Busca tu abrigo
Sera
La noche en que la familia Marchetti entró en guerra, yo estaba decantando un Barolo de 2004 para un hombre que quería saber si era «del bueno».
—Tiene veintidós años y viene de una ladera del Piamonte donde la niebla se posa en las vides como un gato —le dije, inclinando la botella para que la vela detrás del cuello iluminara el sedimento que avanzaba hacia el hombro—. Es mejor que el bueno. Es lo que el bueno quiere ser cuando crezca.
Su acompañante se rio. Él no. Era de esos hombres que piden según el precio y dejan propina según el humor. Yo llevaba de pie desde las tres de la tarde, así que de todos modos le di mi mejor sonrisa. Sonreír era el trabajo. Sonreír y saber cosas. A los veintisiete era la sumiller jefa más joven que había contratado Velluto y me lo había ganado de la forma aburrida: ocho años de catas a ciegas, dos vendimias en Borgoña que me destrozaron la espalda baja y un examen de certificación que aprobé al segundo intento con una gastroenteritis.
Nada de eso le importaba al hombre de la mesa nueve. Hacía girar la copa como si intentara arrancar un motor.
Estaba a mitad de explicar las notas de alquitrán y rosas cuando el salón cambió de temperatura.
Aprendes a sentir esas cosas cuando creces como crecí yo. Una presión detrás de las orejas. La voz de quien recibe a los clientes subiendo medio tono en la entrada. No me di la vuelta. Terminé de servir, dos dedos en cada copa, limpié el borde del decantador con la servilleta de lino y lo dejé sin hacer ruido.
Entonces levanté los ojos y encontré el reflejo en la ventana oscura detrás de la mesa nueve.
Dante Ferraro estaba apenas dentro del comedor, con un abrigo gris carbón, lluvia en los hombros y las manos sueltas a los costados. Dos hombres esperaban detrás, junto al guardarropa, anchos y pacientes como los muebles. Él no miraba el salón. No miraba a la anfitriona, que decía algo de una reserva. Me miraba a mí.
Llevaba diez años mirándome así, de vez en cuando. Como un hombre que lee un contrato buscando la cláusula que va a hacerle daño.
—Que lo disfruten —le dije a la mesa nueve, y me alejé antes de que me temblaran las manos.
Me tomé mi tiempo. Comprobé la temperatura de la nevera de vino blanco. Firmé un comprobante de entrega que no necesitaba firma. Le dije a Marco, en la barra, que quedaba poco Sancerre, y me miró como diciéndome que sabía exactamente quién estaba junto al guardarropa y que no debía hacer esperar a ese hombre.
Hice esperar a ese hombre cuatro minutos más. Fue lo más divertido de mi semana.
Cuando al fin fui a la entrada, Dante no se había movido. Ni había cambiado el peso de una pierna a otra ni mirado el reloj. Llevaba su calma como otros hombres llevan colonia, aplicada en la garganta e imposible de ignorar. Treinta y ocho años, pelo oscuro, corto y con canas sobre las orejas, una cara hecha de líneas rectas y una torcida donde le habían roto la nariz antes de que yo lo conociera. Sus ojos eran de un color que llevaba diez años negándome a nombrar. Gris, si eras perezosa. Pizarra mojada, si eras sincera.
—Consigliere —dije—. La cocina de Velluto cerró a las once. Si tienes hambre, hay un puesto de hot dogs en Halsted.
—Busca tu abrigo, Serafina.
Nadie me llama Serafina. Mi padre me llamaba Sera, mi padrino me llama tesoro, las chicas con las que antes servía mesas me llaman Lucky por mi apellido y su propia falta de imaginación. Solo Dante Ferraro usa el nombre entero, cada sílaba, como si pusiera un cubierto en una mesa.
—No —dije amablemente—. Tengo una mesa de cuatro terminando un Sauternes y un hombre en la nueve que cree que los taninos son una especie de pájaro. Estoy trabajando.
—Estabas trabajando. —Tenía la voz baja y uniforme. Siempre la tenía así—. Ahora te vas.
—¿Es una orden?
—Es una cortesía. La orden viene después.
Me crucé de brazos. «No trabajo para la familia. No recibo dinero de la familia. No voy a los bautizos de la familia a menos que la tía Rosa me llame llorando. Hice un solo trato con mi padrino: tener una vida en la que hombres como tú no entren en mi restaurante oliendo a lluvia y pólvora».
Esa última parte fue una suposición. La leve dilatación de sus fosas nasales me dijo que había acertado.
Se acercó un paso. No mucho. Nunca se acercaba a mí más de la distancia de un brazo; lo había notado años atrás y había pasado una cantidad vergonzosa de tiempo preguntándome por qué. Metió la mano en el abrigo y sacó un teléfono.
—Esta noche, a las nueve y cuarto —dijo—, estalló un coche bomba frente al Garibaldi Social Club, en Taylor Street. Han muerto tres de los nuestros. Tu padrino salió por la puerta de atrás once minutos antes de que explotara, porque quería un puro y Rosa no lo deja fumar dentro.
El suelo se movió bajo mis pies. Apoyé una mano en el atril de recepción.
—¿Está…?
—Está bien. Enojado. Vivo. —Giró el teléfono hacia mí—. A las nueve y cuarenta llegó esto a su número privado.
Era una foto mía. La habían tomado esa tarde a través de la ventana de mi departamento de Grand Avenue: yo en la cocina con una camiseta azul desteñida de una ruta de bares que no recuerdo, el pelo hecho un nudo, comiendo cereal de la caja. Alguien había dibujado un círculo rojo alrededor de mi cabeza. Debajo, el mensaje decía: La ahijada es la siguiente. Dile al viejo que piense en eso.
Dejé de sentir los dedos.
—Quién —dije. La voz me salió mal.
—Los Kearney. O alguien que quiere que pensemos eso. —Dante guardó el teléfono—. Esta noche hay dos autos en tu calle que no deberían estar allí. Ayer no había ninguno. No voy a dejar que duermas en ese departamento, Serafina, ni voy a discutirlo delante de tu anfitriona, que evidentemente está llamando a alguien.
Me volví. Danielle, la anfitriona, puso el teléfono boca abajo sobre el atril y fingió estudiar el libro de reservas.
—Está llamando a nuestro gerente —dije—. Porque un hombre enorme con abrigo no quiere irse.
—Entonces debería decirle que tienes una emergencia familiar. —Hizo una pausa—. No sería mentira.
Busqué mi abrigo.
También busqué mi sacacorchos, el bueno con mango de palisandro, y la pequeña copa de plata que llevaba en una cadena bajo la blusa. Un tastevin, la copa poco profunda con pequeñas hendiduras que los viejos sumilleres borgoñones usaban para evaluar el vino a la luz de las velas en las bodegas. Había sido de mi padre. No sabía nada de vino cuando la compró en una tienda de antigüedades de Lyon durante su luna de miel, pero le había gustado cómo atrapaba la luz. Me dejaba beber jugo de uva en ella durante el almuerzo de los domingos mientras mi nonna lo fulminaba con la mirada. Era la única cosa suya que yo había llevado puesta.
La toqué a través de la seda mientras salía a la lluvia entre dos hombres que olían a lana mojada y un tercero que no me tocaba en absoluto.
El auto era un sedán negro con el motor encendido. Uno de los hombres mueble, Lorenzo, un gigante de voz suave con una cicatriz que le atravesaba una ceja, me abrió la puerta trasera. Dante subió por el otro lado. Incluso en el asiento trasero dejó entre los dos un espacio del ancho exacto de la mano de un hombre. Lo medí. Por supuesto que lo medí.
—¿Adónde vamos?
—Lejos.
—Eso no es un lugar.
—Es el único que te voy a decir hasta que estemos en el aire.
—¿En el aire? —Me giré hacia él—. Dante, tengo turno mañana. Tengo una cata el jueves. Tengo una planta que morirá si nadie la riega, se llama Gloria y ya ha pasado por bastante.
—Lorenzo regará a Gloria.
Lorenzo, al volante, dijo: «Con gusto», con lo que sonó a sinceridad de verdad.
Me eché hacia atrás con fuerza y miré la ciudad deslizándose afuera, la lluvia convirtiendo las luces de la calle en largas manchas doradas sobre el cristal. El corazón me latía demasiado rápido. No solo por miedo, aunque había mucho, frío y agrio en el estómago. También estaba aquella vieja sensación, la que llevaba conmigo desde los diecisiete. La que aparecía cada vez que estaba en un espacio pequeño con Dante Ferraro y él ni siquiera respiraba más fuerte.
Tenía diecisiete años cuando mi padre murió en un estacionamiento de Wacker Drive. Se suponía que era una reunión. No era una reunión. Recuerdo el funeral a pedazos: lirios tan dulces que me daban arcadas, la mano de la tía Rosa apretada en la mía, mi padrino llorando sin ocultarlo, con los hombros enormes sacudidos, el sacerdote pronunciando mal Lucchese. Y Dante, de veintiocho entonces, junto a la tumba bajo la lluvia, sin paraguas, el agua bajándole por el pelo, por la cara y dentro del cuello de la camisa, perfectamente inmóvil.
Él había estado con mi padre al final. Todo el mundo lo sabía. Y se quedaba allí como un hombre que espera un autobús.
Después, cuando los autos se iban y yo no lograba hacer que las piernas me alejaran del agujero en la tierra, se acercó y se puso a mi lado. Le pregunté: «¿Por lo menos te caía bien?».
Dijo: «Ve adentro, Serafina. Te estás mojando».
Eso fue todo. Eso había sido todo. Diez años odiando a un hombre por seis palabras y el color de sus ojos.
Desde entonces lo había visto unas dos veces al año. Nochebuena en casa de mi padrino, en River Forest, donde se sentaba al fondo de la mesa y solo hablaba cuando le hablaban. Bautizos. Alguna que otra boda. Cuando regresé de Francia a los veinticinco, la familia me organizó una cena que yo no había pedido, el Don abrió un Amarone que había estado guardando y yo le dije delante de treinta personas que estaba cocido, que alguien lo había almacenado junto a un radiador y que debía devolvérselo a quien se lo hubiera vendido. El salón quedó en silencio. Mi padrino se puso morado. Y Dante Ferraro, al fondo de la mesa, tomó su copa, la olió y dijo: «Tiene razón».
Me había reído de él. En voz alta. Ah, ahora tienes opinión.
No me había quitado los ojos de encima el resto de la noche.
—Me estás mirando —dijo ahora, sin girar la cabeza.
—Estoy mirando a través de ti. Hay una diferencia.
—La hay.
—Eres muy transparente. Como una ventana. O un fantasma.
Se le movió una comisura. No era una sonrisa. Él no sonreía. Era más bien como si un comité hubiera considerado una sonrisa y la hubiera rechazado.
El avión esperaba en una pista privada al otro lado de la frontera con Indiana, una cosita elegante con la puerta abierta y la escalerilla desplegada, iluminada como un joyero contra la oscuridad. La lluvia había aflojado hasta ser neblina. Un piloto con cortavientos asintió a Dante y no me miró, lo que me dijo todo sobre el tipo de piloto que era.
—Esto es una locura —dije al pie de la escalerilla—. Entiendes que es una locura.
—Entiendo que alguien dibujó un círculo rojo sobre tu cara. —Dante estaba dos escalones por encima. Con la escalerilla me sacaba casi un pie de altura y lo aprovechaba sin parecer que lo intentara—. Sube al avión.
—Di por favor.
Me miró desde arriba durante un largo rato. La neblina se le había convertido en gotas sobre las pestañas. Algo se movió detrás de sus ojos, apareció y desapareció, como un pez girando en aguas profundas.
—Por favor —dijo en voz baja—, sube al avión, Serafina.
Fue peor que una orden. Subí al avión.
La cabina olía a cuero y limpiador de limón. Tomé el asiento más alejado de la puerta y él tomó el que estaba enfrente, al otro lado del pasillo. Lorenzo se quedó en la pista y la puerta se cerró con una suave y definitiva succión de aire. Observé a Dante abrocharse el cinturón con la misma precisión sin prisa con que hacía todo: tirar, clic, un pequeño ajuste para dejar la correa plana. Tenía manos hermosas. Odiaba saberlo. Dedos largos, una cicatriz blanca sobre los nudillos izquierdos, un reloj sencillo de acero al que todavía daba cuerda a mano porque, sospechaba yo, no confiaba en nada que llevara la cuenta del tiempo sin que se lo ordenaran.
Los motores subieron hasta un silbido. Chicago se inclinó y quedó abajo, una caja de luces derramada.
Su teléfono vibró cuando nivelamos el vuelo. Miró la pantalla y algo en su postura se enderezó más, si eso era posible.
—Sí —dijo. Después de una pausa—: Está conmigo. Estamos en el aire.
Mi padrino. Oía el retumbo de su voz, no las palabras. Me incliné sobre el pasillo sin vergüenza.
Dante no se apartó. Solo escuchaba, con los ojos en el óvalo oscuro de la ventanilla. «Tres días como mínimo. Tal vez dos semanas. Hasta que sepamos quién mandó la foto». Otra pausa, más larga. El retumbo aumentó. Oí mi nombre, o su forma.
—Entendido —dijo Dante.
La voz del otro lado dijo algo más. Algo que se prolongó un rato. Observé el rostro de Dante mientras escuchaba y, por una vez, vi que lo golpeaba. No mucho. Un destello en la articulación de la mandíbula. Su pulgar presionando, muy brevemente, el cristal del reloj.
—Nadie —dijo—. Tienes mi palabra. —Un instante—. Incluyéndome a mí.
Colgó.
Esperé. No habló. Dejó el teléfono boca abajo sobre el muslo y miró de frente la puerta de la cabina del piloto.
—¿Incluyéndote a ti, qué? —dije.
—No es asunto tuyo.
—Mi cara tiene un círculo rojo, Dante. Todo es asunto mío.
Se quedó callado tanto tiempo que pensé que había decidido no responder. Cuando lo hizo, tenía la voz plana y cuidadosa, la de un hombre que repite una cláusula de un contrato para asegurarse de haberla entendido bien.
—Las instrucciones de tu padrino —dijo— son que, mientras estés bajo mi protección, ningún hombre te ponga una mano encima. Ningún guardia, ningún conductor, ningún soldado, nadie. Quien te toque responderá ante él. —Al fin giró la cabeza y me miró directamente—. Y no se refiere a pedir disculpas.
Se me secó la boca. «Eso es medieval».
—Es amor. En esta familia se parecen.
—¿Y «incluyéndome a mí»?
—Quería que se dijera en voz alta. —Sus ojos no se apartaron de los míos—. Así que lo dije.
La cabina zumbaba. En algún lugar debajo de nosotros, Illinois se convirtió en Iowa en la oscuridad. Debería haberme sentido aliviada. Debería haberme sentido a salvo, envuelta en la devoción fea y sangrienta de mi padrino, volando hacia el oeste con un hombre que en diez años ni una sola vez me había estrechado siquiera la mano.
Lo que sentí fue calor, bajo y repentino, subiéndome por la nuca. Como si alguien me hubiera retado a hacer algo y yo todavía no hubiera oído las palabras.
—Entonces no tienes permitido tocarme —dije despacio.
—No necesito permiso. No pensaba hacerlo.
—¿Nunca?
—Duerme, Serafina. El vuelo es largo.
—¿Crees que voy a dormir en un tubo de puros volador contigo sentado ahí como la estatua de un santo decepcionado?
Levantó la mano y apagó la luz de lectura sobre mi asiento. La oscuridad cayó suave. En ella, su voz sonaba más cerca de lo que estaba.
—Creo que llevas once horas de pie, no has comido nada salvo un palito de pan y media copa del Chablis de alguien, y todavía te tiemblan las manos. —Una pausa—. Cierra los ojos. Estaré aquí cuando los abras.
No le pregunté cómo sabía lo del palito de pan. No pregunté por qué esa última frase me cerraba la garganta. Cerré los ojos para demostrar que no lo hacía porque él me lo dijera.
Me dormí en cinco minutos.
Cuando desperté, la cabina estaba llena de una luz gris y tenue y alguien me había puesto una manta encima.
La había metido bajo mis pies. Con cuidado. Como arroparías a alguien a quien no tienes permitido tocar: solo las esquinas, nada que pudiera rozar la piel. Me quedé mucho tiempo debajo de ella, sintiendo algo para lo que no tenía nombre.
El avión descendía. Por la ventanilla, la tierra de abajo era todo colinas plegadas y largas hileras verdes, doradas donde las tocaba la mañana, envueltas en cintas bajas de niebla que se aferraban a los valles como leche en un platillo. Conocía esa luz. Mi estómago la reconoció antes que mi cerebro.
—No —dije en voz alta.
Dante, al otro lado del pasillo, estaba despierto. No sabía si había dormido alguna vez. Se había quitado la corbata y abierto un botón del cuello, y tenía una sombra tenue en la mandíbula. De algún modo eso era más indecente que si hubiera estado desnudo.
—No —repetí—. Dime que no estamos donde creo.
—Aterrizamos en Napa County dentro de nueve minutos —dijo—. Desde allí son cuarenta minutos en auto.
—¿Hasta dónde?
Pero ya lo sabía. Lo sabía como reconoces una canción por las dos primeras notas.
El auto esperaba en la pista, una SUV gris anónima con placas de California. Esta vez conducía él, sin Lorenzo, sin muebles. Subimos desde el fondo del valle por una carretera de dos carriles que serpenteaba entre robles y hierba seca y dorada. Las ventanillas estaban bajas. El aire olía a polvo y a laurel calentado por el sol y, débilmente, dulce y podrido por debajo, al olor de uvas que se habían quedado demasiado tiempo en las vides a finales de octubre.
No había olido eso en diez años. Me tapé la boca con la mano.
Él no dijo nada. No me miró. Pero redujo la velocidad, apenas, en la última curva, como si entendiera que yo necesitaba un segundo más antes de que apareciera la entrada.
Era más pequeña de lo que recordaba. Dos pilares de piedra, uno inclinado, cubiertos de rosales silvestres. Una verja de hierro que mi padre había encargado a un herrero de Calistoga, ahora oxidada del color de la sangre seca. Y cruzando la parte superior, en letras de hierro forjado que una vez habían estado pintadas de oro, el nombre que le había dado al lugar el año en que cumplí ocho y él decidió, con todo el corazón, convertirse en un hombre que hiciera vino.
VIGNA SERAFINA.
El auto quedó al ralentí. Me ardían los ojos.
—Me trajiste aquí —dije—. De todos los lugares del mundo.
—Es el último sitio donde alguien buscaría.
—Es el último sitio al que yo iría. —Me volví hacia él, furiosa, la voz quebrándose por la mitad—. Lo sabes. Tú más que nadie lo sabes.
—Lo sé. —Puso el auto en estacionamiento y al fin me miró. Su rostro era el mismo rostro sereno de la lluvia junto a la tumba de mi padre, indescifrable como una puerta cerrada—. Por eso es seguro.
Bajó a abrir la verja. Lo observé en el espejo lateral, los hombros trabajando bajo la camisa blanca mientras arrastraba el hierro oxidado por su riel, el sol atrapando las canas de sus sienes, y pensé con mucha claridad: Voy a estar sola en la casa de mi padre con este hombre durante dos semanas y él ha jurado por su vida que jamás me tocará.
Y después llegó el pensamiento peor, el que subió de algún lugar bajo, caliente y peligroso, el que pasaría los próximos cuatro días intentando ahogar:
Me pregunto qué haría falta para hacerlo ceder.
Las reglas de la casa
Dante
Llevaba deseando a Serafina Lucchese dos años, tres meses y una cantidad de días que me negaba a contar, porque contarlos significaría admitir que lo sabía.
Empezó con el Amarone. Antes de aquella noche había sido la hija de Tommaso, una muchacha de lengua afilada al fondo de la mesa que se fue a Francia y volvió más alta, de algún modo, aunque no había crecido ni una pulgada. Entonces levantó una copa hacia la araña del comedor de Aurelio, arrugó la nariz y le dijo al hombre más peligroso de Chicago que lo habían estafado. Treinta personas dejaron de respirar. Probé el vino porque quería saber si estaba fingiendo.
No fingía. Sabía a ciruelas cocidas y a un desván caliente.
—Tiene razón —dije, porque la tenía y nunca he podido dejar una verdad sin defensa.
Se volvió y se rio de mí. A carcajadas, con la cabeza hacia atrás, encantada consigo misma y desdeñosa conmigo en igual medida. Ah, ahora tienes opinión. Y algo en mi pecho que había mantenido bajo llave desde los diecinueve se dio la vuelta en sueños y abrió un ojo.
Volví a dormirlo. Desde entonces llevo volviéndolo a dormir todos los días.
Ese era el trabajo. No el del papel. En el papel dice consigliere, asesor, el hombre que lee los contratos, recuerda las deudas y le dice la verdad al Don cuando nadie más lo hace. El trabajo real, el que me había dado el día en que su padre se desangró contra mi camisa en un estacionamiento, era más sencillo. Mantenla al margen. Tommaso lo había dicho con sangre entre los dientes. Dante. Mantenla al margen. Y lo había hecho. Mantuve a los hombres lejos de sus restaurantes. Me aseguré de que nadie de la familia le pidiera jamás un favor, una firma, un lugar para esconder una bolsa. Me aseguré de que los Kearney, el Outfit, los rusos del North Side y cada criatura hambrienta de esa ciudad entendieran que Serafina Lucchese no era una pieza del tablero.
Y nunca la toqué. Ni una vez en diez años. Ni un apretón de manos. Ni una mano en el codo sobre un escalón helado. Porque sabía, con la certeza sorda de un hombre que ha leído muchísimos contratos, que, si alguna vez empezaba, no sabría detenerme.
Ahora Aurelio lo había convertido en ley. Nadie. Incluyéndote a ti, Dante. Dilo.
Lo dije. Lo dije en serio. He cumplido cada orden que ese hombre me ha dado desde los diecinueve, cuando me sacó de una celda del Distrito Catorce con los nudillos abiertos y mi padre muerto desde hacía tres días. Diecinueve años. Yo no me quiebro.
Entonces ella se quedó en el camino de grava de la casa de su padre, abrazándose a sí misma, mirando las ventanas cerradas con la boca temblorosa, y entendí que iban a ser dos semanas muy largas.
La casa estaba en lo alto de la propiedad, una construcción de campo larga y baja de piedra color miel, con techo de terracota y porches profundos en tres lados. Tommaso la había construido el año después de comprar la tierra, cuando todavía pensaba que se retiraría allí, engordaría, se broncearía y discutiría con los ciervos. Debajo, el viñedo bajaba por la ladera en hileras, la mayoría asilvestradas, los sarmientos enredados unos con otros y la hierba hasta la cintura entre ellos. Solo una parcela, una pendiente de vides viejas y retorcidas del lado este, parecía cuidada. Racimos negros colgaban pesados y polvorientos bajo las hojas.
Yo había pagado por eso. Ella no lo sabía.
—Debería estar en ruinas —dijo al subir los escalones del porche. Pasó las puntas de los dedos por la barandilla. Salieron limpias—. Han pasado diez años. Debería venirse abajo.
—Está bien construida.
—Alguien ha estado aquí. —Giró la llave que le había dado, empujó la puerta y se quedó en el umbral respirando. La casa olía a cera de abeja, piedra fría y lavanda. Ernesto, bendito fuera su corazón terco, había hecho exactamente lo que le pedí al llamarlo desde el avión: ventilar los cuartos, abrir el agua y el propano, poner comida en el refrigerador y sábanas limpias en dos camas y después volver cuesta abajo a su casita sin esperar a vernos—. Alguien ha estado limpiando. ¿Quién paga los impuestos de la propiedad?
—La herencia.
—¿Qué herencia? La herencia de mi padre fue una parcela de cementerio y una pila de deudas con hombres sin apellido.
—Ve adentro, Serafina.
Se giró tan rápido que el pelo le voló. Por un segundo su cara volvió a tener diecisiete años, blanca y furiosa bajo la lluvia.
—No —dijo—. No te atrevas a decirme eso aquí.
Entonces lo oí, lo que había dicho. Las mismas palabras. No las había dicho con el mismo sentido. Nunca habían significado lo que ella pensaba.
—Lo siento —dije.
Se me quedó mirando. En mi vida adulta me había disculpado quizá con cuatro personas y tres de ellas habían estado muriéndose. Pareció percibir lo raro del hecho. Se le aflojaron un poco los hombros. Se dio la vuelta y entró sin otra palabra. La seguí, cerré la puerta y me quedé un segundo más de lo necesario con la espalda contra ella.
Le di las reglas en la mesa de la cocina, porque las reglas son más fáciles de escuchar al otro lado de una mesa.
—Sin teléfono. —Extendí la mano. La miró como si le ofreciera un pez muerto—. Lo recuperarás cuando todo esto termine. Es una baliza.
—Lo apagaré.
—Lo encenderás a las dos de la madrugada para ver si tu restaurante publicó algo de tu «emergencia familiar». El teléfono.
Me lo estampó en la palma sin dejar que sus dedos rozaran los míos. Un truco pulcro. Llevaba años haciéndolo; reconocía la calidad del trabajo.
—Segunda. No sales de la propiedad. Ni a la carretera, ni al pueblo, ni a dar un paseo para despejarte. La cerca es el límite del mundo.
—¿Cuánto mide el mundo?
—Cuarenta y un acres.
—Generoso. —Se apoyó la barbilla en la mano. Tenía los ojos castaño oscuro, casi negros bajo la luz tenue de la cocina, y muy brillantes—. Sigue. ¿Cuál es la tercera? ¿Nada de bailar? ¿Nada de cantar en la ducha? ¿Nada de pensamientos impuros?
—Luces bajas al anochecer. Cortinas cerradas en cualquier cuarto que dé a la carretera. Si digo que te agaches, te agachas. Si digo que corras, corres. No preguntas por qué hasta después.
—¿Y si yo tengo reglas?
Me recliné en la silla. «Escuchémoslas».
Levantó un dedo. «No me llamas Serafina».
—No.
—¿No? Es mi regla, no puedes simplemente…
—Es tu nombre. Es un buen nombre. Tu padre lo eligió de un libro de santos porque decía que habías salido de tu madre discutiendo ya con los ángeles. —Observé su boca abrirse y cerrarse—. No voy a acortarlo para complacerte.
Se tomó un minuto con eso. Cuando volvió a hablar, tenía la voz más áspera.
—Segunda regla. Tú cocinas, yo no. Llevo ocho años en cocinas de restaurantes. Estoy de vacaciones.
—Bien.
—Tercera. —Entonces sonrió, la primera sonrisa de verdad que me daba en dos años, lenta, torcida y perversa en los bordes—. No puedes usar tu calma contra mí. En esta casa no. Cada vez que te pongas frío y callado como una lagartija sobre una piedra, voy a pincharte hasta que dejes de estarlo.
—Eso no es una regla. Es una amenaza.
—¿En esta familia? Lo mismo.
Desapareció por la tarde. Supe adónde había ido antes de encontrarla porque conocía la casa y porque la puerta de la bodega junto a la cocina estaba abierta y abajo había luz.
Tommaso había excavado la bodega en la ladera él mismo, o eso decía. Escalones de piedra, aire fresco que olía a tierra húmeda y roble viejo, una sala larga y abovedada bordeada de botelleros y, más allá, un cuarto pequeño con una puerta pesada y una mesa de cata de nogal marcado. Una sola bombilla colgaba sobre los botelleros. Casi todos estaban vacíos. Ernesto había vendido lo que pudo durante el primer año para pagar el cuidado de las vides, siguiendo mis instrucciones. Pero algunas botellas se habían quedado.
Ella estaba al fondo, sosteniendo una botella hacia la bombilla. No tenía etiqueta. Alguien había escrito sobre el cristal con un lápiz graso blanco, las letras temblorosas y torcidas: T.L. 2015 — per Sera.
Para Sera.
—Lo hizo él —dijo sin volverse—. La última vendimia. Yo tenía dieciséis. Me hizo cosechar con él tres días y me quejé todo el tiempo. Le dije que el vino iba a saber a sus pies. —Giró lentamente la botella a la luz—. Lo embotelló al verano siguiente. Dijo que lo abriría en mi boda. Murió antes de poder hacérmelo probar.
Me quedé al pie de los escalones sin decir nada. No había nada que pudiera decir sin que fuera demasiado.
Levantó la botella para devolverla a un botellero más alto y la madera vieja cedió. No fue dramático. Una tabla se partió con un crujido seco, tres botellas debajo se deslizaron y cayeron, y ella agarró la de 2015 con ambas manos para salvarla, y la salvó. Las otras golpearon el suelo de piedra y estallaron. El vino tinto salpicó las losas. Ella soltó un grito ahogado.
Ya había cruzado la sala antes de decidir moverme.
—No… —Me frené una pulgada antes de que mi mano se cerrara sobre su muñeca. Me detuve tan bruscamente que me tiró el hombro—. Déjala. Despacio. No des un paso.
Puso la de 2015 en la mesa detrás con un cuidado exagerado. Después levantó la mano izquierda y la miró, y yo también. Un fragmento le había abierto la palma cerca de la muñeca. No era profundo, pero sí largo, y sangraba libremente, el rojo brillante corriéndole hasta los pliegues de la muñeca.
—Oh —dijo débilmente—. Qué fastidio.
—Siéntate.
Se sentó en el borde de la mesa de cata. Subí los escalones de dos en dos en busca del botiquín que había visto bajo el fregadero de la cocina, regresé con él y me arrodillé entre el vidrio roto y el vino derramado, que iba a arruinar unos buenos pantalones. No me importó.
—No puedes tocarme —dijo. Había una nota extraña en su voz. Casi un desafío. Casi una pregunta.
—No voy a hacerlo. —Rasgué un paquete de gasas con los dientes—. Extiende la mano. Palma arriba. Plana.
Lo hizo.
No la toqué. Quiero que conste. Vertí solución salina de la botella sobre el corte y observé el agua llevarse la sangre. Con unas pinzas levanté una sola astilla reluciente de la herida y mis dedos nunca tocaron su piel. Doblé una gasa sobre el corte y puse cinta encima con la precisión de un hombre desactivando una bomba. Todo el tiempo sentía el calor de su mano a un octavo de pulgada de la mía, como sostener la palma sobre una vela.
—No te muevas —dije cuando se estremeció con la cinta.
Se quedó inmóvil.
No solo la mano. Toda ella. Dejó de respirar, enderezó la espalda y su cuerpo entero se aquietó a la espera, como una campana golpeada cuando se apaga el sonido. Levanté la mirada.
Me miraba fijamente. Tenía los labios entreabiertos. Un rubor le había subido por el cuello, rosado bajo el dorado de la piel, y las pupilas se habían tragado casi todo el castaño de sus ojos.
Conocía esa mirada. La había visto en otras habitaciones, en otras mujeres, cuando usaba esa voz en otras circunstancias. Nunca había esperado verla en ella.
—Respira —dije, más bajo.
Soltó el aire. Le tembló.
Terminé la cinta. Me senté sobre los talones entre los restos del vino de su padre e hice que mi cara no mostrara absolutamente nada.
—Mantenlo seco —dije—. Te cambiaré el vendaje esta noche.
—Sin tocarme.
—Sin tocarte.
Se deslizó de la mesa con cuidado de no pisar el vidrio y quedó de pie frente a mí un segundo. Yo seguía arrodillado. Era vagamente consciente de que debía levantarme. De que un hombre en mi posición no se queda de rodillas ante la ahijada del Don mientras ella lo mira desde arriba con el pecho subiendo y bajando así.
No me levanté.
—Eres muy bueno en eso —dijo suavemente—. En decirle a la gente qué hacer con su cuerpo.
—Es una habilidad útil.
—¿Sí? —Tomó la botella de 2015 y se la acunó contra el pecho—. ¿Con quién más la usas?
No respondí. Ella sonrió como si lo hubiera hecho, subió las escaleras y me dejó allí de rodillas en la oscuridad.
Preparé la cena. Aglio e olio, porque había ajo, buen aceite y pasta seca en la despensa y porque es un plato que castiga la distracción. Cortas el ajo tan fino que puedas leer a través de él. Lo calientas despacio en el aceite hasta que toma color de paja y ni un tono más oscuro, porque un tono más oscuro lo amarga y tienes que empezar de nuevo. No te alejas. No miras el teléfono. Te quedas y observas.
Ella se sentó en la encimera detrás de mí y me observó observarlo.
—Eres muy intenso con el ajo —comentó.
—El ajo lo merece.
—¿Qué más lo merece?
—Los contratos. Las armas. La masa de pan. —Moví la sartén—. Cualquier cosa que te traicione si dejas de prestar atención.
—¿Y yo?
No me di la vuelta. «Tú eres un trabajo».
—Mentiroso —dijo con tanta alegría que casi quemé el ajo.
Comimos en el porche detrás de la casa, donde no se nos veía desde la carretera, con el sol bajando sobre los Mayacamas y la luz volviendo cobrizas las hileras del viñedo salvaje. Comía como alguien que llevaba ocho años en restaurantes, rápido, con agradecimiento y con los codos sobre la mesa. Me dijo que a la pasta le faltaba chile. Tenía razón. Me habló de Borgoña, de un viticultor de Volnay que la había perseguido fuera de su bodega con una horca por tocar sus barricas y luego la había contratado dos días después. Me habló de la segunda vez que rindió el examen de certificación, sudando por la gripe, catando seis vinos a ciegas con los ojos llorosos y acertando cinco.
—¿Cuál fue el sexto?
—Un Grüner Veltliner que llamé Sauvignon Blanc. —Me apuntó con el tenedor—. No te rías.
—No me río.
—Nunca te ríes. Ese es el problema. Eres como un refrigerador hermoso.
Dejé el tenedor. «Hermoso».
Se puso roja. No rosada. Roja, hasta el nacimiento del pelo, y pinchó un pedazo de pasta como si hubiera insultado a su madre. «Es una expresión».
—No lo es.
—Es una expresión en mi familia.
Le dejé ganar esa. La dejé porque quería verla seguir sonrojándose y lo hizo durante casi un minuto entero, mientras el sol se ocultaba tras las colinas y los grillos empezaban a sonar en la hierba seca y yo me sentaba enfrente con las manos planas sobre la mesa para que no hicieran ninguna estupidez.
Recorrí la cerca al anochecer, como haría todas las noches. Cuarenta y un acres llevan poco más de una hora si vas despacio y escuchas. Los sensores que Ernesto había instalado en la entrada de abajo siguiendo mis instrucciones aparecían en verde en mi teléfono. La carretera del condado estaba vacía. Búhos. Coyotes aullando en algún lugar hacia la cresta. Una vez, un ciervo huyendo entre los sarmientos muertos, que me llevó la mano al arma y el corazón a la garganta para nada.
Cuando regresé cuesta arriba, ella estaba en el porche de la entrada, sentada en el escalón superior con un suéter enorme que tenía que ser de su padre, encontrado en algún armario. La mano vendada le descansaba sobre la rodilla. La botella de 2015 estaba a su lado, sin abrir, y dos copas.
—Te estaba esperando —dijo.
—Deberías estar dormida.
—Dormí en el avión. Alguien me arropó. —Alzó la mirada—. Fuiste tú.
No lo confirmé ni lo negué.
—No voy a abrirla —dijo tocando la botella—. Todavía no. Solo quería tenerla cerca. ¿Es estúpido?
—No.
—¿Tomarías una copa de otra cosa conmigo? Abajo hay un botellero entero de los terribles vinos de mesa de mi padre. Podría encontrarte algo mediocre.
—No bebo cuando estoy de servicio.
—¿Cuándo no estás de servicio?
—Nunca.
Me miró mucho tiempo, con la cabeza inclinada. La luz del porche estaba apagada, según mis reglas, pero había media luna y dibujaba plata en su pómulo y en la curva de su labio.
—Es lo más triste que he oído en mi vida —dijo.
Se levantó. El escalón puso sus ojos a la altura de los míos. Recogió la botella y las copas y, al pasar junto a mí hacia la puerta, se detuvo. Con toda intención, puso la mano sana plana sobre mi pecho.
Justo encima del corazón. A través de la camisa. Su palma estaba caliente.
—Buenas noches, Consigliere —dijo.
Cuatro segundos. Eso fue lo que la dejó allí. Lo sé porque conté, como cuento todo, como había contado los días desde el Amarone. Uno. Sus dedos se flexionaron un poco, como probando si yo era real. Dos. El corazón me golpeó contra su palma una vez, fuerte, y ella lo sintió y se le cortó el aliento. Tres. Sus ojos subieron a los míos, oscuros e interrogantes. Cuatro.
Retiró la mano, entró y cerró la puerta.
La orden era que ningún hombre le pusiera una mano encima. A nadie se le había ocurrido establecer una regla sobre que ella me pusiera una mano encima a mí.
Me quedé en el porche a oscuras mucho tiempo, con mi propia mano apretada en el lugar donde había estado la suya, como un hombre que mantiene cerrada una herida. Llevaba diecinueve años cumpliendo cada orden de Aurelio Marchetti.
A esta le daba cuatro días.
A ciegas
Sera
Para la segunda mañana tenía un plan: irritar a Dante Ferraro hasta que me mostrara una sola emoción humana antes de que yo muriera de aburrimiento en cuarenta y un acres.
Empecé por la casa. Lo hice ayudarme a quitar las sábanas de los muebles del gran salón delantero y, cada vez que él doblaba una en un cuadrado perfecto, yo hacía una bola con la siguiente y se la tiraba a la cabeza. Las atrapó todas sin mirar. Era exasperante. Lo hice llevar el sillón de mi padre al porche para sentarme en él al sol y, cuando lo dejó y retrocedió, le dije que estaba torcido. Lo miró. No estaba torcido. Aun así lo movió un cuarto de pulgada y casi me reí. Después no lo hice porque le vi la cara mientras lo movía y no era que me siguiera la corriente. Era cuidado. Como si el sillón importara porque yo lo había dicho.
No supe qué hacer con eso, así que le tiré otra sábana.
Me cambiaba el vendaje cada noche en la mesa de la cocina, bajo la lámpara colgante, con la misma precisión terrible de la primera vez. Solución salina. Gasa. Cinta. Ni una punta de dedo sobre mi piel. La segunda noche yo ya contenía la respiración antes de que abriera el botiquín. La tercera me sorprendí sentada muy derecha, con la palma hacia arriba, esperando que me dijera que no me moviera. Cuando lo hizo, lo sentí detrás de las rodillas.
No se lo dije. No se lo dije a nadie. Apenas me lo dije a mí misma.
Hacía cosas sorprendentes cuando creía que yo no miraba.
Leía poesía. Encontré el libro en la encimera de la cocina la segunda tarde, junto a una pistola negra en una funda de hombro, como si ambas cosas fueran igual de corrientes: una edición de bolsillo maltrecha de Montale en italiano, con el lomo roto y notas a lápiz en los márgenes en una letra pequeña y erguida. Lo abrí por una página con la esquina doblada y leí una línea sobre un limonero, sobre cómo a veces, en un patio, el amarillo de los limones abre el invierno de tu corazón.
—Deja eso —dijo desde la puerta.
—Lees poesía.
—Leo muchas cosas.
—En italiano. Con notas. —Lo levanté—. Tu letra es muy pequeña y criticona.
Cruzó la cocina y extendió la mano. Le puse el libro en ella. Lo guardó en el bolsillo trasero y me miró un momento con una expresión que no pude interpretar.
—Era de mi madre —dijo—. Es lo único suyo que conservé.
Después salió y yo me quedé en la cocina con la boca abierta, sintiendo que había abierto una puerta que me habían dicho que era una pared.
Lo vi al amanecer del tercer día. Me había levantado a buscar agua y la luz por la ventana de la cocina tenía ese tono lavanda tenue que hay en el valle antes de que el sol pase la cresta oriental. Él estaba en la terraza de atrás sin camisa, haciendo algo lento y controlado con el cuerpo que parecía flexiones inventadas por un sádico. Tenía la espalda larga, delgada y cruzada de músculos, más pálida que los antebrazos. Por el lado izquierdo de las costillas le pasaba una cicatriz gruesa y brillante del largo de mi mano. Vieja. Mal cosida. Alguien lo había suturado deprisa hacía mucho tiempo.
Miré hasta que terminó. Lo vi levantarse, girar los hombros y volver la cara al amanecer con los ojos cerrados, respirando hondo. Por un segundo tuvo el rostro totalmente desprotegido, más joven, cansado de una forma que le llegaba a los huesos.
Entonces abrió los ojos y me miró directamente a través de la ventana.
Se me cayó el vaso. No se rompió. Lo recogí con la cara ardiendo y huí. Cuando volví veinte minutos después estaba vestido, preparando café, y no dijo absolutamente nada, pero me deslizó una taza por la encimera con la cantidad exacta de leche que tomo, algo que nunca le había dicho.
—¿Cómo sabes cómo tomo el café?
—Nochebuena, hace dos años. Le dijiste a Rosa que su café era un crimen de guerra y te preparaste uno.
—¿Te acuerdas de eso?
Bebió su café, miró por la ventana y no respondió, lo que, estaba empezando a aprender, era su propia clase de respuesta.
Esa tarde puse a prueba el límite del mundo.
No lo pretendía exactamente. Bajé entre las hileras salvajes hacia el fondo de la propiedad, donde un arroyo que mi padre llamaba el Arno corría escaso y verde entre los laureles. Seguí caminando y la cerca estaba ahí, tres hilos de alambre vencido y un hueco donde un poste se había podrido. Más allá, un camino de tierra. Más allá, el valle entero, dorado, azul e indiferente. Pasé un pie por el hueco.
—Serafina.
Estaba veinte pies detrás de mí. No lo había oído. Nunca lo oía.
—Solo estoy mirando —dije.
—Mira desde este lado.
Me di la vuelta sin retirar el pie de la cerca. Se había detenido entre la hierba seca con las manos en los bolsillos y el rostro perfectamente sereno, el sol detrás iluminándole los bordes del pelo. No se acercó. No lo necesitaba.
—¿Qué pasa si no lo hago? —dije—. No puedes arrastrarme de regreso. No tienes permitido tocarme.
—No. —Inclinó la cabeza—. Pero vas a volver de todos modos.
—¿Por qué lo haría?
—Porque te lo pedí. —Una pausa—. Y porque quieres ver qué haría si no lo hicieras.
Me quedé allí con el alambre contra el muslo y el pulso en la garganta. Tenía razón. Esa era la peor parte. Quería saberlo tanto que podía saborearlo.
Volví a pasar el pie por el hueco. Despacio. Sin apartar los ojos de los suyos.
Algo se movió en su rostro. Apareció y desapareció tan rápido que casi no lo vi, un destello de calor detrás de la calma, como una brasa dándose la vuelta bajo la ceniza.
—Gracias —dijo en voz baja.
Pasé junto a él y subí la ladera sin decir nada. Sentí su mirada todo el camino y no me volví ni una vez. Cuando llegué a la casa me vibraba el cuerpo entero y pasé el resto de la tarde bajo una ducha fría diciéndome que era por el calor.
Cada noche a las nueve salía hasta el extremo del porche con el teléfono satelital y hablaba con mi padrino en una voz demasiado baja para oírla. Cada noche yo me sentaba en la cocina fingiendo leer y escuchaba de todos modos.
La tercera noche volvió con el rostro de piedra.
—Quién —dije.
Vaciló. Lo estaba sopesando. Si yo era lo bastante de la familia para que me lo dijera o lo bastante ajena para mantenerme ignorante.
—Paulie Russo —dijo al fin—. Lo encontraron esta tarde en su auto, en Cicero.
Conocía a Paulie. Me había enseñado a jugar gin rummy en el velorio de mi padre, dejándome ganar todas las manos mientras yo lloraba sobre las cartas. Tenía una esposa llamada Donna que hacía pizzelle en Navidad. Dejé el libro.
—¿Y mi padrino?
—Enojado. Cuidadoso. No sale de la casa. —Se sentó frente a mí—. Va a empeorar antes de mejorar, Serafina.
—¿Cuánto va a empeorar?
—Lo suficiente para alegrarme de que estés aquí.
Lo miré al otro lado de la mesa. Volvía a tener las manos planas sobre la madera, como siempre que se sentaba cerca de mí. Como si sujetara algo para mantenerlo abajo.
—¿Te alegras? —dije—. ¿De que esté aquí?
—Me alegra que estés a salvo.
—No fue lo que pregunté.
Se levantó y fue a revisar las cerraduras. Las revisaba todas las noches, pero esa noche las revisó dos veces. Yo me quedé en la cocina con el corazón golpeando fuerte y la risa de Paulie Russo en los oídos y tomé una decisión.
La cuarta noche preparé la mesa en la bodega.
No en la sala larga de los botelleros. En el pequeño cuarto de cata del fondo, con su puerta pesada de roble y su única ventana alta, a medias sobre el nivel del suelo, que daba a las hileras iluminadas por la luna. Mi padre lo había construido exactamente para eso. Cuando yo tenía nueve traía a sus amigos, hombres con anillos de oro y puros, les servía sus primeras añadas terribles y los hacía adivinar. Ellos se equivocaban a propósito para que se riera. Encendí cuatro velas de la despensa y las puse en la mesa de nogal. Elegí cuatro botellas de los botelleros, las abrí y las cubrí con paños de cocina. Saqué copas. Encontré una servilleta negra de lino en el cajón del comedor, la doblé en una banda y la puse en el centro de la mesa como un desafío.
Cuando Dante bajó los escalones de piedra después de su llamada de las nueve y lo vio, se detuvo en la puerta.
—No —dijo.
—Ni siquiera sabes qué es.
—Es un juego. No juego.
—Es una cata a ciegas. No es un juego. Es mi trabajo. Llevas cuatro días seguidos de servicio, Consigliere. Te pido que te sientes conmigo una hora en la bodega de mi padre y me sigas la corriente. —Recogí la servilleta—. Yo llevaré la venda. Tú sirves. Eliges una botella, en el orden que quieras, y te digo qué es. Uva, región, añada aproximada.
—¿Y?
—Y cada vez que acierte, respondes una pregunta. Con la verdad.
Miró la servilleta en mi mano. Después a mí. La luz de las velas hacía cosas con su cara, suavizaba los planos duros y le oscurecía los ojos, lo hacía parecer menos una estatua y más alguien que llevaba años sin dormir bien.
—¿Y cada vez que te equivoques?
—No me equivocaré.
—Sígueme la corriente.
Lo pensé. «Cada vez que me equivoque, responderé una de las tuyas».
Se quedó callado tanto tiempo que pensé que había perdido. Después entró y cerró la puerta pesada. El pestillo cayó con un golpe sólido de hierro que sentí en los dientes.
—Siéntate —dijo.
Me senté.
Rodeó la silla y se puso detrás. Lo sentí allí antes de que hablara, calor a mi espalda, el leve olor de su jabón, algo verde y amargo, y debajo solo él, piel, lana y aire frío de la noche. No me tocó los hombros. No me tocó el pelo.
—Dame la servilleta.
La levanté sobre el hombro sin darme la vuelta. La tomó de mis dedos sin rozarlos. Entonces el lino se posó sobre mis ojos, suave y fresco, y el mundo se volvió oscuro con destellos dorados en los bordes. Oí sus manos haciendo el nudo detrás de mi cabeza, sentí el suave tirón y la tela ajustándose. Ni un dedo en mi pelo. No sé cómo lo hizo.
—¿Demasiado apretada?
—No. —La voz me salió más pequeña de lo que quería.
—Las manos en la mesa.
Las puse allí. Con las palmas hacia abajo. La madera estaba fresca, lisa y vieja bajo mis dedos.
Lo oí moverse alrededor de la mesa. El roce de un paño al levantarse. El suave borboteo al servir. Después una copa se deslizó por el nogal hasta que la base chocó con mi mano derecha.
—Primero —dijo.
La levanté. La hice girar. Inhalé.
Tienes que entender qué me pasa cuando cato. Todo lo demás desaparece. La habitación, la guerra, los muertos en autos, el duelo de diez años que había subido por esa ladera dentro de mi pecho. Solo quedan la copa, el olor y el largo trabajo paciente de desarmar algo en la oscuridad para descubrir qué es.
Mora. Virutas de lápiz. Algo como grava caliente después de la lluvia.
—Cabernet Sauvignon —dije—. Napa. Uva de montaña, no del fondo del valle, es demasiado cerrado para el fondo del valle. Quizá del lado de los Mayacamas. 2012, 2013. —Tomé otro sorbo—. Es de Larkin. De la cresta, dos propiedades más allá. Mi padre le cambiaba una caja por una caja.
Silencio al otro lado de la mesa. Después, en voz baja: «2013».
Sonreí en la oscuridad. «Primera pregunta. ¿Por qué estabas tan sereno en su funeral?».
El silencio duró tanto que pensé que se levantaría y saldría. Oí crujir una silla. Lo oí respirar.
—Porque lo había sostenido mientras moría —dijo Dante—. Cuarenta minutos, sobre el concreto, esperando a un médico en quien pudiéramos confiar. Mantuve la mano sobre su pecho. Habló todo el tiempo. De ti, sobre todo. De este lugar. —Una pausa—. Me hizo prometer que te mantendría al margen. De la familia. De esta vida. Me lo hizo jurar.
No podía respirar.
—Así que me quedé ante aquella tumba sin sentir nada —dijo—, porque, si me hubiera permitido sentir una cosa aquel día, Serafina, lo habría sentido todo. Después habría ido por los hombres que le tendieron la trampa y los habría matado a todos con mis manos, y la guerra que empezara te habría tragado entera. Aurelio me hizo darle mi palabra. Nada de represalias. Entonces no. Así que la di. Y me quedé bajo la lluvia sin moverme porque sabía que, si me movía, no me detendría.
La venda estaba mojada. No había notado cuándo había empezado.
—Me dijiste que entrara —dije.
—Llevabas una hora bajo la lluvia. Tenías los labios azules. —Bajó la voz—. Tenías diecisiete años y acababas de enterrar a tu padre, y yo era el hombre que no había podido salvarlo. No pensé que quisieras mi consuelo.
Me quedé en la oscuridad con las manos en la mesa y diez años de odio hacia él reorganizándose en mi pecho como muebles durante un terremoto.
—Sirve el siguiente —dije cuando pude hablar.
El segundo era un Barbera del Piamonte, vivo, con cereza ácida y hecho para beberlo con pizza un martes. Lo nombré, y el pueblo, y él dijo «Sí» con una voz que se había vuelto áspera en los bordes.
—¿Quién pagó por este lugar? —dije—. Los impuestos. Ernesto. La parcela de vides que no está muerta. ¿Quién?
—Yo.
Lo sabía. Una parte de mí lo sabía desde que la barandilla del porche había quedado limpia bajo mis dedos. Pero oírlo era otra cosa.
—¿Por qué?
—Esa es una segunda pregunta.
—Dante.
Suspiró. Nunca lo había oído suspirar. Fue un sonido muy humano.
—Porque es tuyo —dijo—. Tu padre lo puso en un fideicomiso para ti antes de morir. Lo recibes cuando cumplas treinta. Aurelio quiso venderlo después. Dijo que era un fantasma y que solo te haría daño. Le dije que yo me encargaría. —Una pausa—. Me he estado encargando.
—Durante diez años.
—Sí.
—Pagando a un administrador del viñedo. Manteniendo vivas las vides más viejas de mi padre. De tu propio bolsillo. Por una mujer que te arrojó una bebida en el cumpleaños sesenta de Rosa.
—Era una bebida muy pequeña.
Me reí. Salió húmeda y quebrada, a medias un sollozo. Apreté las manos planas contra el nogal para que no temblaran.
—Sirve —dije.
El tercer vino era más difícil. Algo blanco, dorado, con miel y un extraño hilo brillante de gasolina que me hizo fruncir el ceño, girar la copa, inhalar y girarla otra vez. Riesling, pensé. Pero viejo. Más viejo que los otros. Aposté por Alsacia, 2008.
—No —dijo suavemente—. Mosela. 2001.
—Maldición. —Dejé la copa—. Está bien. Pregunta.
No vaciló. Creo que llevaba años con la pregunta preparada.
—¿Por qué te reíste de mí? —dijo—. En la cena, cuando volviste de Francia. Te di la razón y te reíste.
Me quedé muy quieta detrás de la venda.
—Porque nunca le dabas la razón a nadie —dije despacio—. Nunca decías nada, en diez años, a mí no. Te sentabas al fondo de cada mesa como el retrato del tío muerto de alguien. Y la única vez que abriste la boca fue para ponerte de mi lado, delante de todos, en contra del Don. —Tragué saliva—. No supe qué hacer con eso. Así que me reí. Porque era eso o llorar, o…
—¿O?
—O arrastrarme por encima de la mesa hacia ti. —Se lo dije a la oscuridad y me ardieron las mejillas—. Tenía veinticinco. Llevabas un traje gris. Distraía mucho. Eso es todo.
Nada al otro lado de la mesa. Ni un sonido. Ni un crujido de la silla.
—Sirve el último —dije. Ahora me temblaba la voz y no era por el duelo—. Por favor.
Sirvió. La copa se deslizó hacia mí. La recogí y ni siquiera la olí. Lo reconocí antes de que me tocara los labios, porque llevaba diez años oliéndolo en sueños, debajo de todo, aquel dulzor oscuro y especiado, como mermelada de mora, pimienta negra y tierra polvorienta cocida al sol.
Lo había abierto. Había ido a los botelleros, encontrado una botella y la había abierto para mí.
—Zinfandel —susurré—. De viñas viejas. De la parcela este de esta propiedad. 2015. —Dejé la copa con ambas manos—. Lo hizo mi padre. Y estaba equivocado: no sabe a sus pies.
Oí a Dante ponerse de pie.
—Última pregunta —dijo. Su voz estaba muy cerca. Había rodeado la mesa—. Hazla.
Giré la cara hacia el sonido. No podía verlo. Podía sentirlo, el calor de su cuerpo a un pie de distancia, después a menos. El corazón me golpeaba tan fuerte que lo sentía en las muñecas.
—¿Me deseas? —dije.
Las velas sisearon.
—Sí —dijo Dante.
—¿Desde cuándo?
—Desde que te reíste de mí. —Más cerca ahora. Su voz había bajado hasta algo que nunca le había oído, bajo, crudo y raspado por dentro—. Dos años, tres meses. Todos los días. Me siento al fondo de la mesa y no te miro porque, si te miro, no dejaré de hacerlo. Cuento los días, Serafina. Nunca se lo había dicho a nadie. Los cuento como un hombre en una celda.
Levanté las manos y me quité la venda.
Estaba ahí mismo. De pie sobre mí a la luz de las velas, tan cerca que tuve que echar la cabeza hacia atrás para verle la cara, y su cara…
Su cara no estaba serena. Por primera vez en diez años no estaba nada serena. Tenía los ojos negros y ardientes y la boca en una línea dura. Un músculo le saltaba en la mejilla y apretaba los puños a los costados con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos.
Me levanté. La silla raspó hacia atrás. Eso nos dejó casi pecho con pecho. Casi. Todavía conservaba aquella rendija de aire entre nosotros, aquel palmo que había mantenido una década.
—No te muevas —dijo.
No lo hice. Cada músculo de mi cuerpo se tensó al oír su voz, como en la bodega la primera noche, como cada noche en la mesa de la cocina cuando me decía que me quedara quieta. Me quedé allí temblando, con los labios entreabiertos y el corazón golpeando, sin moverme porque él me había dicho que no lo hiciera. Haberlo obedecido al instante, sin pensarlo, me envió un escalofrío caliente por el centro del cuerpo.
Lo vio. Lo vi verlo. Algo en su rostro se volvió oscuro, terrible y hambriento.
—Dime que pare —dijo.
—No.
—Serafina. Dime que pare.
—Llevo cuatro días diciéndote cosas. —Le sostuve la mirada—. Ya terminé. Dímelo tú.
Levantó una mano. Despacio. Tan despacio que yo podría haber retrocedido una docena de veces. No me tocó la cara. Se detuvo con el pulgar a un cuarto de pulgada de mi labio inferior, tan cerca que sentía su calor, y lo mantuvo allí. Los dos nos quedamos temblando a la luz de las velas con aquel cuarto de pulgada entre nosotros como una línea en un mapa que desata una guerra.
—Le di mi palabra —dijo con voz ronca.
—Lo sé.
—Nunca la he roto. Ni una vez en diecinueve años.
—Lo sé.
Su pulgar me tocó el labio.
Fue lo más leve. Un roce. Apenas ahí. Me recorrió como un fósforo encendido que cae en hierba seca.
Entonces hizo un sonido bajo en el pecho, como algo que se desgarra, su mano se metió en mi pelo y su boca bajó sobre la mía.
Besaba como si hubiera estado muriéndose de hambre a la vista de todos. Sin vacilar. Sin suavidad, al principio no. Su boca estaba caliente y firme y sabía al vino de mi padre. Su mano se cerró en mi pelo, tirándome de la cabeza hacia atrás hasta el ángulo que quería. Me abrí para él con un jadeo y su lengua entró profunda, lenta y tan minuciosa que se me volvieron agua las rodillas. Le agarré la camisa con ambos puños. Hizo aquel sonido otra vez y me hizo retroceder dos pasos hasta que el borde de la mesa de nogal me dio detrás de los muslos. Entonces sus manos estaban en mi cintura y me alzó sobre ella como si no pesara nada. Las copas tintinearon y volcaron. El vino se derramó sobre la madera, oscuro como sangre. Ninguno miró.
—Dante —jadeé contra su boca.
—Otra vez —dijo con voz áspera—. Dilo otra vez.
—Dante…
Me besó más fuerte, tragándose el resto. Su mano me bajó por la columna, se abrió en la parte baja de mi espalda y me atrajo al borde de la mesa hasta que quedé pegada a él. A través de sus pantalones y de mi vestido fino de algodón sentí exactamente cuánto tiempo llevaba mintiendo al decir que no quería esto. Mis muslos se abrieron solos, le rodeé las caderas con las piernas y tiré.
Se estremeció. El cuerpo entero. Un temblor grande y violento como una presa agrietándose.
—Diez años —dijo contra mi garganta. Sus dientes me rozaron bajo la oreja y grité—. Llevo diez años sin ponerte las manos encima.
—Deja de apartarlas de mí.
Vibró su teléfono.
No sonó. Fue un pulso breve y áspero, dos veces, contra el interior de mi muslo donde se apretaba su cadera. Los dos nos congelamos.
Se apartó una pulgada. Respiraba de forma irregular. Tenía el pelo revuelto por mis dedos y la boca roja, y vi cómo el calor de sus ojos se apagaba como una luz, sustituido en un instante por algo frío, plano y letal.
Sacó el teléfono y miró la pantalla. El resplandor le iluminó la cara desde abajo.
—Entrada de abajo —dijo en voz baja—. Movimiento. Faros.
—Podría ser un ciervo…
—Los ciervos no conducen. —Apagó la vela más cercana de un soplido corto y después las dos siguientes con las puntas de los dedos sin inmutarse—. Baja de la mesa. Ahora. No hables.
Me deslicé hacia abajo. Las piernas apenas me sostuvieron. Ya había sacado la pistola de la funda de hombro antes de que mis pies tocaran el suelo; no lo vi desenfundar. Apagó la última vela y la oscuridad cayó total, terciopelo negro. La única luz era un cuadrado gris y tenue de luna que entraba por la ventana alta.
Entonces su mano encontró mi muñeca en la oscuridad. No la manga. La piel. Sus dedos se cerraron cálidos y seguros sobre ella y me llevó por la habitación, junto a la mesa, hasta la puerta estrecha del fondo que daba al viejo almacén de barricas, un clóset de piedra excavado en la ladera, apenas lo bastante profundo para dos personas. Me empujó dentro, me siguió y cerró casi por completo la puerta pesada, dejando apenas una rendija.
Estaba completamente oscuro. Olía a roble, tierra húmeda y vino derramado. Había tan poco espacio que estaba apretado contra mí del pecho a las rodillas, mi espalda en la piedra fría, su cuerpo como un muro de calor delante, la mano de la pistola apoyada en la roca junto a mi cabeza.
Encima de nosotros, débilmente a través del techo, oí las llantas crujir en la grava. Se apagó un motor. Una puerta de auto se abrió y cerró.
El corazón me golpeaba tan fuerte que pensé que debía oírlo. Su otra mano subió en la oscuridad y me encontró el rostro. El pulgar se posó sobre mis labios. No para callarme. Solo descansaba allí, cálido y firme, una pregunta.
Inclinó la cabeza hasta tener la boca en mi oído.
—Ni un sonido, Serafina —susurró—. ¿Puedes hacer eso por mí?
Asentí contra su palma.
Sobre nuestras cabezas unos pasos lentos y pesados cruzaron el suelo de la cocina.























































