en algún momento entre las vieiras y el vino, había dibujado con trazos rápidos y seguros la bóveda del coche comedor, con cada lámpara de latón en su lugar—. Llevas midiendo esta habitación desde que nos sentamos. Miraste el techo antes que el menú. Sabes exactamente cuántos remaches hay en el marco de esa ventana.
—Cuarenta y cuatro —dijo.
—Arquitecto —dije.
Se quedó muy quieto un momento. Luego inclinó la cabeza en una pequeña y formal concesión.
—Eso no es una deducción sobre mi pasado —dijo—. Es una deducción sobre mi presente.
—Está permitido.
—Está permitido —aceptó.
El mesero trajo el siguiente plato, algo con pato y cerezas. Lo vi levantar el cuchillo y el tenedor y volver a dejarlos sin empezar.
—Una cláusula más —dijo.
—Te gustan mucho las cláusulas para ser un hombre sin pasado.
—Las cláusulas son lo que evita que un edificio se caiga encima de la gente. —Lo dijo con ligereza, pero sus ojos se fueron un instante a otro lugar, muy lejos detrás del tren, y volvieron—. Las mentiras. ¿Qué hacemos con las mentiras?
—No las hay. De eso se trata.
—Habrá tentaciones. Me preguntarás una verdad que no quiera contarte. Sentiré la tentación de inventarme algo encantador.
—Entonces no contestes. Pierdes el turno. —Hice girar la copa por el tallo, igual que él había hecho con la suya—. El silencio está permitido. Puedo vivir con el silencio. He vivido con mucho. —No había querido decir tanto. Seguí antes de que él pudiera retomarlo—. Pero si abres la boca en una estación y me dices algo, tiene que ser cierto. Cada palabra. Eso es lo único que no puedo… —Me detuve—. Ese es todo el juego. Si no, solo somos dos personas en un tren jugando a ser ingeniosas.
Guardó silencio un momento. Luego me tendió la mano sobre el mantel, como había intentado hacer en el camarote, y esta vez entendí que no era una presentación. Era un contrato.
—Nada de mentiras —dijo—. El silencio está permitido. Las mentiras no.
Se la estreché. Tenía la palma cálida y seca, y el callo de su dedo me apretó el nudillo. Retuvo mi mano un instante más de lo necesario. Yo también.
Más tarde recordaría aquella cláusula. Le daría vueltas y vueltas como a una moneda, buscando la cara que no había visto. El silencio está permitido. Yo misma había escrito esa regla.
Estrasburgo estaba a dos horas de París y era la única parada antes de medianoche. Sentimos que el tren empezaba a frenar mientras tomábamos café y algo de chocolate que yo no pude terminar. Los campos de afuera habían dado paso a almacenes, luego a casas de tejados inclinados y ventanas iluminadas, y por último a la larga marquesina gris de la estación, que se deslizó sobre nosotros como una mano protegiendo una vela.
Él miró su reloj y luego me miró a mí.
—La primera estación —dijo—. ¿Quién pregunta?
—Tú inventaste el juego.
—Entonces la primera pregunta es tuya. Es lo correcto.
Mi corazón estaba haciendo algo indigno. Me limpié la boca con la servilleta, la doblé y la dejé junto al plato con sumo cuidado, como si todo aquello fuera una negociación en un ministerio y yo tuviera una cláusula que defender.
El tren se detuvo con un suspiro. En el andén, una mujer de abrigo rojo besaba a un hombre para despedirse como si quisiera meterse dentro de su ropa por el cuello y viajar con él. Un mozo pasó con un carrito de cajas junto a nuestra ventana. El coche comedor se aquietó como se aquietan las habitaciones cuando cesa el movimiento debajo de ellas; de pronto, cada tenedor sonaba fuerte.
Miré al desconocido al otro lado de la mesa, con una cicatriz, un rostro hermoso y arruinado y una moneda en el bolsillo que siempre parecía caer de su lado.
—Arquitecto —dije—. ¿Verdad o reto?
Me sostuvo la mirada durante un largo momento; lo vi decidir y lo vi no fingir siquiera una vacilación.
—Reto —dijo.
La ventana
Matthias
Dije reto porque la verdad era una puerta que no podía permitirme abrir y porque ella me miraba como si esperara que eligiera el camino seguro.
No había tomado un camino seguro en cuatro años. Había tomado caminos lentos. No es lo mismo. Tenía treinta y nueve años, y la lentitud era lo único que me había mantenido en pie.
Ella se recostó en la silla. La lámpara de nuestra mesa dibujó un borde dorado en su pómulo y volvió casi negro el verde del vestido donde se plegaba en su cintura. Llevaba el cabello castaño recogido con algo que estaba perdiendo la batalla y tenía una boca demasiado ancha para su rostro, algo que sospechaba que le habían señalado de niña y por lo que, en algún momento de sus veintitantos, había decidido dejar de disculparse. Treinta y tantos. A mediados de los treinta, quizá. Una mujer que había tenido un año largo y que aun así se había arreglado para cenar.
Babel. Le había puesto nombre antes de poder contenerme, y le sentaba tan bien que parecía algo que yo había encontrado en vez de inventado.
—Un reto —dijo—. De acuerdo.
—Tómate tu tiempo.
—El tren solo se queda aquí ocho minutos.
—Entonces no te tomes demasiado.
Miró el andén, a la mujer del abrigo rojo, que ahora estaba sola y caminaba hacia la salida con las manos hundidas en los bolsillos. Después miró mi cara y vi que sus ojos iban adonde tarde o temprano iban todos: al lado izquierdo, a la costura.
La mayoría mira y luego aparta los ojos deprisa, avergonzada de haber mirado. Algunas personas miran y siguen mirando, lo cual es peor. Ella no hizo ninguna de las dos cosas. La observó como yo observaría una grieta en una bóveda: con atención, sin miedo, como si fuera información.
—Puedes decir que no —dijo.
—Conozco las reglas. Escribí la mitad.
—Te reto —dijo despacio— a dejarme tocarla. Sin preguntas. No preguntaré cómo. No preguntaré cuándo. Eso es pasado, y el pasado está prohibido. —Bajó la voz—. Solo quiero saber qué se siente.
El coche comedor se había aquietado a nuestro alrededor, o yo había dejado de oírlo. Tres mesas más allá, la familia estadounidense discutía sobre si habían subido las once maletas. Un mesero dejó una bandeja de vasos con un leve tintineo de cristal. Todo muy lejos.
Nadie me había tocado la cara en cuatro años. No así. Los médicos lo habían hecho, profesionalmente, con guantes y luces. Mi madre lo había hecho una vez, en el hospital, y nunca más, porque había llorado y ninguno de los dos podía soportarlo. La mujer con la que había estado comprometido lo había intentado una sola vez, el primer mes después de lo ocurrido, y yo le había atrapado la muñeca sin querer; me había mirado con una lástima tan absoluta que una semana después terminé la relación para ahorrárnoslo a ambos.
—Acepto —dije.
Se inclinó hacia delante, sobre la mesa. La llama de la vela que había entre nosotros se apartó de su manga. Levantó la mano derecha, no del todo firme, y eso fue lo que me desarmó un poco: que ella también estaba nerviosa.
Las yemas de sus dedos tocaron primero mi mandíbula, justo debajo del punto donde empezaba la cicatriz. Frescas. Ligeras. Luego la recorrió hacia arriba despacio, por el relieve, sobre la zona donde la piel había cicatrizado gruesa y algo abultada, cruzando el pómulo, donde se volvía fina y brillante y las terminaciones nerviosas nunca habían terminado de decidir para qué servían. En algunos sitios la sentía como calor. En otros, como presión sin textura, como si me tocara a través de un guante. Cerca del ojo la sentí con muchísima claridad: un roce suave que bajó directo por mi columna y se alojó en un lugar bajo de mi cuerpo donde no había esperado sentir nada sentado a la mesa de un comedor en Estrasburgo.
Se detuvo arriba. Su pulgar descansó justo al lado de la comisura del ojo.
—Está caliente —dijo, casi para sí—. Pensé que estaría fría. No sé por qué.
No podía hablar. Sentía mi propio pulso en el costado del cuello; sabía que probablemente ella podía notarlo bajo la base de la palma.
—Gracias —dijo, retiró la mano y la recogió en el regazo como si hubiera hecho algo de lo que después tendría que responder.
Afuera sonó el silbato. El andén empezó a deslizarse. Estrasburgo nos soltó.
—Ese —dije por fin, con una voz más grave de lo que pretendía— ha sido un reto muy injusto.
—Tú elegiste reto.
—Lo recordaré.
Por fin sonrió, una sonrisa de verdad, rápida y torcida, que desapareció casi antes de que pudiera verla.
—Bien —dijo—. Te tocará preguntar en la siguiente.
La siguiente parada era Múnich, al amanecer. Entre Estrasburgo y Múnich había una noche, un camarote del tamaño de un armario generoso y nosotros dos.
Yo había construido habitaciones. Las habitaciones pequeñas son un problema de ingeniería como cualquier otro. Se planifica la secuencia. Quién se mueve y cuándo. Dónde van los cuerpos. Estaba razonablemente seguro de que dos adultos que habían acordado comportarse con cortesía podían prepararse para dormir en un espacio así sin incidentes.
Me equivocaba, aunque no de la manera que esperaba.
Ella pidió usar el lavabo primero, así que me quedé en el pasillo de espaldas a nuestra puerta y estudié la marquetería de la pared de enfrente: una escena de pájaros que alzaban el vuelo entre juncos, hecha con tres maderas y un ensamblaje precioso. Oí correr el agua. Oí el suave roce de un cierre.
Más allá en el pasillo, Bastien preparaba las camas, pasando de un camarote a otro con una pila de toallas dobladas y un rostro como un libro cerrado. Me miró a los ojos al pasar y no dijo absolutamente nada, algo más elocuente que cualquier cosa que hubiera podido decir.
Cuando ella abrió la puerta, llevaba una camiseta larga del color del té con leche y unos pantalones grises suaves, el rostro recién lavado y el cabello suelto. Era más largo de lo que había imaginado y más pesado; le caía por debajo de los hombros de una forma que la hacía parecer más joven, más cansada y mucho más peligrosa.
—Tu turno —dijo, y pasó de lado junto a mí para salir al pasillo.
Pasar de lado fue el problema. El pasillo era estrecho y el tren eligió ese momento para tomar una curva; durante un segundo su cuerpo se apretó contra el mío de hombro a rodilla: su calor a través de dos finas capas de algodón, el olor de su cabello, algo verde y amargo, cáscara de naranja o bergamota. Apoyó la mano abierta sobre mi pecho para mantener el equilibrio. La mía se posó en su cintura por la misma razón.
El tren se enderezó. Ninguno se movió.
—Perdón —dijo sin moverse.
—Física —dije sin moverme tampoco.
Entonces terminó de deslizarse junto a mí, y yo entré en el camarote, cerré la puerta, me apoyé en el pequeño lavabo, me miré en el espejo grabado y dije en voz baja, en francés, una palabra que mi madre no habría aprobado.
Ya me había cambiado y apagado la luz principal, y estaba a medio subir la escalera de nogal cuando llamó y volvió a entrar; fue entonces cuando cometí mi segundo error. Bajé otra vez para dejarla pasar, me puse junto a la ventana para darle espacio y miré afuera.
La cortina seguía levantada. Afuera ya era noche cerrada; la oscura campiña del este de Francia daba paso a la oscura campiña alemana sin ninguna frontera visible. No había luna. La ventana se había convertido en un espejo.
Y en el espejo podía verla.
Estaba detrás de mí, sentada en el borde de la litera de abajo, quitándose las horquillas que quedaban en el cabello y dejándolas una por una en un platito esmaltado. Se había quitado los suaves pantalones grises para dormir solo con la camiseta. En el cristal tenía las piernas largas y pálidas, cruzadas a la altura de las rodillas. La lámpara de lectura junto a su almohada creaba a su alrededor una pequeña habitación de luz cálida; la oscuridad exterior atravesaba su reflejo como un río atraviesa un paisaje pintado, de modo que, cada tanto, la ventana iluminada de una granja le pasaba directamente por el corazón.
Debería haber apartado la mirada. Debería haber bajado la cortina.
No lo hice. Y entonces ella levantó la vista y se encontró con mis ojos en el cristal.
Lo sabía. Por supuesto que lo sabía. Probablemente lo sabía desde antes que yo. Durante un momento ninguno hizo absolutamente nada. El tren se meció. Pasó un cruce ferroviario, una mancha de luz roja y una campana que sonó y desapareció.
No se bajó la camiseta para cubrirse las rodillas. No me dijo que me diera la vuelta. Descruzó las piernas despacio y volvió a cruzarlas del otro lado, levantó apenas la barbilla y me sostuvo la mirada en el cristal negro como si me retara a ser el primero en romperla.
No la rompí. La vi levantar los brazos y recogerse el pelo sobre un hombro, dejando al descubierto la línea del cuello; la tela se tensó sobre sus pechos, y resultó evidente, incluso en el reflejo, que no llevaba nada debajo. La vi observarme mientras yo la observaba. Tenía las manos apoyadas en la mesita bajo la ventana y apretaba el borde con tanta fuerza que sentía la veta de la madera.
Las granjas se acabaron. Empezó un bosque. El reflejo se hizo más profundo hasta que no quedó nada salvo ella, yo y el pequeño círculo dorado de la lámpara.
—Arquitecto —dijo en voz baja, al cristal.
—Babel.
—El juego solo es en las estaciones.
—Lo sé.
—Así que esto —dijo— no cuenta.
—No —dije—. Esto no cuenta.
Alargó el brazo y apagó la lámpara. La ventana se volvió negra y después se llenó despacio con el gris tenue del paisaje, las formas de los árboles, los últimos rastros de nuestros reflejos desvaneciéndose como aliento sobre un espejo.
Subí la escalera a oscuras. La litera de arriba era exactamente tan estrecha como ella había predicho. Me acosté boca arriba, con los pies contra la pared del fondo y la cabeza contra la otra, y la escuché debajo de mí: dándose la vuelta, acomodándose, el susurro de las sábanas.
—¿Estás dormido? —dijo mucho después.
—No.
—¿Es terrible estar ahí arriba?
—Es como dormir en un ataúd maravillosamente hecho.
Se rio en voz baja, con la risa amortiguada por la almohada. El sonido entró en mí como el calor en la piedra.
—Podemos cambiar —dijo.
—Gané el lanzamiento.
—Lo perdiste.
—Gané el derecho a elegir. Elegí esto. Acéptalo.
Silencio. El ritmo de las ruedas, que en un tren como este no es el viejo traqueteo que recuerdas de la infancia, sino algo más profundo, un largo latido rodante que se siente más de lo que se oye. En algún lugar del camarote contiguo, un hombre roncaba con un solemne y rítmico tono de barítono.
—¿Puedo preguntar algo —dijo— que no sea una pregunta?
—Un truco muy bueno, si te sale.
—¿Por qué aceptaste? Lo de no decir los nombres. —Su voz era baja, cautelosa—. Ni siquiera vacilaste. La mayoría habría pensado que estaba loca.
Miré el techo de la litera, a veinte centímetros de mi nariz. Madera pulida. Una diminuta lámpara de lectura de latón que no había encendido.
La verdad era que mi nombre había salido en los periódicos. No era famoso, ni nada parecido. Solo lo suficiente. Cuatro años atrás, durante una larga y amarga temporada en Lyon, mi nombre había aparecido en titulares junto a palabras como derrumbe, investigación y negligencia; aunque la investigación finalmente había dictaminado lo contrario, un nombre no olvida esa clase de compañía. La gente me buscaba. Siempre lo hacía. Después me miraba la cara y relacionaba la cicatriz con la historia, y yo podía ver cómo lo hacía, ese pequeño clic detrás de los ojos.
Durante tres noches ella no podría. Durante tres noches yo era un hombre con una cicatriz y nada detrás.
—Eso es pasado —dije—. Tendrás que esperar a una estación.
—Eso es hacer trampa.
—Son las reglas. Esa la escribiste tú.
Permaneció callada tanto tiempo que creí que se había dormido. Entonces su voz ascendió por la oscuridad, más suave que antes, casi adormilada.
—¿Arquitecto?
—Mmm.
—Me miraste. En la ventana.
Cerré los ojos. —Lo hice.
—Me gustó.
Me quedé inmóvil en mi hermoso ataúd y escuché cómo su respiración se hacía lenta, profunda y por fin regular al dormirse, y yo no dormí nada.
Mi teléfono, boca abajo en la diminuta repisa junto a mi cabeza, vibró dos veces durante la noche. En las dos ocasiones era mi socia de Estambul, que no creía en los husos horarios. No leí los mensajes. Ya tenía cuarenta y tres correos sin leer de Selin, la mayoría titulados URGENTE, uno titulado POR FAVOR, SÉ HUMANO CON LA GENTE NUEVA, y en algún punto cerca de Reims había decidido que aquellos tres días en el Aurelian serían la última tranquilidad de la que disfrutaría en un año y que el edificio que me esperaba al otro extremo podía esperar tres días más. Había esperado ciento sesenta años. Era paciente. Yo trataba de aprender de él.
Hacia las cinco el cielo empezó a volverse gris. Renuncié a dormir y me quedé mirándolo por la estrecha franja de ventana que me permitía ver la litera, los quince centímetros superiores del cristal, una cinta de mundo. Torres de alta tensión. Un campanario. Niebla tendida sobre los campos como leche en un plato.
Múnich llegó en una curva larga y lenta, gris, enorme y casi vacía a esa hora, con unos pocos viajeros tempraneros en los andenes, los cuellos de los abrigos levantados. El Aurelian avanzó bajo la gran cubierta y se detuvo con un suspiro.
Debajo de mí, ella se movió.
—¿Estamos en Múnich? —Tenía la voz espesa de sueño.
—Estamos en Múnich.
—Entonces te toca a ti. —Un roce de sábanas—. Vamos. Pregunta.
Asomé la cabeza por el borde de la litera. Estaba acostada boca arriba, mirándome, con el cabello desparramado, un brazo por encima de la cabeza y la sábana en la cintura. La luz gris le daba el aspecto de un dibujo al carboncillo, todos los contornos suaves.
—Babel —dije—. ¿Verdad o reto?
Me miró durante un largo momento. Pude verla sopesarlo, pensar qué verdad podría pedirle yo, a qué tendría que renunciar.
—Reto —dijo.
El tren dio una sacudida. Volvíamos a movernos, deslizándonos fuera de la cubierta de la estación, hacia el aire libre; el este empezaba a tomar color, una fina franja rosa en la parte baja del cielo.
—Sube aquí —dije—. Mira conmigo cómo sale el sol. Eso es todo. Solo eso.
Sus ojos se abrieron un poco. —No hay espacio.
—Casi hay espacio.
—Te vas a caer.
—Entonces agárrate de mí —dije— y no me caeré.
No respondió. Apartó la sábana, sacó las piernas desnudas de la litera y puso el pie en el primer peldaño de la escalera.
No cuenta
Clara
No era que casi hubiera espacio. No había espacio en absoluto.
La litera superior estaba hecha para una persona de tamaño razonable que quisiera acostarse boca arriba y no pensar en nada. Él no tenía un tamaño razonable y yo no tenía la mente en blanco precisamente. Cuando llegué al último peldaño, se puso de costado, con la espalda contra la pared, y levantó la manta; yo me metí a su lado y me acosté de costado, de cara a la ventana, con la columna contra su pecho porque mi columna no tenía adónde más ir.
Su brazo pasó por encima de mí. No me rodeó exactamente. Quedó sobre mí, el antebrazo a lo largo de mis costillas, la mano abierta apoyada con firmeza en la estrecha repisa frente a mi vientre, una barrera entre mi cuerpo y la caída.
—Listo —dijo contra mi cabello—. No te vas a ninguna parte.
—Eso es lo que me preocupa —dije, y sentí que se reía sin ruido, el movimiento de su pecho contra mi espalda.
Desde allí arriba, la ventana era una larga ranura de cielo. Baviera despertaba debajo: campos blancos de escarcha, bosques negros de abetos, un lago liso y color peltre del que ascendía la niebla en lentos rizos. Lejos, en la base del mundo, una línea dentada de montañas cambiaba del gris al violeta y después al rosa más tenue e improbable.
—Los Alpes —dijo.
—Sé lo que son.
—Estoy siendo un buen anfitrión.
—No es tu tren.
—Es mi litera.
No podía discutir eso. No podía discutir nada. Cada centímetro de mi espalda estaba aprendiendo su forma. El plano duro y liso de su pecho. Su aliento contra mi nuca, lento y regular y, estaba casi segura, deliberado. La larga línea de su muslo detrás del mío, separada de mi pierna desnuda por una capa de algodón suave. Su rodilla se había acomodado en el hueco de la mía como si la hubieran hecho a medida.
Y más abajo. Su erección, apretada contra la curva de mi trasero, inconfundible, sin ocultarse, aunque tampoco empujaba contra mí. Solo estaba ahí. Solo era cierta.
No se disculpó por ella ni se movió contra mí, y de algún modo aquello era peor, o mejor. Se limitó a permanecer quieto y dejar que yo lo supiera, a dejarme decidir qué hacer con saberlo.
No hice nada. Me quedé allí, con el corazón marchando como las ruedas debajo de nosotros, y vi salir el sol sobre las montañas.
Llegó de golpe, como ocurre en las alturas. Una chispa en la cumbre más alta, luego una llamarada, y toda la cordillera se iluminó de oro de izquierda a derecha como una hilera de lámparas. La luz se derramó sobre la escarcha, el lago ardió y la ventana se llenó de claridad, tanta que tuve que entrecerrar los ojos; en aquel oro, con su mano abierta junto a mi vientre y su aliento en mi cabello, sentí algo que llevaba tanto tiempo sin sentir que no tenía una palabra para ello en ninguno de mis idiomas.
«A salvo» se acercaba. No era exacto. Estar a salvo no te hace vibrar la piel.
—Babel —dijo muy bajito.
—Mmm.
—Estás temblando.
—Hace frío.
—No hace frío.
—Entonces es el sol —dije—. Es mucho sol de golpe.
Su mano se movió. Apenas. El pulgar recorrió una vez el borde de mis costillas a través de la camiseta, un arco lento, de ida y vuelta. Eso fue todo. Una caricia de un pulgar. Todo mi cuerpo se cerró alrededor de ella como un puño.
Entonces alguien llamó a la puerta.
—Petit déjeuner —anunció la voz de Bastien, alegremente despiadada—. Café, croissants y el clima de Salzburgo, que es excelente.
Hundí el rostro en la almohada. Detrás de mí, el hombre para el que no tenía nombre hizo un sonido bajo, mitad risa, mitad algo que parecía dolor.
—Ya vamos —respondió. Y después, mucho más bajito, al oído—: Eso tampoco cuenta.
El segundo día en un tren es un país extraño. Ya no estás saliendo y todavía no has llegado. Has dejado de notar el movimiento y empezado a vivir dentro de él. El Aurelian se deslizó por Austria toda la mañana como un largo pensamiento azul; nosotros nos movíamos el uno alrededor del otro con una cortesía exagerada, como si no hubiéramos pasado el amanecer apretados en un espacio del tamaño de un ataúd.
Trabajé. Había llevado una carpeta con documentos que Selin me había enviado por adelantado: una evaluación del estado del han, cuarenta páginas en turco cargadas de términos técnicos que estaba pasando al inglés y al francés en un cuaderno porque pienso mejor con un bolígrafo. Me senté a la mesita del camarote con la cortina a medio bajar. Él fue al coche comedor con un cuaderno de bocetos y volvió a intervalos con café que nadie le había pedido, dejándolo junto a mi codo sin comentarios.
La tercera vez miró mi cuaderno. Cubrí la parte de arriba de la página con la mano. Allí estaban escritos el nombre del edificio, la calle y el estudio.
—Futuro —dije—. Pero todavía no.
—No estaba leyendo.
—Sí estabas. Leíste la palabra kemer.
—No sé qué significa kemer.
—Arco —dije—. Significa arco. También significa cinturón.
Me miró un momento con una expresión que no pude descifrar.
—Buen idioma —dijo, y se fue otra vez.
En Salzburgo me tocaba preguntar a mí. Llegó al mediodía: una estación pequeña y hermosa, con las montañas alzándose sobre ella como parientes mayores en un bautizo. Estábamos en el pasillo, donde las ventanas eran más anchas, los dos apoyados en la barra de latón, mirando sin mirar nada en especial.
—Verdad o reto —dije.
—Verdad —dijo, y me sorprendió.
Lo pensé. Quería preguntar por la cicatriz y no podía. Quería preguntar si lo esperaba alguien al otro extremo, una mujer con flores en la estación, y me daba miedo la respuesta.
—¿De qué tienes miedo? —dije—. No del pasado. De aquí en adelante. ¿Qué te da miedo que ocurra?
Permaneció callado tanto tiempo que sonó el silbato y empezamos a movernos. El andén se alejó. Un niño saludó con la mano y él levantó dos dedos de la barra en solemne respuesta.
—De que alguien me mire el tiempo suficiente para verlo todo —dijo al fin—. Y aun así se quede. Y yo no sepa qué hacer.
Giré la cabeza. Seguía mirando por la ventana, de perfil hacia mí, el lado de la cicatriz, con el rostro perfectamente sereno y los nudillos blancos sobre la barra de latón.
—Es algo extraño a lo que tenerle miedo —dije suavemente.
—Soy consciente.
—La mayoría le tiene miedo a lo contrario.
—Ya he vivido lo contrario —dijo—. Sé cómo es. Lo otro es lo que nunca he practicado.
No dije nada. Puse la mano en la barra junto a la suya, sin tocarla, solo cerca, nuestros meñiques separados por un centímetro; seguimos así por las afueras de Salzburgo y hasta el valle verde de más allá, ninguno cerró aquel centímetro y ambos sabíamos exactamente lo grande que era.
Viena era suya, y el tren se detenía allí dos horas.
Bajamos. Se sentía como escaparse de clases. Los demás pasajeros se derramaron sobre el andén en una oleada de cachemir y etiquetas de equipaje caras: la familia estadounidense arreando a sus hijos, los recién casados del camarote cinco agarrados de las manos con tanta fuerza que tenían los nudillos pálidos. A la famosa violonchelista, una mujer encorvada con capa, la recibieron un hombre con paraguas y un auto.
Llovía, una fina llovizna vienesa de color gris. Él compró un paraguas en un quiosco y lo sostuvo sobre mí; salimos de la estación, recorrimos una calle ancha y mojada bordeada de edificios del color de un pastel y encontramos un café con mesas de mármol, espejos y meseros de largos delantales blancos que nos trataron a ambos con el mismo exquisito desdén.
Él pidió lo suyo en un alemán correcto y rígido. Yo pedí lo mío en un alemán que hizo que al mesero se le alzaran las cejas un milímetro, con respeto a regañadientes.
—Presumida —dijo.
—Es mi presente. Está permitido.
El café llegó en bandejas de plata con vasitos de agua. La lluvia corría por la ventana a nuestro lado. Noté que él estaba sentado de espaldas a la pared, de modo que el lado marcado de su rostro miraba a la ventana y no a la sala. Me pregunté cuánto tiempo llevaba haciéndolo. Si siquiera sabía que lo hacía.
—Me toca —dijo—. Esto cuenta. Seguimos en una estación. Solo que no estamos en el tren.
—Un tecnicismo.
—Soy arquitecto. Vivo de tecnicismos. —Giró la taza sobre el plato—. ¿Verdad o reto, Babel?
Había elegido reto en Múnich y terminado en su cama viendo salir el sol. No estaba segura de sobrevivir a otro antes del almuerzo. Dije «Verdad» y después deseé no haberlo hecho, porque sus ojos se volvieron muy firmes.
—¿Qué quieres? —preguntó—. De esto. De los próximos dos días. —Hizo una pausa—. De mí.
El café tintineaba a nuestro alrededor. Una mujer en la mesa contigua le daba pastel a un perrito que tenía en el regazo. Miré mi café, la fina película marrón que se formaba sobre la crema, y me obligué a decir la verdad porque esa era la regla, porque la regla era lo único que sostenía toda aquella estructura hermosa y ridícula.
—Quiero que me toque —dije— alguien que no sepa lo suficiente de mí como para mentirme.
No se movió. No habló.
—No es una verdad bonita —dije—. Lo sé. Es egoísta. Es usarte.
—No lo es —dijo.
—No lo sabes.
—Sé lo que se siente cuando te usan. —Tenía la voz muy baja—. Esto no lo es.
Alargó el brazo por encima de la mesa de mármol, me tomó la mano, la volvió y puso el pulgar en la cara interna de mi muñeca, sobre el pulso, como apoyarías una mano en una pared para sentir si se acerca un tren. No dijo nada más. Se limitó a sostenerla allí, en medio de un café vienés, mientras mi corazón corría contra su pulgar como si tratara de escapar.
Volvimos por el camino largo, bajo un solo paraguas.
La lluvia había arreciado. Las aceras brillaban. Sostenía el paraguas inclinado hacia mí, de modo que su hombro izquierdo se iba oscureciendo con el agua; cuando se lo señalé, dijo: «Soy impermeable», con el tono de quien declara su grupo sanguíneo.
A mitad de una calle lateral se detuvo.
En la esquina se alzaba un antiguo edificio de departamentos, cinco pisos de estuco ocre con guirnaldas de piedra sobre las ventanas y dos gigantes barbudos que sostenían el balcón con los hombros encorvados. La mitad estaba envuelta en andamios y malla verde. Entre los huecos se veía dónde habían retirado el estuco hasta dejar el ladrillo al descubierto y dónde alguien había sujetado etiquetitas de papel a las grietas, cada una numerada a lápiz.
Lo miró durante mucho tiempo. No como miran los turistas los edificios. Como mira un médico una radiografía.
—Está inclinado —dijo—. Muy poco. Hacia la calle. ¿Ves las ventanas del tercer piso? Los dinteles no están nivelados.
Incliné la cabeza. Yo no veía más que un edificio bonito bajo la lluvia. —¿Se va a caer?
—No. Lleva cien años inclinado. Está cómodo así. —Señaló con la cabeza las etiquetas de papel—. Quien está trabajando en él sabe lo que hace. No intenta obligarlo a ponerse derecho. No se obliga a un edificio antiguo a hacer nada. Se le pregunta dónde le duele, después se escucha y después se le ayuda a cargar con lo que ya lleva encima.
—Eso suena a filosofía.
—Es ingeniería.
—Suena —dije— a un hombre describiendo algo que no es un edificio.
No respondió a eso. Miraba los andamios, los tubos, las tablas y la malla que se movía con el viento; por un momento le cruzó la cara algo para lo que yo no tenía nombre. No era tristeza. Algo más tenso y antiguo. Miraba los andamios como algunas personas miran el agua profunda.
Entonces un ciclista dobló la esquina demasiado rápido y atravesó el charco a nuestro lado; una lámina de agua gris se alzó, y él me atrajo contra su cuerpo, se dio la vuelta y la recibió entera sobre los hombros.
Yo me reía. Él chorreaba. Me miró desde muy cerca, con la lluvia resbalando del cabello y por la cicatriz, y levanté la mano sin pensarlo para secársela con el pulgar.
Tenía la mano helada. La atrapó, la miró con el ceño fruncido y la metió en el bolsillo de su abrigo, cerrando la suya alrededor de la mía. Había algo pequeño, duro y redondo allí con nosotros.
—Tu moneda —dije.
—Va conmigo a todas partes.
—¿Te da suerte?
—Siempre cae del lado que necesito. —Entrelazó sus dedos con los míos en la oscuridad del bolsillo—. Eso no es suerte. Es saber qué vas a elegir tú.
Dejé de caminar. —Hiciste trampa. La primera noche. Con las literas.
—Gané limpiamente.
—Sabías que iba a decir cara.
—Todo el mundo dice cara —dijo—. Casi nadie quiere admitir que es de los que eligen cruz.
—¿Y yo de qué clase soy?
Me miró bajo el paraguas, mi mano atrapada en su bolsillo, los dos húmedos, con frío y sin ninguna prisa.
—Todavía lo estoy averiguando —dijo—. Me gustaría tomarme mi tiempo.
Recorrimos así el resto del camino hasta la estación, mi mano en su bolsillo, su moneda tibia apretada entre nuestras palmas, y no la retiré.
Aquella noche el coche comedor estaba lleno, ruidoso y dorado; nos llevaron a una pequeña mesa para dos en el extremo, contra la ventana, con un mantel blanco que llegaba casi al suelo.
Me fijé en el mantel. Pensaría en aquel mantel el resto de mi vida.
Habíamos salido de Viena al anochecer. Afuera, las llanuras al este de la ciudad se volvían azules y después negras, con algún grupo de luces que podía ser un pueblo, una gasolinera o una granja solitaria donde alguien miraba por la ventana nuestro largo tren iluminado y se preguntaba quiénes éramos.
Él se había cambiado y llevaba un traje oscuro. Yo me había puesto el único otro vestido que había llevado que no era para trabajar: negro, sin mangas, muy escotado en la espalda. Había sentido sus ojos sobre esa espalda a lo largo de todo el pasillo, como una mano.
Pedimos. Hablamos. Del Danubio, al que pronto llegaríamos y que volveríamos a encontrar al final de la línea. De si la violonchelista era tan famosa como decía Bastien. Del padre estadounidense, que había intentado darle una propina en dólares al barman. Cosas pequeñas, seguras. Cosas del presente.
A mitad del plato principal, su rodilla tocó la mía debajo de la mesa.
Seguí comiendo. Seguí hablando, algo sobre el pato. Él seguía mirándome con aquel rostro grave y atento, como si yo explicara algo importante. Su rodilla no se apartó. La mía tampoco.
Cuando el mesero retiró los platos, su mano se posó en mi rodilla.
Solo descansaba allí. Cálida a través de la fina seda de mi media. Pesada. El pulgar quedó a lo largo de la cara interna de mi rodilla sin moverse, y dejé la copa con muchísimo cuidado porque mi mano había dejado de ser confiable.
—Esto no cuenta —dije en voz baja.
—No hay ninguna estación —convino—. Nada cuenta.
—Alguien podría vernos.
—El mantel es muy largo. —Se recostó en la silla, perfectamente sereno, girando el tallo de la copa de vino con la mano libre—. Y tú eres la que sabe decir basta en no sé cuántos idiomas.
—No lo estoy diciendo.
—Me he dado cuenta.
Llegó el sommelier. Era un joven austríaco solemne, con una cadena de plata al cuello y una opinión firme sobre los vinos húngaros de postre; se dirigió a mí, porque yo había pedido la primera botella, en un alemán rápido y aplicado.
Debajo de la mesa, la mano en mi rodilla empezó a moverse.
Despacio. Subió unos centímetros por la cara interna de mi muslo. Se detuvo. El sommelier explicaba algo sobre la podredumbre noble. Asentí. Dije «Ja», y la voz me salió casi normal. La mano se movió otra vez, otros centímetros, la seda susurrando bajo su palma; encontró el punto donde terminaba la media y empezaba la piel, y descansó allí, el pulgar trazando una línea lenta sobre aquel límite, de ida y vuelta, de ida y vuelta.
Miraba al sommelier. Miraba su cadena de plata. Había dejado de oír una sola palabra de lo que decía.
—Und für die Dame? —preguntó el sommelier. ¿Y para la dama?
El pulgar se quedó quieto, esperando.
Al otro lado de la mesa, el hombre cuyo nombre no sabía me observaba por encima del borde de su copa. Ojos grises, firmes, oscuros a la luz de la lámpara. Esperando a ver qué diría. Dándome todas las oportunidades de apartar la rodilla.
No aparté la rodilla.
—Ja —le dije al sommelier, sosteniendo aquellos ojos grises—. Genau das. Bitte. Mehr davon.
Sí. Exactamente eso. Por favor. Más.
El sommelier sonrió encantado y se fue a buscar el Tokaji. El arquitecto, que hablaba un alemán correcto y rígido, dejó su copa con gran precisión.
—Eso lo entendí —dijo.
—Lo sé —dije.
Su mano subió dos centímetros y medio más, se detuvo y oí cómo se me cortaba el aliento, fuerte en mis oídos, aunque nadie se volvió.
Entonces retiró la mano, dobló la servilleta, se puso de pie y me tendió la mano por encima de la mesa como si me invitara a bailar.
—Camina conmigo —dijo.
El pasillo estaba en penumbra, se balanceaba y estaba vacío. Todos los demás seguían cenando. Las ventanas eran espejos negros que recorrían todo el vagón, y nuestros reflejos caminaban a nuestro lado, el hombre alto y oscuro y la mujer de negro, fantasmas del otro lado del cristal.
Al final del vagón había un pequeño vestíbulo donde el pasillo se estrechaba antes de la puerta de comunicación con el siguiente coche; el suelo se movía bajo los pies con la articulación entre ambos, y el ruido de las ruedas subía más fuerte, un largo rugido de hierro.
Él se detuvo allí. Yo también.
No me besó. Apoyó una mano abierta en el cristal detrás de mi cabeza, me miró y esperó.
Había pasado tres años esperando que un hombre me dijera la verdad. No iba a esperar a que este me besara.
Le tomé el rostro con ambas manos, el lado liso y el lado marcado, y lo atraje hacia mí.
Su boca estaba cálida y sabía al vino dulce que no habíamos terminado. El primer contacto fue cuidadoso, casi una pregunta; sus labios se movían sobre los míos como si leyeran algo escrito allí. Entonces hice un sonido pequeño e indefenso contra su boca, y algo dentro de él cedió como un muro que se desploma. Su otra mano llegó a la piel desnuda de mi espalda baja, dentro del escote del vestido, me apretó contra su cuerpo y me besó como si no hubiera pensado en otra cosa desde París.
El tren rugía. El suelo se movía bajo nosotros. Yo estaba apretada entre el cristal negro y frío y su calor duro, su mano abierta sobre mi espalda desnuda, su pulgar encontrando los salientes de mi columna uno a uno, contándolos como escalones a oscuras. Le mordí el labio inferior y él gimió, un sonido bajo y áspero que sentí en mi propio pecho; su rodilla se apretó entre las mías, yo tenía los dedos en su cabello y no me importaba quién pudiera cruzar aquella puerta.
Entonces cambió la nota de las ruedas.
Más lenta. El ritmo estirándose. Luces deslizándose junto al cristal negro, después más luces, un andén, un letrero en dos idiomas que leí sin querer. Hegyeshalom. La frontera. Un cambio de locomotora, había dicho Bastien durante el desayuno. Quince minutos.
Levantó la cabeza. Los dos respirábamos como si hubiéramos corrido a lo largo de todo el tren.
—Una estación —dijo con voz ronca.
—Una estación —dije.
—Te toca preguntar.
Alcé la vista hacia él. Tenía el cabello revuelto por mis manos y la boca oscura por la mía; los bordes de la cicatriz se habían sonrojado, ligeramente rosados junto a la costura pálida, y sus ojos grises ya no estaban tranquilos. Ni un poco.
—Arquitecto —dije—. ¿Verdad o reto?
—Reto —dijo al instante.
—Llévame a nuestro camarote —dije— y cierra con llave.
Me tomó de la mano. Recorrimos el pasillo sin hablar, pasamos las puertas azules con números de latón, el camarote cinco, donde alguien reía suavemente, los pájaros de marquetería que alzaban el vuelo entre sus juncos. El camarote siete. Abrió la puerta corredera, me hizo entrar y la cerró detrás de nosotros.
La cerradura era un pequeño pestillo de latón. Lo giró. En el silencio del tren detenido, el clic sonó tan fuerte como un disparo.
Se volvió. Su espalda contra la puerta. La mía contra la ventana, igual que la primera noche, la longitud de mi antebrazo entre los dos.
—Reto cumplido —dijo—. La siguiente estación es Budapest. Dos horas.
—Entonces, durante dos horas —dije—, nada cuenta.
Afuera, en el andén, alguien gritó en húngaro. Una nueva locomotora se acopló a la parte delantera del tren con un profundo estremecimiento metálico que recorrió el suelo, las paredes, mis pies descalzos y subió por mi cuerpo.
Llevé la mano hacia atrás, encontré el cordón de la cortina de seda y lo dejé exactamente donde estaba. Arriba.
—Babel —dijo muy bajito.
—Quítate la chaqueta —dije.
































